32. Desgracia, J.M. Coetzee

Publicado el 22/10/2016 a las 10:12
Me gusta la historia de David Lurie, ese profesor divorciado que mantiene una relación fugaz con una alumna de la facultad hasta que es denunciado por ella. Me gusta la forma sobria en que Coetzee cuenta los hechos dejando que sea el lector quien establezca los paralelismos entre la primera parte de la novela y lo que ocurre después en la granja de Lucy, la hija del profesor.
Con un planteamiento sencillo y en pocas páginas, el autor sudafricano consigue una gran riqueza de matices. Me refiero a esos primeros capítulos donde describe la atracción de David por el cuerpo grácil de Melanie, el comportamiento indolente de la joven, la intervención de terceros o el interrogatorio al que se ve sometido el protagonista por parte de sus colegas de la Universidad.
Lo interesante es que en Desgracia tanto los sucesos como los sentimientos se quedan cerca del espacio donde se desarrollan en otros libros, pero sin llegar a él. Aquí no se consuma el abuso sexual, ni el amor, ni la pasión, ni la venganza, ni el arrepentimiento. Aquí hay una serie de actos motivados por debilidades humanas que tienen sus consecuencias. Cada vez que la trama se encamina hacia uno de los puertos habituales y parece que va a alcanzarlo, el matiz oportuno de Coetzee la detiene en un punto que impide cualquier conclusión precipitada, cualquier juicio definitivo.
Quizá la diferencia de edad sumada a la admiración que a menudo siente una alumna por su profesor, o una lectora por el autor, sean ventajas necesarias para que una relación prospere. Puede que la última oportunidad de un hombre para retener a una mujer a su lado sea esa situación desigual, esa superioridad basada en datos objetivos. El deslumbramiento que provoca alguien experimentado y creativo en una persona que empieza no tiene nada que ver con el amor, pero dura más que éste. Mientras el resplandor siga vivo, quedarán ocultos los defectosdel hombre, habrá una prórroga para la juventud del sentimiento.
Lector: Y, cuándo deja de funcionar?, no se es a partir de un momento demasiado viejo para intentarlo?
David Lurie, el personaje de Coetzee, cree que no. Él es un ser civilizado, un ciudadano acostumbrado a retribuir los servicios que recibe. Aunque no lo llega a expresar de ese modo, seguramente piensa que hay una contraprestación justa en lo que ocurre entre Melanie Isaacs y él. El intelectual maduro ofrece sus conocimientos, sus ideas, su conversación y una copa de vino a cambio de algo que una chica posee sin mayor mérito. David no entra a valorar el origen ni la esencia de la atracción que siente, no está orgulloso ni avergonzado de ella, se limita a aceptar y a cumplir con la parte del contrato que le corresponde.
Unos episodios atrás, cuando mencioné la solicitud de amistad que me llegó en cierta ocasión a través de Facebook, no conté la historia del todo. Es verdad que me despedí de aquella chica deseándole suerte y, sin embargo, la cosa no acabó ahí. Meses más tarde, durante unos días de invierno en que no paraba de llover, intenté localizarla por Internet. Aún me acordaba de su nombre, así que primero la busqué en el sitio donde nos habíamos encontrado por casualidad. Al no conseguirlo, rastreé su pista por otras redes sociales. Cuanto más tiempo pasaba sin obtener resultados, más ansioso me notaba, más necesidad tenía de volver a saber algo de ella.
En una situación parecida a las de la vida real, entraba en foros especializados y, una vez dentro, preguntaba por la mujer con la esperanza de que estuviese allí. No podía verles la cara, pero me imaginaba a los integrantes de esos grupos virtuales mirándose entre sí después de leer los mensajes que yo le dejaba.
Lector: Y qué escribías?
¡Valérie Fleming, donde quiera que estés, mándame otra solicitud de amistad!
¡Valérie, dame una segunda oportunidad, por favor!