42. Reencuentro, Fred Uhlman

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Ignacio Lloret

Publicado el 30/12/2016 a las 10:49

Si el idealismo pudo llevar a los hermanos Wright a una desaparición prematura, a estrellarse en alguno de sus aviones antes de inventarlos del todo, en la novela de Uhlman ese destino trágico se consuma en quien en principio no parecía capaz de morir por un ideal.

 

Lector: Lo curioso es que, mientras Konradin, el ario, es fusilado por una causa noble al participar en el atentado contra Hitler, Hans, el judío, sobrevive pero se traiciona a sí mismo renunciando a su sueño de ser escritor.

Y de ese modo se produce el reencuentro póstumo al que alude el título. Hans reconoce el gesto de su amigo, comprende que luchó con arrojo por los valores que él defendía cuando estaban juntos. Además, el hecho de no haber perseverado con valentía en la realización de sus propios deseos le permite entender la ambigüedad de Konradin, perdonar su tolerancia inicial con los nazis.

Tanto en el caso de los Wright como en el de los dos muchachos alemanes se da la dedicación completa a un propósito, la elección de una labor o de una misión por la cual el hombre maduro va a estar dispuesto a jugarse la vida. Llegado ese momento, ni siquiera puede hablarse de sacrificio, pues no nos concebimos de otra forma que obedeciendo las señales dictadas por nuestra vocación. Y a veces, como en el ejemplo de Konradin, cuanto más riesgo existe, más enérgica es la voluntad de entregarnos.

En estas páginas ya he mencionado las ventajas de la relectura, el placer de volver a una obra que conocemos. Sin embargo, una cosa es sacarla de la estantería para disfrutarla de nuevo y otra muy distinta hacerlo como una segunda oportunidad que nos damos a nosotros mismos. Hace años leí el libro de Fred Uhlman sin enterarme mucho de su contenido, así que regresar a él ha sido un acto de justicia y una muestra de tenacidad por mi parte.

Lector: Además de la constancia y del nivel de compromiso en la persecución de una meta, El reencuentro trata también el tema de la amistad.

Arroja la pregunta de si es un tipo de relación que pierde intensidad con el tiempo. No me refiero sólo al hecho frecuente de que los amigos se vean cada vez menos, de que sus ocupaciones los alejen de un modo natural, sino a que poco a poco se debilita esa confianza con que al principio intercambiaban confidencias.

Si con ocasión de la novela de Hornby destacábamos la espontaneidad de los niños y veíamos cómo se desvanecía más tarde, algo similar ocurre aquí. Sucede que quienes se conocieron e intimaron siendo jóvenes se convierten de algún modo en extraños. Incluso cuando siguen quedando a menudo y compartiendo experiencias nuevas, hay algo que desaparece entre ellos. Las dudas y los pequeños secretos que se hubiesen revelado sin rubor en la juventud permanecen ocultos y sin respuesta por falta de esa franqueza libre de reparos que existía entonces.

Quizá sea una cuestión de incertidumbre. A lo mejor la amistad sólo funciona cuando ante las personas unidas por ella se abre un espacio enorme y vacío, esa inmensidad maravillosa que suponen los años por vivir a la edad en que aún no sabemos cómo serán. Puede que, igual que Hans y Konradin en su trayecto de vuelta a casa desde el colegio, en sus conversaciones sobre el futuro, nos sintamos cerca de alguien gracias a la mezcla de ilusión e inseguridad que compartimos con él, que ese sentimiento sólo sea posible en ciertas condiciones.

La primera vez que me encontré con mi amigo de la cafetería después de haber perdido su pista durante bastante tiempo, me costó recuperar el tono de los diálogos que habíamos mantenido en el pasado. Nada más sentarme, tuve ganas de preguntarle por todo lo que había hecho. En otras circunstancias, unos años antes, yo no habría dudado en entrar en cuestiones personales rozando casi la indiscreción. Ahora, sin embargo, algo me impedía rebasar la línea que separa la charla cortés de la amistosa. Ya estaba a punto de levantarme, de despedirme con cualquier excusa, cuando él me miró a los ojos y, sonriendo, me dijo: “Me alegro mucho de volver a verte”.

 

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