5. Diarios 1999-2007, Iñaki Uriarte

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Ignacio Lloret

Publicado el 15/04/2016 a las 10:38

Y así como Munro es casi impensable fuera del género del cuento, hay otros autores que sólo son posibles en los confines del diario. El propio Uriarte admite que no se imagina escribiendo novelas. No por falta de talento, sino debido a una mezcla de pereza y desilusión. Pereza por el esfuerzo que exige la ficción, y desilusión en el sentido de que él intuye el poso efímero que dejan las historias inventadas y prefiere optar por la literatura de observación que ya hemos conocido en Pla. Claro que quizá sea en realidad el lector de sus reflexiones quien no llega a verle en ningún otro ámbito creativo.

 

Estos cuadernos van de menos a más. Al principio parece que van a ser densos o a centrarse en temas locales de orden sociopolítico, pero luego acaban convirtiéndose en otra cosa. No me refiero únicamente a un prejuicio previo a la lectura, sino a que las primeras páginas aburren un poco, no interesan al lector universal. Yo diría que el autor, en ese comienzo, aún no tiene claro cómo deben ser, tantea para averiguar hacia dónde le conviene ir. Y visto a posteriori, creo que es un acierto por su parte haber salvado esos capítulos, pues de ese modo nos deja una grata impresión de work in progress.

Lector: Sobre qué escribe?Qué contienen sus diarios?

Habla de los viajes que hace con su mujer, de los países adonde van, de los hoteles donde se alojan. Me gusta que aporte una mirada nueva hacia lugares que acostumbramos a despreciar sin conocerlos, que rechazamos sólo por considerar que no están a la altura de nuestros patrones estéticos. Teniendo en cuenta que Iñaki es una especie de dandy vasco, sorprenden las palabras con las que reconoce sentirse a gusto en Benidorm, o cuando escribe: No sé estar en San Sebastián.

 

Y es que, pensándolo bien, hay sitios donde nunca nos encontramos cómodos del todo, que generan en nuestro ánimo una mezcla de inquietud y ansiedad. Son espacios construidos en principio para hacernos felices y en los que, sin embargo, surge una versión apagada de nosotros mismos. Pueden ser los bares, ciertas tiendas o, como en el caso de Uriarte con Donosti, cualquier ciudad alabada popularmente por su belleza.

Yo noto un desasosiego parecido en Barcelona. Por mucho que salga a recorrerla con ganas, que sea consciente de las posibilidades que me ofrece, llega un momento en que acaba deprimiéndome de algún modo. En algunos barrios del centro, los edificios, las aceras y la gente destilan una especie de tristeza. Seguramente sólo puede apreciarlo alguien que haya vivido allí a esa edad en que uno empieza a toparse con las incomodidades de la vida. Es algo que arrastra la ciudad desde hace décadas, que ha quedado casi sepultado por toneladas de modernidad, pero que en las tardes nubladas resurge del fondo y se asoma a la calle como esas columnas de humo en Nueva York.

En sus Diarios, Uriarte también habla de su gato, del descubrimiento feliz que le ha supuesto tenerlo. Me gusta su manera de tratar las cosas, los hechos, sin despreciarlos ni exagerar tampoco su importancia. Me recuerda a Pla en la sinceridad con que describe sus limitaciones y las de los demás, en el desparpajo con que se sitúa a sí mismo más allá de cualquier ambición.

Lector: Crees que hay ciertos temas que sólo pueden tocarse en clave autobiográfica, con la literatura del Yo?

Creo que a menudo el escritor alcanza mayores cotas de honestidad o es más auténtico hablando directamente de sí mismo, de lo que hace y de lo que piensa. No porque lo que cuente se ciña más a lo real, sea más fiel a lo acontecido, sino porque con frecuencia es el camino más seguro para emocionar al lector. Pero lo que construye con ese tono y esos elementos va a ser en todo caso un artificio, algo que no existe de ninguna otra forma y en ninguna otra parte.

A propósito de las ciudades, un día me puse a dar vueltas al malestar que notaba en Barcelona. Ocurrió allí, en pleno Ensanche. Me había parado en un cruce de avenidas, incapaz de soportar ese desánimo, cuando de repente vi a uno de mis profesores del colegio. Vestía un abrigo marrón y llevaba un libro en la mano. Entonces me alegré y decidí seguirle para saber adónde iba y qué estaba leyendo. Pensé que a lo mejor, mientras anduviese detrás de él, pendiente sólo de sus pasos, yo sería menos vulnerable al lugar.

 

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