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6. Los hijos de los días, Eduardo Galeano

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6. Los hijos de los días, Eduardo Galeano

Actualizada 22/04/2016 a las 11:39
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Pero es verdad que hay otras maneras de escribir sobre uno mismo. En esta especie de dietario hay una ausencia paradójica del Yo. Es un calendario anual hecho a base de hitos históricos y hazañas de personajes de toda clase. Lo interesante es que, a través de esetestimonio, de esa remisión a las proezas y a las batallaslibradas porotros, Galeano intenta trazar un retrato personal. Cada día de su libro es una evocaciónmerecida de cosas que han sucedido en otros tiempos, en otras culturas, en otros lugares, de luchas y acontecimientos que empezaron siendo pequeños y que luego se han vuelto importantes. Galeano nos los trae por escrito yasí nos recuerda que todo eso tiene que ver con él ycon nosotros, que no seríamos nadasin lo que fue ni lo que vendrá.

Lector: No cuenta nada de su vida ni de su obra?

Emplea una forma indirecta de abordarlas. En vez de hablar de lo que hace o de lo que siente, de lo que proyecta o de lo que espera, selecciona una serie de momentos ajenos, universales, para que el lector reconstruya a partir de ellos a Eduardo Galeano. Y es que detrás de cada episodio hay, naturalmente, una idea, un valor, un principio ético defendido. El orden viene determinado por la fecha en que sucedieron, pero es el autor quien los elige y quien nos conduce de ese modo hacia una reflexión final capaz de explicarnos cómo es él.

 

 

Sí, despertamos mucho más interés por nosotros mismos cuando no nos mencionamos, cuando nos excluimos deliberadamente. Nada más eficaz para generar intriga hacia lo nuestro que destacar lo del otro, que callarnos cualquier dato particular, que llevar la conversación al terreno del interlocutor. Claro que no basta con hacerlo una sola vez. Es necesario que esa dinámica dure bastante tiempo, que se convierta casi en una costumbre. Si queremos conseguir un efecto boomerang, debemos ser pacientes y constantes en nuestra propia alienación, en la contemplación de un mundo sin nosotros. Entonces, un buen día, el foco gira ciento ochenta grados y, notando un escalofrío de verdadero terror, oímos que alguien nos pregunta de repente: Y tú?

Uno de mis amigos debió de aprender esta lección siendo muy joven, pues siempre ha planteado los encuentros como una entrevista en la que él formula todas las cuestiones. Además, consigue que no parezcan un interrogatorio, sino un diálogo ameno. Sabe explotar la necesidad que experimentan muchas personas de hablar de sus propios planes, de narrar sus vivencias o de recordar cada uno de sus méritos.

Hubo una época en que yo también caía en la trampa. Era tan ingenuo que me regocijaba escuchándome a mí mismo en su presencia y celebrando a posteriori cada una de mis frases. Es verdad que regresaba a casa con la boca seca y el cuerpo exhausto y, sin embargo, en el fondo me sentía bien porque estaba convencido de que esos síntomas eran la prueba de que había brillado a gran altura.

 

 

Lector: Quizá en los libros sea diferente. En el capítulo anterior decías que a menudo el autor alcanzamayor emoción escribiendo en clave autobiográfica.

Pero lo ideal sería que pudiese estar él, lo que es y lo que piensa, sin tanto egocentrismo. Que fuésemos descubriéndole poco a poco, encontrándole a través de los demás y de lo demás. Por eso, Los hijos de los días es una tentativa interesante en ese sentido. El problema es que no lo logra del todo. El lector acaba aburriéndose con tanto hito, acaba deseando que Galeano escriba una historia de principio a fin o que comparezca como persona de carne y hueso igual que en un diario convencional.

La tarde en que desenmascaré a mi amigo, en que me di cuenta de su estrategia, nos habíamos sentado como siempre en la mesa de una cafetería. Antes de que él empezase a hablar, le dije: “Cuéntame algo de ti”. “De mí”?, preguntó sorprendido. “Sí, sí, de ti”. “Por qué?”, quiso saber. Entonces le contesté: “Porque necesito conocerme mejor”.

 

 

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