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Estación de libros
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14. Vidas sombrías, Pío Baroja

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14. Vidas sombrías, Pío Baroja
Actualizada 17/06/2016 a las 10:48

Antes de comprobar si el estado de ánimo con el que afrontamos una conversación es compatible con el de nuestro interlocutor, deberíamos echar un vistazo a nosotros mismos, garantizar que puede haber concierto entre todas las voces que llevamos dentro.

Y es que vivimos casi siempre bajo una combinación extraña de sentimientos, en un oxímoron emocional que se renueva una y otra vez. Creemos que aquéllos acabarán peleándose entre sí, y después resulta que a menudo coexisten con naturalidad. No sólo se soportan a pesar de ser con frecuencia antagónicos, sino que, al juntarse, dan como resultado una aleación resistente que es en definitiva nuestro carácter.

 

 

En uno de los relatos de este volumen, Baroja cuenta cómo Marichu, la protagonista, regresa a su pueblo sin haber podido despertar a su hijo muerto. Escribe que lloró, lloró largo tiempo, y luego, volvió a su casa con una desesperación tranquila.

Lector: Pero no todas las combinaciones valen, y supongo que es ahí donde interviene la voluntad poniendo orden.

Aunque pueda parecernos que la desesperación y la calma se excluyen por definición, en la práctica hay personas capaces de armonizarlas sometiéndolas primero como un acto de supervivencia. Y ahí reside el talento del escritor, en demostrar a través de su narración que en la vida de la gente se dan situaciones teóricamente imposibles.

Aparte de Marichu, me gustan Ángelus, Los panaderos y La venta. Son historias cortas que ya leí hace muchos años, pero que vuelvo a disfrutar cada vez que las cojo. Aprecio el estilo de Baroja porque no incurre en la retórica de la época ni se hace pesado en ningún momento. Hay cierta dejadez en el modo de contar, parecida a la forma en que Dylan interpreta algunas de sus canciones, y, como en el caso del músico, es ese ligero descuido lo que aporta singularidad al conjunto.

En realidad, sabemos que no existe la acción de releer, pues el libro que tomamos de nuevoya no esel mismo. No sólo porque nos llamarán la atención otras páginas, episodios que atravesamos distraídos la primera vez, sino porque abordamos cada lectura con un bagaje diferente. Cuando hace unos meses descargué en el lector electrónico estos relatos de Vidas sombrías que conozco desde mi adolescencia, estaba ocurriendo algo que hubiese sido inimaginable entonces. Ya sólo por eso, por la nueva manera de adquirir y leer una obra literaria, ésta se convierte en otra cosa, su contenido va a ser procesado por un cerebro mucho más sofisticado, capaz de interpretarlo de un modo muy distinto.

Lector: Qué supuso para ti esa certeza en relación con el libro de Baroja?

Al regresar al cuento de la mujer que pierde a su hijo por una especie de maleficio, pensé que incluso podían cuestionarse reflexiones psicológicas extraídas del texto que habían valido durante siglos. Pensé que mi observación sobre la necesidad de gobernar esas voces contradictorias que conforman nuestra personalidad carecía de vigencia desde el momento en que Internet nos permite adoptar identidades diversas.

 

 

No, uno ya no tiene por qué disciplinarse antes de salir a la Red. No tiene por qué presentarse en ella igual que en la realidad, arrastrando con dificultad el armatoste de su carácter como una pila de cacharros que se inclinan hacia todos lados. Ahora, uno puede ser alguien de temperamento irascible en un foro bajo el nombre de Cyborg, y alguien flemático en otro sitiousando el perfil de Blum. Hoy, Marichu, el personaje de Baroja, podría volver a casa y desdoblarse en dos personas opuestas dentro del mundo virtual. Sería una mujer desesperada que desea morirse por no soportar la desgracia, y otra con la tranquilidad imprescindible para seguir viviendo a pesar de ella.

Recuerdo que en cierta ocasión me encontré con una nueva solicitud de amistad en Facebook. Supuse que sería de alguien que acababa de conocer, pero ni el nombre extranjero ni la foto de aquella chica joven me sonaban de nada. A través de un mensaje en inglés, le pregunté si habíamos coincidido en algún acto, si sabía algo de mí. Entonces se disculpó y dijo que me había confundido con otro.

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