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38. Retrato del artista adolescente, James Joyce

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38. Retrato del artista adolescente, James Joyce

Actualizada 02/12/2016 a las 11:35
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Y unos años después, en la adolescencia, notamos de golpe la resaca de la infancia, el peso de todo lo que, siendo todavía niños, dijimos con una naturalidad que ya no volveremos a conseguir. En poco tiempo perdemos esa frescura que hemos visto en Jackson, el personaje de Nick Hornby, la manera directa de nombrar cosas y expresar sentimientos, y tenemos la sensación de haber ido hacia atrás.

 

 

En la novela de Joyce, el narrador escribe: Stephen observaba cómo los vasos se levantaban del mostrador cada vez que su padre y sus compinches bebían a la memoria de su pasado. Un abismo abierto por el sino o por el temperamento le separaba de ellos. Su alma parecía más vieja que la de ellos, y brillaba fríamente sobre sus porfías, sus alegrías y sus pesares, como una luna sobre una tierra más joven.

Sí, algo se extravía por el camino entre los doce y los catorce años. Y aunque más tarde, en la juventud, nos sentiremos libres de las convulsiones del cuerpo y del ánimo angustiado de la adolescencia, ya no seremos capaces de contemplar y describir el mundo con la originalidad poética de cuando éramos pequeños.

Lector: Sé que ya habías leído este libro. Por qué has querido volver a él?

Me gusta mucho el Bildungsroman, las novelas de formación cuyo protagonista es alguien que va descubriendo el mundo. Dentro de ese género, me atraen en especial aquellas donde el personaje vive inmerso en la duda. Es el caso de Stephen Dédalus. Y es que la criatura de Joyce es un muchacho abrumado por la inmensidad de las cosas que le ocurren. Aunque éstas son las habituales en un adolescente, él las afronta con una mezcla de asombro y buena voluntad que le hacen distinto a sus compañeros.

Stephen intenta ser un católico obediente, dejarse guiar por Dios, pero acaba atormentado por los escrúpulos derivados de una educación espiritual obsesionada con la culpa. Al final reconoce su vocación de artista y comprende que su alma responde a unos estímulos de belleza surgidos de lo profano, tiembla con una emoción que no tiene nada que ver con lo religioso.

 

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Otro aspecto interesante de estas obras, un elemento relacionado con la edad de sus personajes, es el concepto de esperanza. No en el sentido que vimos al comentar Archipiélago Gulag, no como un deseo de salvación amenazado por las circunstancias, sino como una idea de promesa. Los protagonistas de esta clase de novelas son jóvenes cultos y creativos con un afán humilde por mejorar. En ellos hay una combinación atractiva de inteligencia y capacidad de trabajo, de disciplina y esfuerzo que los convierte en individuos prometedores. Esa especie de motor personal trasciende el argumento de la historia, impulsa el relato a nivel estilístico. Se aprecia hasta tal punto en el tono, que el lector se siente rejuvenecido al cerrar el libro.

Los pasajes más conmovedores de Retrato del artista son aquellos donde Dédalus resuelve las dudas que le atenazaban. A través de distintas manifestaciones de la vida, de la observación de seres y cosas vivas de su entorno, se da cuenta de que tendrá que pecar para obtener placer, pero que lo hará con la alegría propia de cada momento. Y en esas páginas tan intensas, a la hora de contar lo importante, Joyce recurre a un lenguaje delicado, a frases sencillas que ya no volverá a usar.

Lector: Supongo que en este contexto de aprendizajes querrás mencionar a tu profesor.

Ya era de noche cuando atravesé el patio detrás de él. Dejé que entrara en el edificio y me quedé solo en el jardín. Vi un banco más allá de un parterre de flores y me senté un rato a contemplar la luna. Era noviembre, pero no hacía frío, se estaba a gusto a la intemperie. A esas alturas yo ya había decidido que esperaría unos minutos abajo y que luego iría en busca del señor Beltrán. Pensé que intentaría llevar la conversación hacia la época del colegio, insistir en el tema hasta averiguar lo que había ocurrido entonces.

Lector: Y qué pasó después?Te reconoció enseguida?

Entré en el portal por donde se había metido poco antes y leí su nombre en uno de los buzones. Sin embargo, cuando llamé a la puerta, no me abrió él, sino una mujer de mi edad,

 

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