15. Los años de peregrinación del chico sin color, Haruki Murakami

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Ignacio Lloret

Publicado el 22/06/2016 a las 17:08

Una de las destrezas de la vida, una habilidad que vamos incorporando con el tiempo, es el manejo de los sentimientos negativos. En las ocasiones en que se acumulan, es bueno establecer una jerarquía entre ellos, enseñar a nuestro cerebro a dar prioridad a unos sobre otros, de manera que podamos tirar adelante con el menor impacto psicológico posible. Es más saludable sentir decepción que envidia, inseguridad que rencor, desánimo que angustia.

 

Lector: Puedes escoger algún fragmento del libro de Murakami para que se entienda mejor lo que dices?

En su novela, el autor japonés escribe: Luego apagó la luz de la mesilla de noche y dio las gracias por llevar en el corazón tan sólo una profunda tristeza y no el pesado yugo de los celos, que, sin duda, no le habrían dejado dormir.

El pasaje se refiere a un momento de la historia en que Tsukuru, el protagonista, después de haber visto a sunovia con otro hombre, vuelve a casa y se acuesta notando todo eso por dentro. En una situación así, lo habitual habría sido que el personaje fuera presa de un estado de ansiedad, necesitara averiguar enseguida quién era el otro y qué relación tenía con la mujer. Sin embargo, Murakami opta por describirlo sumido en un sentimiento diferente. Y aunque el narrador emplea la expresión “dar las gracias” al contarlo, el hecho de que el corazón de Tsukuru esté triste y no celoso no es una consecuencia natural ni fruto de la casualidad, sino el resultado de un ejercicio mental muy laborioso por su parte.

Ya había leído Tokio Blues, pero he disfrutado mucho más con Los años de peregrinación del chico sin color. Murakami se acerca a los temas con esa ingenuidad que recomienda Pla a cualquier novelista en El cuaderno gris. A partir de un hecho común como el inicio de la amistad en el colegio y el alejamiento posterior entre lo amigos impuesto por la propia vida, él construye un argumento interesante y crea una atmósfera de misterio que va más allá del motivo por el que se produce esa ruptura en el grupo de Tsukuru. En definitiva, un asunto que en manos de otro escritor habría quedado ñoño, es tratado por Haruki con las porciones de sencillez y delicadeza suficientes para que el libro funcione.

Lector: Parece que tienes cierta fijación con los animales, pues sé que quieres hablarnos de otro.

 

En el últimoviaje que hicea Estados Unidos, paséunos días en Nueva York. Paseando por el Downtown, en ese vértice de Manhattan donde el Hudson desemboca en la bahía, me senté un rato a observar a unos asiáticos que estaban pescando. Al cabo de unos minutos, uno de ellos se puso muy contento de repente, tiró de la caña y sacó del agua un pequeño tiburón azul. La gente se acercó para verlo mejor, se formó un corrillo junto al pretil del paseo. El tiburón sangraba por la boca y se agitaba en la acera mientras el pescador sonreía. Yo esperaba que lo rematara con el mazo, pero, en lugar de eso, el hombre seguía sonriendo sin hacer nada. Es verdad que podría haberme ido y, sin embargo, supe que entonces no habría dejado de pensar en el pez que agonizaba. Así que me quedé y le hice señas enérgicas al asiático indicándole que terminara de una vez con el sufrimiento del animal. Y como no me hacía caso, continué mirándole, porque, observando su pasividad, yo sentía una rabia inmensa que, aunque también desagradable, era mucho más soportable para mí que la pena del principio.

A veces, cuando recuerdo el tiburón de Nueva York, me pregunto qué sentimiento habría elegido Tsukuru en mi lugar.

 

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