40. El gran Gatsby, F. Scott Fitzgerald

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Ignacio Lloret

Publicado el 16/12/2016 a las 09:40

Quizá el final de la juventud coincida con la desaparición de la persona admirada. Aunque a partir de entonces seguimos cruzándonos con gente valiosa, nuestro conocimiento del mundo nos obliga a ver enseguida las debilidades, nos impide volver a alcanzar ese bienestar que sentíamos viviendo bajo el destello de otros.

Es un momento agridulce, pues por una parte nos quedamos sin referencias, mientras por otra comprendemos que no las necesitaremos en el futuro. Los segundos de pánico que experimentamos al vernos a la intemperie se desvanecen después, se convierten en satisfacción cuando sabemos que ya podemos manejarnos en la vida.

 

Aunque Nick Carraway, el narrador de esta novela, tiene ganas de conocer a Gatsby, ya ha superado la edad en que habría deseado ser como él. Ahora es consciente de sus propias virtudes y defectos, está conforme con lo que le ha tocado. En cierto modo, ha firmado de manera definitiva esa modalidad de pacto con uno mismo que consiste en aceptarse y que resulta imprescindible para seguir.

Lector: No es Gatsby una prolongación de la figura del repetidor, su versión adulta?

Y la amistad que nace entre Carraway y él también supone una continuación de la que vimos entre Mishima y Omi. Claro que esta vez la fascinación no la ejerce la belleza física, sino la riqueza de su vecino simbolizada en la mansión de Long Island y, sobre todo, los rumores acerca de un pasado turbio y difuso.

La mirada de Nick ya se ha desprendido de la ansiedad de la primera juventud, se tiende serena hacia el objeto que contempla. Antes que nada, hay en ella una curiosidad por saber cómo afronta la madurez alguien como Gatsby, en qué se convierte con el tiempo el hombre hecho a sí mismo. Nick, ese alumno aplicado que somos casi todos nosotros, siente una mezcla de simpatía y morbo hacia el personaje, necesita ser un espectador privilegiado de todo lo que le ocurra. Intuye que la prosperidad de Gatsby, del gamberro sin colegio, descansa sobre un fundamento tramposo y, sin embargo, no puede evitar ponerse de su lado.

Más allá de la bruma del Sound, de esa bahía plácida al norte de Nueva York, adivina un final trágico para su amigo, así que no quiere perderse ningún detalle. Carraway no está ahí para impedirlo, sólo comparece para observar. Y el desenlace que tiene lugar entre amores y traiciones, el asesinato de Jay Gatsby urdido por Tom Buchanan, es en el fondo la venganza de los escolares formales contra el repetidor que quiso dejar de serlo.

Lector: Has dicho que hay un momento en que ya podemos vivir sin ídolos. Pero, no vuelve a haber algo de ese magnetismo en cada historia de amor, en cada relación sentimental en que nos metemos?

Unos días después de dejarle todos aquellos mensajes, recibí una respuesta de Valérie Fleming, la mujer que había conocido en Facebook. Me decía que al principio ella también se había quedado con ganas de volver a comunicarse conmigo, pero que luego lo había ido olvidando. Me decía que había sonreído al encontrar de nuevo mi rastro, “esa especie de llamadas de auxilio”, y que no le importaría “atenderlas” con la condición de que lo nuestro quedara siempre en el ámbito de Internet.

A partir de entonces empezamos a chatear regularmente, a intercambiar enlaces y referencias que nos interesaban. Yo le recomendaba libros o películas y ella me guiaba hacia portales con informaciones que podían servirme a la hora de escribir. Hubo una vez en que acordamos enviarnos una foto reciente, cualquiera donde se nos viese bien. Como Valérie se pasó varios días sin contestar, pensé que no le había gustado la mía, pero luego acabó haciéndolo en el mismo tono de antes y yo me alegré de haber superado la prueba.

En cuanto a Scott Fitzgerald, disfruto leyéndole porque es capaz de transformar cada escena en una pequeña epifanía. Ventanales sobre un jardín mojado después de la lluvia, hombres y mujeres excitados por su propia banalidad.

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