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Víctor López , herido en el atentado con una pancarta bomba en Leitza en 2002

"Durante años pensé que debí haber muerto yo"

La lista de más de 300 asesinatos de ETA sin resolver se ha acortado en una veintena en los últimos 10 años gracias al empeño de las asociaciones de víctimas. Dos familias comparten sus casos

Víctor López repasa el libro ‘Testimonios’
Víctor López repasa el libro ‘Testimonios’Miguel Herreros
  • Colpisa
Publicado el 21/10/2021 a las 08:17
La carretera que discurre por el barrio leitzarra de Erreka, a apenas cien metros del límite con la guipuzcoana Berastegi, fue testigo el 24 de septiembre de 2002 de un atentado de ETA con una pancarta bomba en el que murió el cabo de la Guardia Civil Juan Carlos Beiro Montes y resultaron heridos de diversa consideración otros cuatro agentes. El caso, aún sin resolver, se reabrió en diciembre del año pasado con el auto de procesamiento del último jefe militar de ETA, Mikel Karrera Sarobe, ‘Ata’, y de otros tres miembros de la banda terrorista: Miren Itxaso Zaldua, Rubén Gelbenzu González y Jon Lizarribar. El escrito del juez de la Audiencia Nacional Ismael Moreno atribuye a los cuatro investigados la autoría de este crimen. A falta de que finalice la instrucción, se prevé que llegue a juicio en el segundo semestre de 2022.
Uno de los cuatro guardias civiles heridos comparte el relato de aquel día. Víctor López Palma, agente destinado en la Comandancia de Tráfico de Málaga, disfrutaba de un permiso ordinario en Leitza, el pueblo de su mujer. "Como sé cómo funcionan las cosas en Leitza (estuve allí cuatro años en el 91 y sé que no somos bien vistos en el pueblo), compré el periódico y me fui a tomar un café a las afueras del municipio. Al llegar me llamó la atención la pancarta de plástico blanco con un tricornio en el punto de mira, la inscripción Gora ETA y la frase, también en euskera, Guardia Civil muere aquí". En ese momento pasó por allí el alguacil del pueblo, le comentó "lo bien elaborada que estaba" y le dijo que cuando terminara unas cosas que tenía que hacer por los caseríos se pasaría por el cuartel. "Le comenté que no se preocupara, que ya llamaba yo. Hablé con el jefe del puesto, me identifiqué, le dije que era compañero, dónde estaba y que les esperaba allí para que supieran que era yo quien había llamado y no se trataba de una llamada falsa", rememora. Al poco llegó la patrulla y, cuando se bajaron del vehículo para inspecionar el lugar, los terroristas provocaron la "detonación repentina" de 15 kilos de explosivo (escondidos en una cazuela), según el relato del auto de procesamiento, que se llevó por delante la vida del cabo Beiro y causó diversas heridas a Víctor López y otros tres compañeros.
La explosion dejó un cráter de 70 cm de diámetro y 40 de profundidad, causando daños en los vehículos que los guardias civiles habían estacionado en la explanada, así como en el muro donde se hallaba la pancarta trampa y en las ventanas de las viviendas situadas en las inmediaciones.
"La explosión se produjo en lo que tardé en decirle al sargento: ‘Soy yo el que ha llamado’ y saludar al cabo", explica. López estaba a dos metros de la pancarta, pero el todoterreno de la patrulla le hizo de parapeto. "Al ser blindado, nos paró casi toda la onda expansiva. A mí me tiró para atrás, pero a Beiro le pilló de lleno y le explotó su propio cargador", describe.
Durante mucho tiempo se consideró "culpable" de la muerte del cabo. "Si no hubiera llamado y ellos no hubieran acudido, estaría vivo...", se ha repetido tantas veces. Reconoce que vivió con esa sensación durante años. "Pensaba que debía de haber muerto yo", confiesa. "Algunos compañeros llegaron a decirle a mi esposa que ojalá me hubiera quedado yo en el sitio. Algunas mujeres dejaron de llamarla para tomar café, dejaron de hablarla...". Víctor López no oculta el dolor y la tristeza que le invaden cuando recuerda aquellos momentos. Y remarca "la valentía" de su pareja "por aguantarme aquellos años en los que me hundí; no podía dormir, me alteraba por cualquier ruido... tuve que ir de psicólogo en psicólogo". El exagente sufre perforación de tímpano y tiene restos de metralla en el cuerpo, pero lo peor es "el tema psicológico". Pasó cinco tribunales militares y le jubilaron con 37 años.
A pesar de las secuelas físicas y psicológicas, mantiene que volvería a hacer lo que hizo. Si no hubiera llamado él, otra persona hubiera dado la alarma y la bomba hubiera explotado igual. Pero las heridas del alma pesan todavía mucho. Nunca olvidará el momento en que le dio el pésame al padre de Beiro. "Me cogió de la mano y me dijo: ‘¡Qué suerte has tenido, hijo!’ Se me cayó el mundo encima".
Ahora tiene 52 años y asume que "no queda mas remedio que seguir adelante", aunque está convencido de que si el caso se pudiera resolver, "por lo menos se cerraría un poco el duelo, aunque el daño lo tienes de por vida". Víctor López es hoy vicepresidente de la AVT y no dejará de intentar llegar hasta el final en este y otros crímenes sin resolver. "Saber quién fue el terrorista que acabó con la vida de Beiro e intentó matar al resto de agentes en Leitza es muy importante. Lo único que queremos es justicia, no pedimos otra cosa. Que la persona que lo haya hecho y de esa forma tan cobarde pague por ello", reclama con la mirada puesta en 2022, cuando se cumplirán veinte años del atentado.
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