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Siria

La historia de amor entre dos jóvenes sirios, Shaman y Rania

Su país vive hoy una situación aún más desesperada que en los años más duros de la guerra. Así es la vida de este matrimonio en Alepo, un relato en primera persona

Ampliar Shaman y Rania, en Siria
Shaman y Rania, en Siria
Publicado el 16/01/2022 a las 06:00
La vida se abre paso al atardecer en un parque infantil al norte de Siria. Aquí, en Alepo, en el centro de los Maristas Azules, niños y niñas, cristianos y musulmanes, todos desplazados por la guerra, recuperan la infancia. La mayoría sobrevive en estructuras de hormigón sin terminar y edificios derruidos por la metralla. A lo largo de su corta vida, estos niños han visto caer malheridos a muchos familiares y amigos, que incluso han abrazado en el suelo al morir. Algunos llegan en shock al centro, sin habla, y los voluntarios de “los azules”, también cristianos y musulmanes, tratan de sacarlos de la pesadilla. Esto es Siria hoy, 10 años y 10 meses después del inicio de la peor crisis humanitaria de la historia reciente. “Los sirios han sido sometidos a violaciones de derechos humanos a escala masiva y sistemática”, ha llegado a pronunciar en distintas ocasiones el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, sin que nadie tome nota de sus palabras. Pero la comunidad internacional sigue mirando hacia otro lado. Mientras, los más pequeños se columpian entre la vida y la muerte. Porque al conflicto se suman la pandemia y unas sanciones internacionales que les impide calentar sus cuerpos en invierno, alimentarse en condiciones y crecer como seres humanos. “Y la situación está lejos de mejorar”, avisan desde Naciones Unidas. “Y es que la crisis económica, la pandemia de la covid-19 y una alarmante inseguridad alimenticia no hacen más que agravar una crisis humanitaria desesperante”.
Shaman y Rania
En los suburbios de la ciudad, no muy lejos de este lugar donde todo es azul , viven Rania y Shaman Alawi, un ingeniero de 26 años, el número uno de su promoción en la Universidad de Alepo. La guerra destruyó la casa de Shaman y su familia. Se vieron obligados a huir hacia Alepo, sin dinero, con lo puesto. Tenía 15 años cuando desafió al Estado Islámico. “Los hombres de negro”, como los llama, llegaron y quemaron las escuelas, prohibiendo acercarse a cualquier tipo de enseñanza que no fuera el Corán. Sin embargo, poniendo en riesgo su vida, ocultó los libros en el bosque y cuando veía la posibilidad se acercaba a ellos y estudiaba con avidez.
En Alepo conoció a Rania, estudiante de Medicina, y después de cinco años se casaron en verano. No hubo celebración porque no podían pagar ni siquiera la luz. Pero las dos familias se reunieron en casa de ella.
Esta misma semana, Shaman contactó por teléfono con este periódico para detallar la situación que vive la población siria este 16 de enero de 2022. “Estamos helados de frío. Poder satisfacer nuestras necesidades más básicas es un sueño. Los precios de los medicamentos y alimentos han vuelto a subir... Nuestra vida durante lo peor de la guerra era mejor que ahora. Aquí no hay trabajo y no podemos crecer como seres humanos. Hoy la guerra económica es la que nos está matando. Hasta los edificios se están cayendo...”. Esta semana han caído dos bloques en su barrio. “Los vecinos pudieron escapar a tiempo”. Shaman explica que el salario medio mensual ronda entre 80.000 y 100.000 libras sirias (unos 30 dólares). Un pollo a la parrilla cuesta 30 mil libras, un pantalón supera las 50 mil y una camisa 35 mil. Además, no hay electricidad. “Nos iluminamos gracias al amperio de un pequeño generador durante seis horas al día y por el que pagamos 40.000 libras al mes. Para lavarnos, calentamos el agua quemando zapatos viejos, porque no hay combustible. Y cuando uno sale a la calle no encuentra jóvenes porque la mayoría ha emigrado... Ayer me senté solo en la oscuridad y comencé a llorar. Estoy muy cansado. En Siria, el precio de un móvil no baja de 300 dólares. No hay manera de comprar un ordenador. Hasta comer se ha convertido en un sueño. Nuestra dieta en invierno se limita a espinacas y algunas sopas simples. Los precios de la carne son muy altos y no podemos comprarlos. Cultivamos cebollas dentro de casa, en macetas pequeñas, cortamos las ramas verdes y las hervimos”. A pesar de este infierno, los dos jóvenes aseguran que no se rendirán. “En junio nos casamos para confirmar que la vida continúa y no se detendrá. Por más que dure la oscuridad, la esperanza brillará”.
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