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Estación de libros
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45. Stoner, John Williams

Estación de libros
45. Stoner, John Williams
Actualizada 20/01/2017 a las 15:00

Lector: Así que, después de haber hablado de la vejez, le toca el turno a la muerte.

Quiero distinguir entre los libros que se centran en la acción de matar y los que tratan el hecho de morir. Me gustaría expresar aquí mi desacuerdo con los primeros. Aunque puedan alcanzar a veces un nivel técnico elevado, cierta calidad en su estructura y en su lenguaje, malversan de algún modo el caudal literario que supone la muerte. Sí, porque al optar en general por el asesinato, por la eliminación violenta de las personas, desaprovechan toda la riqueza de consecuencias y reflexiones que acompaña a su desaparición natural.

No me interesa el proceso aparatoso y antilírico del crimen, esa serie de operaciones anteriores, simultáneas y posteriores a él que convierten el libro en un sudoku. Cómo es posible que se desperdicien tantas páginas en armar un argumento criminal cuando cualquier escritor tiene ante sus ojos el pozo inacabable que es el misterio de morir. Para qué inventar un entramado truculento de móviles y motivos, de trampas y coartadas cuando se dispone del asombro siempre diferente que nos deja cada hombre cuando muere.

 

 

En Stoner, John Williams describe con estas palabras el final de su personaje: Notó también un cambio en algún lugar de su interior, un cambio que detenía algo y se fijaba en su cabeza para no moverse. Después se le pasó y pensó: así que así es. Se le ocurrió que debía llamar a Edith y luego supo que no la llamaría. Los moribundos son egoístas, pensó, se guardan sus momentos para sí, como los niños.

He aquí, en la novela del autor norteamericano, un ejemplo de asunción digna de la propia muerte. En el protagonista hay una necesidad de vivirla en solitario. No de saborearla, pero sí de recibirla con amplitud de espíritu. El profesor Stoner es consciente de que no puede compartirla con nadie, pues en esos instantes, en esa casa, él es el único que se va, así que prefiere quedarse quieto y solo, preparando su mente para la última lucidez.

Lector: Todo el libro es en realidad un proceso de agonía serena, un único declive que dura sesenta y cinco años.

Y quien lo experimenta es una persona que descubre en las cosas no conseguidas una manera audaz de dejar poco a poco de ser. William no opone resistencia a lo que le ocurre, se resigna a encajar lo que llega, y de esa forma reserva sus fuerzas y su talento para lo decisivo. En cada renuncia voluntaria, en los segundos de pasividad repartidos a lo largo de su vida en que dejó escapar el amor, la amistad, el aprecio y las distinciones, Stoner ya estaba muriéndose en parte. Eso le permite concentrarse en su propia esencia, aislar su identidad elemental para cuando fallezca del todo.

Igual que el profesor de Missouri en esas últimas horas de clarividencia, sería bonito que fuéramos conscientes de nosotros mismos a tiempo. Que unos años, meses, semanas o días antes del final, lográsemos evitar los pensamientos inútiles, desechar ese vocabulario insuficiente formado por los términos éxito, fracaso, resultado u objetivo, y nos viésemos como criaturas únicas que van a dejar de existir.

Yo creo que ese estado puede alcanzarse incluso sin enfermedad. Creo que consiste en una especie de armonía con lo que tenemos alrededor. Lo veo como un punto de entendimiento con las personas queridas, pero también con los animales, las cosas, el espacio donde vivimos. Y pienso que, cuando llegamos allí, lo sabemos, pues de pronto el volumen de deseos, esperanzas y necesidades se reduce a un mínimo posible. Entonces sentimos algo parecido a la paz de William Stoner, una satisfacción sencilla y definitiva con lo que somos.

 

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Una vez, hace años, rescaté a un búho pequeño que se había quedado atrapado en la chimenea de la cocina. Había intentado salir volando, pero, como el conducto era muy estrecho, no había podido abrir las alas y había vuelto a caer hasta el fondo. Cuando lo saqué, estaba muy débil, así que lo llevé al cobertizo del jardín para que se recuperara. Le puse agua y comida y cerré las contraventanas para que no entrara la luz.

Estuve fuera durante horas y al volver a casa fui a ver al búho. Me di cuenta de que no había probado el pienso y que apenas había bebido. Acerqué la mano a una de sus patas y él me la apartó sin hacerme daño. Cada pocos minutos, abría un ojo y me miraba. Yo lo había colocado de pie, pero su cuerpo había ido inclinándose hacia delante.

Llamé a una protectora de animales para que vinieran a curarlo y me quedé junto a él hasta que llegaran. Mientras tanto, estuve hablándole en aquel cuarto oscuro, pidiéndole que aguantara un poco más. Hubo un momento en que oí un golpe seco, el que hace un objeto pequeño cuando se desploma. Entonces encendí una lámpara y vi que el pájaro yacía tumbado boca abajo.

Leyendo la novela de John Williams, volví a pensar en el búho. Esas últimas páginas donde Stoner espera la muerte con los ojos abiertos me recordaron mucho al rato que pasé con él. Me pregunté si en su caso también habría habido algo más intenso que el dolor, más allá de su alcance, la evidencia enorme de haber sido.

 

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