Tragedia ferroviaria en Toledo

"¿Quién está preparado para ver tanto dolor?"

Los vecinos de las fincas colindantes, los primeros en llegar a la "zona cero" del accidente ferroviario de Urda, relatan que encontraron escenas de pesadilla

Eduardo Martín-Peñato
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Eduardo Martín-Peñato fue el primero en llegar al lugar del accidenteCOLPISA
Eduardo Martín-Peñato

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Agencia Colpisa

Publicado el 30/10/2026 a las 05:00

Es la época de la sementera en Urda, y Eduardo y los obreros de su finca estaban cargando este miércoles por la mañana los remolques para ir a sembrar en uno de los terrenos que tiene cerca de las vías del tren. Eduardo Martín-Peñato es ganadero, pero planta avena y triticale para alimentar en invierno a las vacas que cría en libertad en estos campos toledanos de suaves lomas cubiertas de olivos, almendros y viñedos. "Escuchamos de repente una explosión tremenda, pensé que había sido un camión cisterna que habría estallado en la carretera", recuerda.

Se asomaron a la carretera general, que se encuentra apenas a 50 metros de la casa, y les extrañó no ver nada. La sorpresa les esperaba al salir por la puerta de atrás, cuando a lo lejos vieron "una nube de polvo y humo" en las vías del AVE. No se lo pensó: "Vamos para allá".

Eduardo y sus trabajadores fueron los primeros en llegar al lugar de la catástrofe, donde el polvo se iba asentando y dejaba una escena de pesadilla. Los tres vagones volcados del tren Iryo, que cayeron por el talud que linda con su finca, eran amasijos de hierros retorcidos, donde resultaba difícil imaginar que minutos antes hubiera personas sentadas, durmiendo, charlando, leyendo o mirando distraídas el paisaje. Al otro lado de las vías, uno de los coches del AVE que se despeñó por el terraplén "por poco aplasta a un trabajador que daba de comer en ese momento a unos toros en la parcela de al lado", afirma el ganadero.

"La gente se estaba bajando del tren, tanto los que estaban heridos pero podían caminar como los que estaban ilesos, pero estaban encerrados, porque las vías tienen una cerca metálica, así que tuvimos que cortar la valla con una cizalla para que pudieran salir", cuenta en la entrada de otra finca que tiene, a unos 10 kilómetros del lugar del accidente, adonde ha ido a descansar un poco y buscar un lugar tranquilo.

LA ZONA CERO DEL ACCIDENTE

En el otro terreno de su propiedad, el que el miércoles iba a ser sembrado, se ha instalado el Puesto de Mando Avanzado (PMA) desde el que se están coordinando todas las tareas de los equipos desplegados en la zona que, un día después de la tragedia, se han convertido tristemente ya en labores de búsqueda y recuperación de los cuerpos de los pasajeros que aún permanecen atrapados en su cárcel metálica.

La parcela es un bullir de agentes y periodistas, que peregrinan hasta el PMA a pie por el borde de la carretera. Solo la Guardia Civil tiene en la zona a unos 900 agentes trabajando en lo que ya se conoce como la "zona cero" del accidente, con drones y perros especializados en la búsqueda de restos humanos. La jueza instructora del caso ha prohibido la toma y difusión de imágenes de la zona afectada, así que cientos de reporteros de televisión, también internacionales, trabajan en un perímetro delimitado que muestra apenas los vehículos y carpas de los equipos de emergencia, e intentan dar sentido a la tragedia, también en inglés, francés, italiano o alemán. Al fondo, dos grandes grúas trabajan levantando las pesadas piezas de estas dos serpientes rotas que, por el momento, se han cobrado 69 vidas.

"La primera persona que saqué fue un hombre de unos 50 o 60 años, que venía con la cara ensangrentada y que preguntaba dónde estaba", recuerda Eduardo. Había llamado a su familia para contar que estaba vivo, pero no sabía dónde decirles que vinieran a buscarle. Aquel hombre desorientado fue el primero al que Eduardo llevó en su coche en uno de los más de diez viajes que el miércoles hizo de camino a Urda llevando a pasajeros de los trenes, algunos heridos, otros más o menos ilesos, todos ellos conmocionados. "Los llevábamos al bar, para que les dieran un café o algo caliente, hasta que finalmente se montó el hospital de campaña en el pabellón", explica.

DESAYUNOS IMPROVISADOS

Allí llegaban los heridos, cuenta Sergio Sosa, que regenta el bar García,  "que venían que no podían ni hablar del susto, lloraban mucho". Él y su mujer les sacaron cafés, bocadillos, agua "y lo que hiciera falta". El miércoles no cerraron hasta la madrugada y esta mañana han llegado al bar a las seis de la mañana para preparar "unas 400 porras" y chocolate que han llevado al Puesto de Mando.

Eduardo recuerda que en apenas diez minutos ya había llegado la Guardia Civil a la zona cero. Los agentes empezaron a organizar a los muchos vecinos que ya habían escuchado algo del accidente en el pueblo y se habían acercado a ayudar: "Nos poníamos en cola con los coches y los guardias nos distribuían a los heridos".

Entre los vecinos estaba José Luis Díaz, cuya finca está a menos de un kilómetro del lugar del accidente. "Cuando vi todo el movimiento me acerqué a ver qué pasaba, y lo que me encontré era como una zona de guerra, igual que si hubiera caído una bomba", recuerda.

A José Luis le faltan las palabras para describir lo que presenció en la mañana del miércoles, algo que, asegura, "las personas humanas, nosotros que somos gente de campo, no estamos preparados para ver. ¿Qué persona está preparada para ver tal dimensión de dolor?".

Hace más de veinte años José Luis fue testigo de otro accidente en el mismo punto en el que este miércoles 28 se estrellaron el AVE y el Iryo. En aquella ocasión no hubo muertos, solo heridos, alemanes, que él mismo llevó en coche al consultorio de Consuegra. "Fue una máquina del AVE que estaba en pruebas y que volcó ¡justo en el mismo terreno!", cuenta aún acongojado por la coincidencia. "Lo de esta vez, sin embargo...", murmura abatido, y le cuesta terminar la frase.

Urda, un pueblo volcado con la tragedia

Soraya Rodríguez y Juan José Escobar no se enteraron de la magnitud del accidente hasta abrir el Covirán que regentan en Urda. En ese momento empezaron a llegar vecinos a por agua y leche para los heridos y, a partir de ahí, pasaron el día haciendo bocadillos y repartiendo fruta a quien lo necesitara. "Esto va a marcar al pueblo, pero estoy muy orgullosa de ser de aquí y ver cómo hemos hecho piña los vecinos y hemos ayudado en todo lo posible", cuenta emocionada mientras despacha en la caja a una clienta.

Urda es un pueblo que el miércoles se volcó con la tragedia y cuyos habitantes atendían este jueves con paciencia a las decenas de periodistas que pululaban por sus calles. Han dormido como han podido. "Mal, yo hoy me he levantado como si fuera un mal sueño", cuenta Feli, una vecina, que pasó el día anterior ayudando como podía en el pabellón, "con una gran sensación de impotencia".

Entre ellos estaba el farmacéutico Antonio García Colina, que contaba a los medios a las puertas de su botica cómo acudió a la zona cero con todo el material que pudo, "gasas, compresas, calmantes, opiáceos" y trató de proporcionar calma "tanto física como mental".

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