36. La vida de Flannery OConnor, Brad Gooch

Publicado el 19/11/2016 a las 10:01
Lector: Necesito poner orden otra vez, volver de alguna manera al principio.
El peso de los siglos descansa en los niños, escribe Flannery OConnor en una frase recogida por su biógrafo.
Y es cierto que sus dibujos son para nosotros, los adultos, una especie de mapa del tesoro, un croquis de instrucciones elementales. Con ellos, además de distraerse en las largas horas de la infancia, nos transmiten un mensaje sobre la forma de vivir, sobre la manera más sencilla de hacerlo.
Sospechamos que saben más de lo que aparentan, así que les ponemos a trabajar para que nos lo cuenten. Les damos papel y rotuladores, y ellos esbozan con cuatro trazos y cuatro colores el resumen gráfico de lo que debería ser nuestra vida. Dibujan una casa con chimenea, un jardín de flores y una nube blanca flotando en el cielo. Dibujan a un hombre de pie y a una mujer saludándole desde la ventana. Dibujan a unos niños jugando y un perro ladrando en alguna parte. Y un rato después, cuando nos enseñan lo que han hecho, nos damos cuenta de que nunca hemos sido así, que casi nada de lo nuestro se parece a su dibujo, al espíritu de su dibujo, y comprendemos que en eso consiste el error.
Lo más interesante de esta biografía es quesaca partidoauna vida tan peculiar como la de OConnor. Aunque a priori resulta lamentable el hecho de que la escritora norteamericana estuviese enferma desde muy joven, esa misma circunstanciapermite alautor centrarse en lo esencial de la existencia humana sin tener que perseguir acontecimientos. Gracias a que Flannery vivió poco y apenas se movió de Georgia, Brad Gooch puede ocuparse en profundidad de las cosas que fueron importantes para ella.
Una vez instalado en Andalusia, su casa de Milledgeville, dispuesto a quedarse en ese rincón del Sur para siempre, nos habla de su retiro forzoso y de las especies de ave que criaba. De espaldas a lo superfluo del mundo como Flannery, el biógrafo ya puede fijarse en la difícil relación con su madre, en su correspondencia con otros escritores, en su necesidad de reinventarse como narradora, en su rebeldía frente a la incapacidad que va adueñándose del cuerpo.
Y he aquí que el lector, habiendo dudado al principio del interés de una vida tan sedentaria, también acaba agradeciendo la inmovilidad, la limitación a un único espacio. Entiende que a una escritora como OConnor le bastan unos cuantos metros cuadrados para crear algo inmenso, y se conforma con el relato de una existencia volcada en lo imprescindible.
Lector: Crees que a su talento se sumó una lucidez especial por el hecho de saber que iba a morir joven?
Creo que la clarividencia de los afectados por una enfermedad mortal es parecida a la de los niños, una visión no contaminada por prejuicios. Creo que haríamos bien en guardar lo que escriben o emborronan nuestros hijos, consultarlo cuando nos liemos con complicados afanes. Porque esos palotes y frases torcidas son como un fresco de caverna, pinturas rupestres que nos explican todo lo que vamos olvidando. Cada vez que entremos en la cueva con una antorcha en la mano, recordaremos la fórmula de vivir, hasta qué punto deberían bastarnos las alegrías de un hombre corriente. Sí, veremos la casa, el árbol, la nube o la flor, y nos reconoceremos en las personas del dibujo.
En ese viaje que hice por Estados Unidos, atravesé el estado de Georgia y pasé una noche en Savannah, la ciudad natal de OConnor. Me gustaron mucho sus mansiones coloniales y sus parques llenos de jazmines. Ya no era un lugar tan importante como en el pasado, pero seguía conservando su porte distinguido. Después continué mi recorrido por la costa hacia Nueva York y en una librería de Charleston, Carolina del Sur, compré el libro de Brad Gooch. Antes de empezar a leerlo, lo abrí por el bloque de fotografías y en una de ellas vi a Flannery apoyada en sus muletas, sonriendo junto a un pavo real.