7. Quemar los días, James Salter

Publicado el 30/04/2016 a las 09:59
Antes de aparcar de momento el género de diarios y memorias, quiero incluir este título. Es la autobiografía de un escritor norteamericano que también fue piloto de guerra. Si en el libro de Galeano hemos visto hasta qué punto puede desembocarse en el Yo desviando la atención hacia otros, el de Salter termina con una reflexión emocionante sobre el ser humano como parte de un colectivo. Escribe: en la Naturaleza hay algo más quela conciencia de un único yo, algo más perfecto: la conciencia de muchos, de todos, las manadas y los cardúmenes, las colonias y los enjambres, desprovistos de lo que llamamos ego.
Me gusta mucho esepasaje porque el autor se anima a sí mismo y nos anima a todos a no tomarnos tan en serio. Lo curioso es que, después de cuatrocientas páginas de anécdotas y recuerdos, de logros y distinciones, Salter nos propone la inmersión en un estado nuevo, la disolución de esa identidad agotadora que supone la primera persona del singular.
Lector: Sería justo lo contrario de lo que hacemos habitualmente. Una especie de carpetazo a nuestro afán de notoriedad.
Algo así. El caso es que, al leer ese párrafo, me imaginé en medio de uno de los bancos de peces que menciona James, nadando como un arenque en la inmensidad del océano. Tuve que admitir que era una sensación muy placentera, gregaria quizá, pero también relajante. No sólo porque aleteaba con mis compañeros en el silencio azul de las profundidades, sino porque ya no tenía que esforzarme por sobresalir, por destacar, por ser un espécimen diferente. Ni siquiera necesitaba decidir hacia dónde avanzar, pues el grupo ya conocía la ruta, se movía gracias a una inercia generada a partir del instinto de los millones de ejemplares que han existido.
Por lo demás, las memorias de Salter me parecen bastante inconexas. Es un acierto que no las estructure de manera cronológica, que toque sólo los episodios que juzga relevantes y, sin embargo, desconcierta un poco al describir sus experiencias sinponer los medios necesarios paraque podamosidentificarnos con ellas. No es negativo que el lector imagine, pues en eso consiste su tarea, pero a veces Salter se pierde en una especie de fiesta privada donde él es el único capaz de disfrutar.
Lector: Has mencionado a los peces, pero a ti la reflexión del autor te recordó a otro animal.
En verano de 2012 murió la tortuga gigante de Galápagos. La llamaban Lonesome George porque era el último ejemplar de su especie. No lo supe por el periódico, lo vi en una edición del telediario. Tenía más de cien años ytodos sus compañeros habían desaparecido. Era fácil deducir que había muerto de pena, que no había podido soportar tanta soledad.
Más tarde, al leer los párrafos finales de Quemar los días, pensé que eso era lo que buscaba Lonesome George, un reencuentro definitivo con los suyos. Pensé que, a diferencia de nosotros, estaría cansado de ser único, de la infinita tristeza que suponía serlo.
He ahí una lección de humildad. Deberíamos seguir el ejemplo. No en el deseo de morir prematuramente, sino en la modestia de aceptarse como un individuo más del grupo, en la capacidad para ser feliz dentro de él. Porque una cosa es el borreguismo y la falta de criterio, el planteamiento de la propia vida a expensas de las ideas y los recursos de los demás, y otra la disposición a colaborar con ellos, a sumar nuestras fuerzas a las suyas con alegría.
Y esas líneas del libro de Salter que he transcrito más arriba son también un consuelo para cuando nos quede poco tiempo. Quizá la muerte sea un hecho menos trágico si la consideramos un reagrupamiento final, la inmersión de nuestra alma en el cardumen de todas las almas que ha habido, un regreso al puñado de tierra donde están los otros, una reunión de amigos como la de Lonesome George.