43. Conversaciones en Giverny, Claude Monet

Publicado el 06/01/2017 a las 11:57
Ojalá fuéramos capaces de llevar el entusiasmo más allá de los años fértiles, mantenerlo incluso en la vejez. Sería magnífico conservar hasta el final la inquietud emprendedora de Wilbur y Orville, la convicción de Konradin a la hora de arriesgarse en beneficio de otros. Entonces, aunque esa ilusión no sirviese para nada, nos dejaríamos persuadir de lo contrario, observaríamos el mundo como al principio.
Detrás de este libro de recuerdos y reflexiones hay un espíritu en esa dirección. A sus ochenta años, el pintor francés hace un esfuerzo por describir su infancia en Le Havre y su época de aprendizaje en París, pero al mismo tiempo proyecta su mirada hacia adelante en busca de toda la belleza que aún le queda por crear. Sus visitantes insisten en preguntarle por el pasado. Él no se niega a responderles y, sin embargo, Monet prefiere enseñarles los nenúfares, hablarles de su color.
Lector: Crees que esa vitalidad es algo reservado a los inventores o a los artistas?
La única condición para lograrla es dedicarse a lo que a uno le gusta. Pienso que deberíamos alcanzar esa edad lo suficientemente rodados en el desempeño de lo propio como para no percibir siquiera el paso de los años. Porque, de ese modo, la vejez nos encontraría metidos en nuestro atelier, con el pincel en la mano, y ya no tendría ocasión de estropearnos nada. De pronto, en una tarde de penumbra repentina, nos tocaríamos la cara y nos toparíamos con una barba blanca y larga como la del maestro de Giverny.
Y si él vivió su última época entre el puente japonés y las plantas del estanque, decidido a inmortalizarlos en sus telas, nosotros haremos algo similar de mil formas diferentes. Cuando llegue el momento, quizá haya un huerto en lugar de un arco sobre el agua, un libro por escribir o un resto de madera por tallar, pero el trabajo y nuestra pasión por asumirlo serán muy parecidos a los de Monet.
Me gusta esta recopilación de entrevistas con las preguntas ocultas, esta especie de monólogo en varios actos. Me interesa escuchar las lecciones intercaladas entre líneas, la visión del impresionista sobre la belleza y sobre la luz. Es un placer aprender a distinguir un paisaje sin profundidad de una obra capaz de emocionarnos. Es necesario tomar nota de todo lo que dice el pintor, de sus verdades expresadas con naturalidad, seguir sus pautas estéticas sin convertirlas en dogmas.
Claude recibe en su casa a periodistas y a colegas, a galeristas y admiradores, les abre las puertas de su último hogar. En él hay cuadros propios y ajenos, un jardín de hojas acuáticas y flores por todas partes. A ratos, cuando los huéspedes le obligan a recordar, Monet se apaga o se enfurece, critica o pondera, pero nunca deja de ser el hombre en su elemento. Y cuando todo se vuelve demasiado grave o importante, alejado de las pequeñas cosas del día, aparece su mujer y le cuenta que se ha escapado su gallina preferida. Entonces este libro alcanza su máximo esplendor.
Lector: Tengo la impresión de que disfrutas mucho más de estas obras testimoniales que de las novelas.
Quizá porque muchas historias inventadas han perdido el lazo que las unía a nosotros. No se trata de que sus argumentos no nos incumban o sucedan en lugares remotos, ni de que los personajes sean extraterrestres, sino que la mayoría de esos relatos se olvida de incluir entre sus páginas ese destello de sinceridad que va más allá de lo verosímil.
A lo mejor ya no les parece relevante hablar de nuestro destino de criaturas que sufren. Puede que hayan descuidado cierta clase de dolor, pero es un hecho que ya no cuentan cosas de nosotros mismos que aún no sepamos.
Hace años, un verano muy caluroso, se declaró un incendio a las afueras del pueblo. Avivadas por el viento sur, las llamas se extendieron desde las zarzas hacia los chopos del camino, amenazaban con llegar a las primeras casas. Hubo un momento en que un vecino dio la voz de alarma y quienes estábamos allí acudimos a sofocar el fuego. Durante unas horas, el tiempo que necesitamos para controlarlo, se olvidaron las rencillas y los asuntos sobre los que habíamos discutido otras veces. Con un pañuelo húmedo en la boca y los brazos ocupados, sólo había fuerzas para lo inmediato, apenas podíamos respirar. Yo creo que fue un día bonito porque vimos el pueblo en peligro y, de pronto, nos dimos cuenta de que todos vivíamos en él.