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¡Construyendo una cultura de inactitud!

Corremos el riesgo de que la comodidad sea el nuevo estilo de vida dominante

Inactitud, uno de los peligros de la sociedad actual
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Inactitud, uno de los peligros de la sociedad actual

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Javier Angulo

Actualizado el 10/12/2025 a las 20:07

¿Estamos realmente tan agotados o hemos permitido que la comodidad se convierta en el nuevo estilo de vida dominante? La ACTITUD consiste en hacer lo que se debe hacer, sin quejas, permitiendo que la conciencia descanse tranquila mientras caminamos por la senda de la responsabilidad y el compromiso. Sin embargo, parece haber perdido valor en una sociedad que rinde culto a lo inmediato. La cultura de la dopamina ha ganado el pulso a la de la serotonina, es más fácil fabricar una casa con paja o plastilina que levantar una con unos sólidos pilares de piedra maciza. El resultado es evidente: una cultura de inactividad que avanza al mismo ritmo que el deterioro de la salud mental.

La ACTITUD no se valora. ¿Se reconoce en el trabajo a quien se cuida y nunca falta a su puesto? ¿Se potencia el consumo de alimentos saludables o se celebran festividades basadas en atracones de harinas, azúcares y alcohol? ¿Trabajamos por vocación o por obligación? ¿Nos quejamos de casi todo o somos realmente resistentes a la adversidad? ¿Tenemos peor salud mental que hace dos décadas? ¿Existe un temor generalizado hacia el esfuerzo, la disciplina, la honestidad y el compromiso?

Las industrias que más beneficios generan lo saben y se enriquecen gracias a esta pandemia de la comodidad, de la que, afortunadamente, algunos intentamos escapar. Cientos de ultraprocesados invaden los mercados; aumenta la química alimentaria, los refrescos, el alcohol… y, aun así, pese a las advertencias de las autoridades sanitarias, no se hace nada. Más del 90% de los fármacos vendidos en el planeta se destinan a patologías cardiovasculares, diabetes, obesidad y problemas estomacales, enfermedades que tienen una relación directa con los hábitos. Y como una industria lleva a otra, parece que políticamente interesa, es más rentable tratar que prevenir. La economía pesa más que la salud, digan lo que digan.

¿Promueven los facultativos la venta de fármacos o la educación en hábitos saludables? Las patologías antes asociadas a edades avanzadas empiezan a normalizarse entre niños y adolescentes. A la mala salud física que se vislumbra a medio plazo se suma un evidente deterioro emocional. ¿Hacemos algo para evitarlo? ¿Lo hacemos con la fuerza suficiente para impactar al grueso de la población? Está claro que no, las cifras de salud mental lo confirman: no vamos a mejor.

Al abrazar una cultura basada en la comodidad, corremos el riesgo de caer en la INACCIÓN, la pereza y la queja constante, abriendo la puerta a nuestra propia decadencia.

Como educadores, debemos fomentar la idea de que las cosas buenas no vienen gratis; que la suerte se busca, no llama a tu puerta; que la salud se construye desde jóvenes; que las notas altas requieren esfuerzo; que el talento sin constancia se marchita; que lo que hacemos hoy determina nuestro futuro en diez años; que los malos hábitos deterioran todos los órganos vitales; que la vida no es tan maravillosa como nos contaron, que los resultados son proporcionales a la dedicación y al compromiso y que debemos prepararnos para afrontar las adversidades con dignidad, levantándonos tras cada caída.

No hacemos ningún favor a quien mereciéndose un 2 le ponemos un 5, por mucho que los sistemas educativos prioricen los resultados por encima del desarrollo integral de quienes, en teoría, construirán un país mejor, eso es, simplemente, una falta de profesionalidad. No podemos permitir que ciertas ideas disparatadas se impongan por la fuerza, especialmente cuando contradicen los principios elementales de una educación lógica y coherente.

Como educador, solo me queda alzar la voz con los medios que tengo al alcance. Puede que llegue a pocos, pero no renuncio a hacerlo, no pierdo la fe. Lo hago mediante el conocimiento y el ejemplo, porque ser fiel a los principios que aprendí es la mejor manera de mantener la confianza y el vínculo con quienes aprecio.

Soy un gran defensor de que la coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos es la herramienta más poderosa que tenemos para inspirar, para educar, para construir, para vivir con dignidad.

La falta de actitud es un lastre que no podemos ignorar, puesto que la actitud es un motor, es hacer lo que corresponde incluso cuando cuesta, cuando nadie mira, cuando hace mal tiempo, cuando llega un duelo, cuando vienen mal dadas. Es levantarse un día más con el color que tú decidas dar a ese día, es estudiar un poco más para lograr un poco más, es cuidar la salud para vivir con menos dolor, es trabajar con propósito para honrar a quienes te cuidaron y creyeron en ti, es ser responsables de nuestro crecimiento interior independientemente de lo que opinen los demás. En un mundo que premia lo superficial, cultivar la actitud es un acto de resistencia.

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