Hackea tu salud intestinal

Nicolás Cenoz, nutricionista en Esportrium Nutrición y en Entrena a la carta, a través de este artículo busca ayudar a las personas a mejorar su salud y calidad de vida mediante hábitos saludables y un enfoque práctico de alimentación

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Publicado el 17/01/2025 a las 17:06

El intestino es flexible y la distribución de los microorganismos que lo habitan modifica por completo cuando corregimos la forma en que comemos. Podemos cambiar nuestro microbioma a través de lo que comemos y el estilo de vida que llevamos. La mala alimentación, el estrés y el sedentarismo nos altera la flora intestinal, pero está en nuestras manos ponerle solución. El estrés cronificado (simpaticotonía) nos inflama y nos enferma. Sin embargo, pequeños estresores controlados como el ejercicio, el ayuno o la exposición al frío generan una hormesis adaptativa, una situación de la cual el organismo sale reforzado. Estimulan los sistemas enzimáticos más antioxidantes, el glutatión y la superóxido dismutasa que nos ayudan a combatir el estrés oxidativo y la acumulación de radicales libres, mejorando así nuestro estado de salud.

Las bacterias saludables de nuestro intestino se alimentan de fibra y normalmente no se la damos o no en la dosis que necesitan. Deberíamos comer entre 30-40g de fibra al día, mientras que la media de la ingesta diaria apenas llega a los 15g. Las verduras y hortalizas (cuanta más variedad mejor), semillas y frutos secos nos aportan tanto fibra como vitaminas y minerales beneficiosos para nuestro aparato digestivo. Si extrapolamos esto a una analítica veríamos un claro déficit de fibra y nos alarmaríamos sabiendo que no estamos aportando lo que necesita nuestro cuerpo, al igual que puede pasar con el hierro en una anemia o con la vitamina B12 en vegetarianos que no se suplementan.

Si no le das fibra alimentaria a tus microbios intestinales, ellos empezarán a comerte a ti (el revestimiento de la capa mucosa). Esta es una de las razones por las que hoy en día lo raro es quien no tiene inflamación intestinal, que suele cursar con hinchazón, malas digestiones y problemas a la hora de evacuar (tanto por exceso como por defecto). Debemos cuidar a nuestras bacterias intestinales para que ellas nos cuiden a nosotros. Son como nuestros soldados, aportan múltiples beneficios y nos protegen contra invasores dañinos.

Si modificamos la dieta, cambiamos el microbioma drásticamente. Y esto se ve reflejado en nuestra calidad digestiva, energía, vitalidad y emociones. Ello puede ser un arma de doble filo, para lo bueno y para lo malo. Las bacterias se alimentan de lo que nosotros les aportamos. Si comemos alimentos “de verdad” en nuestra dieta, repoblaremos las buenas (los probióticos). Si por el contrario nos alimentamos de ultraprocesados o alimentos ricos en azúcares y grasas de mala calidad, poblaremos nuestro intestino de bacterias perjudiciales para la salud. No se trata de comer “un poco de todo” ni “lo que se ha comido siempre”, porque nuestro estilo de vida ha cambiado mucho respecto a generaciones anteriores y con ello nuestras necesidades. Los cereales y las legumbres no deberían ocupar un puesto relevante en la base de la pirámide nutricional, al menos en aquellos casos donde exista inflamación, disbiosis o autoinmunidad, ya que van a resultar inflamatorios. Y pensemos quién se libra de esto. No quiero decir que sean malos alimentos, en absoluto, sino que hace falta gozar de una excelente salud intestinal para ser capaz de asimilarlos correctamente y aprovechar los nutrientes que aportan sin alterar la integridad del tubo digestivo.

Cada vez es más común la disbiosis intestinal, que hace referencia a la alteración del equilibrio microbiano del intestino. La disbiosis se puede presentar de varias formas: putrefactiva, con estreñimiento crónico; fermentativa, con diarreas; mixta, alternando diarreas con estreñimiento; SIBO (sobrecrecimiento de bacterias en el intestino delgado); fúngica, por candidiasis; o por deficiencia en proteasas y ácido clorhídrico.

Lo positivo es que, a través de la alimentación y suplementación específica (temporal), mejorando la salud de la barrera mucosa del intestino, se puede solucionar el problema de base, la hiperpermeabilidad intestinal. Con unos cambios en la dieta mejorará la absorción de varios nutrientes, regularemos la microbiota intestinal, el tejido linfoide asociado con el intestino (GALT), la respuesta del sistema inmune, la inflamación, alergias y enfermedades inflamatorias y autoinmunes (enfermedad de Crohn, colitis ulcerosa, artritis reumatoide, enfermedad de Graves, tiroiditis de Hashimoto, lupus, etc.). Siempre consultar antes con un profesional de la salud actualizado y especialista en salud intestinal que te guíe a través de un plan de alimentación personalizado según el contexto individual.

La dieta también afecta a las emociones mediante el eje intestino-cerebro. Los alimentos que comes afectan a las bacterias de tu intestino, y es tu intestino el que conectará con tu cerebro, afectando a tu respuesta emocional. Es como una carretera de doble dirección. Se ha visto que en personas obesas está muy disminuida la serotonina, un neurotransmisor que se fabrica en el intestino, que se relaciona con el control de las emociones y el estado de ánimo (además de regular la sensación de saciedad y el apetito sexual). Es por ello que muchas personas obesas tienen dificultad para saciarse, un estado de ánimo más depresivo y una libido disminuida.

Somos lo que comemos, lo que nos movemos, lo que pensamos y lo que nuestro intestino hace con todo ello. Los alimentos impactan en nuestro cuerpo más allá de lo físico. Una microbiota intestinal más diversa y sana nos ayudará a sentirnos mejor, controlar nuestro apetito y tener una energía más duradera. La salud comienza en el intestino. Cuenta qué comes, cuándo y cómo lo comes, y no las calorías que ingieres. Porque LA SALUD NO SE CONSIGUE DESDE EL CONFORT, la salud se busca y se trabaja. 

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