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Estación de libros
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44. Los emigrados, W.G. Sebald

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44. Los emigrados, W.G. Sebald
Actualizada 13/01/2017 a las 10:06

Pero también hay una forma de envejecer que es lo opuesto a la actividad permanente, un modo contemplativo de encarar el final. Cuando el Yo-Narrador de este relato se adentra en un terreno ajeno en busca de su propietario, se lo encuentra durmiendo en el jardín. Lo más curioso de esa escena es que el visitante tarda en advertir que no está solo. El cuerpo del anciano encaja de un modo tan natural en ese entorno de plantas y flores que apenas puede distinguirse de ellas.

 

 

Antes, el doctor Selwyn jugaba al tenis y viajaba por el mundo con su mujer. Se ha dedicado a muchas cosas en la vida, y aunque algunas podría seguir haciéndolas, ahora prefiere echar una siesta entre los fresnos. Quizá su último sueño, la única tarea que le queda, sea perseverar en esa costumbre hasta mimetizarse con el paisaje. Una tarde querrá volver a levantarse, pero será imposible porque se habrá convertido en un árbol más.

Lector: Sé que conoces bien a Sebald y que has escrito sobre él. Cuál es su principal virtud literaria?

El tono antidramático con que aborda asuntos dolorosos. A través de esa primera persona, una figura que comparte rasgos del autor, trata grandes tragedias como el Holocausto con una distancia que le permite trasladar toda la emoción al lector. Al permanecer ahí, al hablarnos de esos temas con una indolencia cargada de perplejidad, el narrador genera un fondo melancólico que nos acompaña a lo largo del texto.

En mi estudio sobre el escritor alemán me propuse analizar ese efecto, fui hasta las fuentes donde nacía. Supe que a veces lo conseguía interrumpiendo la trama con la descripción de objetos o lugares extraños como una vidriera de iglesia o un edificio en ruinas; otras, mezclándola con episodios históricos olvidados. Más allá del protagonista, de ese hombre que observa las cosas sin acercarse del todo a ellas, hay una extrañeza sin compasión, el impacto estético que puede permitirse quien no se ve afectado por una desgracia. Y es precisamente ahí, en el informe desapasionado de lo ocurrido, donde reside la esencia de lo que al final acaba conmoviéndonos.

 

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Sí, necesitamos a las personas insensibles. Sería imposible prosperar sin su ayuda. Hacerse cargo de los enfermos, impedidos, depresivos o de quienes padecen cualquier limitación o debilidad. Gracias a su manera “desdramatizada” de afrontar las cosas, los sucesos, las adversidades, podemos gestionar todas esas situaciones y salir airosos de ellas. Porque, además de la capacidad que tienen los insensibles de actuar con calma, compensan en cierto modo la reacción histérica de los “trágicos”. Amortiguan la aportación de llanto prematuro, de malos augurios y, sobre todo, de su morbo hacia todo lo que sale mal.

En este relato de Los Emigrados, el doctor Selwyn pone más emoción al explicar la caza de mariposas en los Alpes que al evocar los recuerdos de su infancia marcada por la persecución nazi, y de esa forma logra que el lector se interese por lo que le sucedió.

Lector: A propósito de los personajes con dimensión literaria que mencionábamos hace poco, he aquí otro de ellos, el montañero.

El día que volví a leer esas páginas donde se habla de la amistad entre Selwyn y Naegeli, de cómo el alpinista suizo desaparece y cómo su cadáver es encontrado décadas después en un glaciar, pensé enlas excursiones con mi hermanoJuan. Me acordé de algunas veces en que nos habíamos perdido bajando de la cima y nos había costado recuperar las señales. Me acordé de cierta ocasión en que cambió el tiempo de repente, nos sorprendió la tormenta y nos apartamos del camino sin querer. Vimos una cabaña de cazadores y nos refugiamos allí durante horas. Cuando salimos, ya era de noche y aún estábamos a dos mil metros de altura. Entonces empezamos a descender despacio, pues las piedras resbalaban mucho a causa de la lluvia. Al principio yo me notaba impaciente por llegar al albergue, pero luego me di cuenta de que no me esperaba nadie y pensé que no me habría importado extraviarme del todo.

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