Deporte y salud

¿Son las Navidades unas festividades saludables? ¿Tiene sentido lo que hacemos?

Gran parte de la población hace exactamente lo contrario de lo que recomiendan los profesionales de la salud

La bácula suele sufrir durante las Navidades por los excesos
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La bácula suele sufrir durante las Navidades por los excesos

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Javier Angulo

Publicado el 21/12/2025 a las 17:08

Si atendemos a razones puramente fisiológicas, las Navidades distan mucho de ser unas fechas saludables. Durante estas semanas, gran parte de la población hace exactamente lo contrario de lo que recomiendan los profesionales de la salud y de la nutrición. Son días especialmente perjudiciales para quienes tienen una baja flexibilidad metabólica: se abusa del azúcar, de las harinas refinadas, de las grasas industriales, del alcohol y de los refrescos; se alteran los ritmos de sueño, se fomentan los atracones, el sedentarismo, la nocturnidad y el uso excesivo de pantallas. Todo ello se normaliza bajo un barniz festivo en el que, además, la hipocresía parece campar a sus anchas.

Estas prácticas se alejan claramente del mensaje cristiano que presuntamente inspira la Navidad y del cuidado integral de la persona, ya que promueven un consumo desmedido y acrítico. No es casualidad que estas fechas se hayan convertido en un gran negocio: se potencian muchas de las patologías más prevalentes de la era moderna, caries, sobrepeso, obesidad, diabetes tipo 2, resistencia a la insulina, hipertensión, enfermedades cardiovasculares, migrañas, fatiga crónica, trastornos digestivos, desajustes hormonales, depresión, sarcopenia, enfermedades autoinmunes e incluso cáncer. Todo ello se traduce en un aumento de las visitas a urgencias durante y después de las fiestas y, por supuesto, en importantes beneficios para la industria farmacéutica.

Diversos estudios señalan que los españoles aumentan entre tres y cinco kilos durante las Navidades. Según el Instituto Médico Europeo de la Obesidad (IMEO), la ganancia media ronda los cuatro kilos como consecuencia de las comidas y cenas celebradas con familiares, amigos y compañeros de trabajo. Desde una perspectiva sensata, los días realmente “especiales” deberían limitarse a cinco: Nochebuena, Navidad, Nochevieja, Año Nuevo y Reyes. Sin embargo, para muchas personas estas celebraciones se extienden durante más de un mes, encadenando comidas de empresa, reencuentros, despedidas, eventos y reuniones sociales donde el exceso de productos harinados, azucarados, grasosos y el alcohol se convierten en norma.

Es cierto que las tradiciones forman parte de nuestra cultura y que la Navidad es un tiempo de encuentros y celebraciones. Sin embargo, productos como turrones, mazapanes, polvorones, mantecados, roscones, panettones, bombones, refrescos y bebidas alcohólicas despiertan una “falsa necesidad” en determinados perfiles de consumidores, especialmente en quienes asocian el placer y el bienestar emocional a lo dulce y a las harinas. La combinación de azúcares refinados, harinas blancas, grasas de baja calidad y aditivos es, desde el punto de vista metabólico, una de las más obesogénicas y dañinas que existen.

Los más afectados suelen ser personas mayores, polimedicadas y necesitadas de compañía, que encuentran en estos productos una vía para evocar recuerdos de un pasado emocionalmente más cálido. A esto se suma el consumo excesivo de alcohol, a menudo combinado con refrescos, lo que incrementa de forma notable los riesgos cardiovasculares y los accidentes de tráfico, cuyas cifras se disparan en estas fechas. Así, la Navidad acaba convirtiéndose en una especie de carnaval gastronómico insano, disfrazado de celebración religiosa.

El papel del marketing es clave en este fenómeno. Los productos más perjudiciales se colocan estratégicamente en zonas visibles de los supermercados, con envases llamativos y reclamos visuales diseñados para estimular el consumo impulsivo. Es una estrategia comparable a colocar cajetillas de tabaco en la entrada de los establecimientos: despierta el deseo y refuerza la adicción. No olvidemos que cerca de un tercio de la población presenta resistencia a la insulina, lo que facilita una relación compulsiva con el azúcar. Posteriormente, se multiplican los “días mundiales” dedicados a la obesidad, la diabetes o la hipertensión, iniciativas que, en la práctica, tienen un impacto bajísimo, por no decir nulo.

Tras las fiestas llega la liquidación del excedente: ofertas 2x1, 3x2, la segunda tableta rebaja el 70% y descuentos agresivos que reactivan el consumo de los mismos productos que han contribuido al problema. Después aparecen el arrepentimiento y la frustración al subirse a la báscula. Es entonces cuando muchos buscan soluciones rápidas e ineficaces: dietas milagro, ayunos mal planteados, restricciones extremas, gimnasios abarrotados de desmotivación, pastillas “mágicas”, inyecciones con importantes efectos adversos o batidos quemagrasas que llevan décadas demostrando su inutilidad.

Las ofertas navideñas tienen su consecuencia principal en la báscula
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Las ofertas navideñas tienen su consecuencia principal en la básculaDN
Las ofertas navideñas tienen su consecuencia principal en la báscula

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Cabe preguntarse si la finalidad de la Navidad no debería orientarse hacia valores como la solidaridad, la empatía, el agradecimiento y la moderación. ¿Es realmente socializar ir de bar en bar consumiendo alcohol de forma habitual? ¿Es este el modelo de disfrute que queremos transmitir a nuestros hijos? Probablemente no. ¿Una sociedad que se anestesia para celebrar demuestra que la fiesta es lo único que la mantiene despierta? ¿Qué hacer para reducir los kilos ganados tras las fiestas? El primer paso es sencillo: eliminar del entorno todas las tentaciones sobrantes. Que no estén a la vista. Reducir de forma drástica el consumo de harinas refinadas, azúcares, grasas industriales y edulcorantes artificiales, ya que estos últimos intensifican el deseo de seguir comiendo sin aportar beneficios ni educar en salud. No es casualidad que muchos de estos productos sigan expuestos durante semanas o incluso meses después de Navidad: el roscón de Reyes, que antes se consumía únicamente el 6 de enero, hoy aparece en los lineales desde noviembre hasta bien entrado marzo.

En los días que no son festivos conviene optar por menús ligeros, nutritivos y saciantes: verduras, hortalizas frescas, ensaladas, purés, caldos de vegetales con colágeno, carnes de calidad, pescados, mariscos, tortillas variadas y lácteos fermentados naturales. Es fundamental evitar los ultraprocesados, los cereales industriales, los refrescos y el alcohol, recordando siempre que comer de forma saludable no está reñido con disfrutar de una gastronomía sabrosa, también en Navidad

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