12. Al faro, Virginia Woolf

Publicado el 03/06/2016 a las 09:23
No, en el abordaje de lo literario no puede establecerse ninguna discriminación previa. A priori, cualquier persona, cosa o situación es susceptible de despertar la curiosidad de quien escribe. El chaval inexperto del capítulo anterior se detendrá junto a todo eso, a los pies de lo ocurrido, como deslumbrado por un gran destello.
Lector: Y esa actitud deberíamos adoptarla todos, no sólo los escritores.
Claro. Porque, en el mejor de los casos, la vida es una incorporación progresiva de sensibilidades, de empatías, más que de conocimientos. Cada año que empieza haríamos bien en sumar un nuevo interfaz hacia seres vivos u objetos inanimados con los que hasta ese momento no hayamos tenido comunicación, a los que no hayamos comprendido hasta entonces. De esa forma, al resto de diálogos que ya mantenemos, podemos añadir otro con las piedras o con cualquier animal extraño cuyo código nos haya resultado siempre un enigma.
En Al faro, Virginia Woolf describe a uno de los personajes destacando su comprensión de lo humilde, diciendo que había una rara luz en su corazón.
Pero la gran creación de la autora en este librito delicioso es, sin duda, Mrs. Ramsay. Todo gira alrededor de ella. No es sólo el soporte de la familia, sino la referencia para amigos y vecinos durante esa estancia temporal en las Islas Hébridas. El anuncio de un plan para el día siguiente, la excursión al faro una mañana de verano, sirve a Woolf de pretexto para hacer aflorar caracteres y pasiones, manías y virtudes. Nada escapa a la sensibilidad de la protagonista, nadie se resiste a su encanto.
Y lo más interesante es ese contraste entre el antes y el después, cómo la muerte de Mrs. Ramsay supone un corte traumático en la historia sin que, por otra parte, la mujer deje de estar presente en la vida de todos a pesar de haber desaparecido.
Lector: Crees que basta un único lenguaje para relacionarse con el resto del mundo?
Como ocurre con los idiomas, que acaban pareciéndose entre sí, creo que llega un momento en que el nuestro, una vez depurado, nos sirve para establecer contacto con todo lo demás. Cuando aceptamos que todo lo que se mueve por ahí anhela lo mismo que nosotros, un ciclo eterno de alimento, calor y cariño, una existencia lo más alejada posible de los problemas, ya estamos preparados para comunicarnos con cualquiera.
En una de las excursiones por el Pirineo que hice con mi hermano Juan, nos encontramos al final de la etapa con su familia y organizamos un picnic en la montaña. Además de su mujer y sus hijos, apareció Marley, un golden retriever de cuerpo alargado y huesudo que habían adoptado hacía poco. Yo no le había visto nunca, pero recordé cosas que había observado otras veces y, en lugar de apresurarme a acariciarle la cabeza, me agaché y acerqué mi mano para que la oliese. Entonces el perro movió la cola con alegría y debió de registrarme para siempre entre los ejemplares humanos capaces de ser amables con él.
El gran logro de libros como Al faro es que no sólo crean un personaje especial, sino que su sombra se proyecta en el propio texto como una influencia positiva sobre quienes le han conocido. El lector echa de menos a Mrs. Ramsay mucho antes de terminar la novela, se convierte en un afectado más por su muerte. Tanto es así, que, una vez leída la última página, necesita retroceder a los primeros capítulos, a la parte donde aún vivía. Necesita recordar cómo era, volver a sus diálogos, reanimarla aunque sólo sea durante unos minutos. Y es cierto que obtiene un consuelo enorme al saber que, gracias al poder de la literatura, ella seguirá allí eternamente.