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Estación de libros
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13. Conversaciones con R. Burgin, Isaac B. Singer

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13. Conversaciones con R. Burgin, Isaac B. Singer
Actualizada 11/06/2016 a las 11:24

Lector: Al hablar de la comunicación con los demás, has expuesto una situación casi idílica, pero la realidad suele ser muy diferente.

El motivo es que, ennuestra relación diariacon ellos, el diálogo se establece entre sentimientos antes que entre palabras. Se produce algo que va más allá de un intercambio de frases, un choqueentre estados de ánimo. Y lo malo es que sólo un determinado número de combinaciones conduce al éxito de esa comunicación. Uno de los interlocutores llega con el corazón alegre, mientras que el otro le recibe con una amargura o unhumor destructivo del que el primero no es causante, pero que terminará distorsionando la conversación y haciendo imposible el entendimiento.

En esta larga entrevista iniciada antes de que le concedieran el premio Nobel, Singer dice que el ser humano está pobremente dotado de sentidos, pero equipado, en cambio, con una rica paleta de sentimientos. Pues bien. Es esa riqueza, esa variedad, lo que complica las cosas.

 

 

Incluyo aquí este libro porque pertenece a un género distinto a los que hemos tratado hasta ahora. El formato periodístico de la pregunta-respuesta puede ser incómodo para el entrevistado si la situación está muy determinada por la inmediatez, por las prisas, o si quien plantea las cuestiones es una persona poco preparada. Sin embargo, cuando el encuentro es largo y existe la posibilidad de revisar el texto antes de que se publique, el autor tiene la ocasión de exponer sus ideas con una profundidad que no consigue ni siquiera en un ensayo.

Singer habla de literatura, del amor, de la guerra y de su condición de judío en una región del mundo y una circunstancia histórica tan delicada como la del primer tercio del siglo XX. Siempre que vuelvo a este texto, disfruto con sus opiniones acerca del oficio de novelista, de los elementos que debe contener un buen libro, de la independencia que debe procurar el escritor. Admiro la sencillez y la claridad de sus respuestas, rasgos que caracterizan en definitiva su estilo. El lector de estas conversaciones no tiene nunca la sensación de que Singer oculte ni arregle nada, de que calcule lo que va a decir. Sus palabras son contundentes y a mí, aquellos días en que las leía por primera vez, me llevaron a pensar en las memorias de Pla.

Lector: Me gustaría que nos dijeses a qué momento te refieres, y si lo recuerdas por algo concreto.

Debió de ser una tarde de cafetería, en uno de los encuentros con mi amigo. Supongo que a esas alturas yo ya había pasado al ataque, ya había logrado que me contase cosas de sí mismo, porque estábamos hablando de él. Me decía que seguía muy interesado en el mundo judío y que recitaba salmos todas las noches. Sí, debió de ser entonces cuando le comenté que estaba leyendo a Singer. Seguro que le recomendé este libro de diálogos con Richard Burgin, y que al final repetí la frase de Isaac sobre los sentidos y los sentimientos que he insertado más arriba.

 

 

Lo curioso es que al principio, cuando empezamos a tocar ese tema, pensé que por fin habíamos encontrado uno que nos apasionara a los dos, que nos permitiese recuperar la confianza que habíamos perdido durante los últimos años. Pensé que la literatura en lengua yiddisch podía ser un asunto donde convergiéramos alegremente. Sin embargo, lo que prometía ser una conversación construida sobre un entusiasmo común se convirtió enseguida en una especie de pulso en el que él tiraba hacia lo semítico y yo hacia lo literario, sin que llegásemos a encontrarnos en un espacio compartido. En este caso no se trataba de que cada uno quisiera hablar de sí mismo, sino de que habíamos topado con una cuestión que nos importaba por razones diferentes y que ambos necesitábamos desarrollar a nuestra manera aunque fuese en forma de monólogo.

Dando vueltas a esta clase de desencuentros, se me ocurre que debería crearse una señal para las ocasiones felices en que dos personas se entienden. Cada una de ellas llevaría consigo un pequeño receptor, de modo que, al lograrse la conexión durante el diálogo, se encendería una especie de diodo verde que les haría sonreír a la vez.

 

 

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