Bush evita sobre la bocina la remontada de Kerry (2004)
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Bush evita sobre la bocina la remontada de Kerry (2004)

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Bush evita sobre la bocina la remontada de Kerry (2004)

La emisión de un vídeo, cuatro días antes de las elecciones, en el que Osama bin Laden se responsabilizaba del 11-S y cargaba en contra de Bush decantó la balanza a favor del presidente

Javier Iborra

Actualizado el 30/10/2020 a las 06:00

FICHA

Elección presidencial: quincuagésima quinta

Fecha: 2 de noviembre de 2004

Votantes: 122.295.345

Estados: 51 (50 estados y el Distrito de Columbia)

Colegio electoral: 538 votos (270 necesarios)

George W. Bush: votos populares, 62,040,610; votos electorales, 286

John Kerry: votos populares, 59.028.444; votos electorales, 251 (*)

(*) Un elector infiel de Minnesota -donde las votaciones para el Colegio Electoral son secretas- emitió un voto para la presidencia a John Edwards, el candidato Demócrata a la vicepresidencia, en lugar de a John Kerry. De hecho, en la papeleta aparecía el nombre de “John Ewards”, aunque se consideró que se trataba de un errata y se le asignó el sufragio a Edwards.

El fin de la Guerra Fría limpió el panorama de enemigos directos para Estados Unidos; de su mismo nivel, al menos. El país norteamericano se sabía en la cúspide de la pirámide internacional y asumió su papel con afición. De alguna manera, su doctrina de “América para los americanos” ya le había preparado para ejercer el papel de gendarme, vigilante y mediador al mismo tiempo: solo cambiaba la escala, de continental a global. Pero ya vimos en el reportaje anterior que podían surgir problemas capaces de pasar bajo el radar: los graves disturbios que rodearon a la reunión de la Organización Mundial de Comercio en Seattle, en 1999, pillaron a contrapié a la Administración Clinton. A su sucesor, George W. Bush, le sucedió otro tanto, pero con un episodio aún más resonante: el ataque a las Torres Gemelas del 11 de septiembre de 2001.

Durante la campaña de electoral del año 2000 ni siquiera se había debatido con seriedad sobre el terrorismo internacional. Solo se le podían achacar atentados esporádicos en países lejanos y no parecía ser un problema serio. Además, la última intervención con cierta entidad de tropas estadounidenses en el extranjero para enfrentarse a algo que no fuera un ejército regular, en Somalia, se había complicado y había recordado demasiado a los malos tiempos del “cenagal” vietnamita. Ciertamente, Bush ganó los comicios con una agenda en la que no tenía cabida la lucha contra el terrorismo. Pero todas las previsiones sobre el mandato de Bush saltaron por los aires el 11 de septiembre de 2001. El ataque de Al Qaeda a dos de los edificios más emblemáticos de Nueva York y al Pentágono, en Washington, llenó de estupor al mundo y de rabia a los estadounidenses. Con el orgullo herido, los norteamericanos cerraron filas alrededor de su presidente, que alcanzó niveles máximos de popularidad solo ocho meses después de llegar a la Casa Blanca.

Bush, entonces, proclamó la guerra a Al Qaeda y a los talibanes, los derrotó en Afganistán, y a continuación se lanzó sobre Irak. La excusa para atacar a este último fue la sospecha de que el régimen de Saddam Hussein poseía “armas de destrucción masiva”. La contienda bélica como tal fue breve, pero los intentos de tutelar una reconstrucción al gusto de Estados Unidos convirtieron a Irak en un avispero que se cobró miles de vidas norteamericanas. La popularidad de Bush, obviamente, se resintió a tiempo para que las elecciones de 2004 se presentaran con un resultado, a priori, incierto.

Dentro del Partido Republicano, Bush era indiscutible. Solo el senador Lincoln Chafee tanteó el terreno antes de las primarias abogando por una línea menos belicista que Bush, pero la captura de Saddam Hussein en diciembre de 2003 terminó de convencerle de que no tenía posibilidades de ganar. En el Partido Demócrata, Howard Dean apareció a lo largo de 2003 como el favorito según las encuestas. Había sido un moderado gobernador de Vermont y contaba con fondos cuantiosos para establecer una campaña poderosa. De hecho, pronto la inició, mostrando un ideario un tanto populista. Sin embargo, en los caucus de Iowa, importantes como primera toma de contacto con los electores, quedó sorprendentemente en tercer lugar, por detrás de John Kerry y John Edwards. Al conocer estos resultados, Dean pronunció un discurso demasiado enfático y estridente, con un triunfalismo más propio de un caricaturesco villano de película de James Bond que de un aspirante a la presidencia. En ese mismo momento cavó su tumba política, ya que las televisiones se hartaron de mostrar una y otra vez el “Dean scream” (ver Glosario), un grito con el que redondeó sus palabras y que se convirtió en un “meme” viral de la época. Con Dean fuera de juego, Kerry pudo completar su victoria inicial en Iowa con una buena cosecha en el “supermartes”, de manera que a principios de marzo ya se había asegurado la nominación.

La campaña, como no podía ser de otra manera, giró alrededor de la política exterior y la lucha contra el terrorismo internacional. Bush defendió su gestión apelando a la defensa del país, al tiempo que acusaba a Kerry de ser literalmente un “flip-flopper”; es decir, de arrimar su opinión al sol que más calienta. En cuanto a los asuntos internos del país, la economía seguía en buena línea, pero había aristas que tratar: Bush propuso la creación de una "sociedad de propietarios" para promover la inversión de los ahorros de las clases medias. Kerry, por su parte, prometió la mejora del sistema de salud público y liberalizar las leyes sobre el aborto y los matrimonios homosexuales.

Ambos candidatos se midieron en tres debates, mientras que los aspirantes a la vicepresidencia, Dick Cheney y John Edwards, lo hicieron en otro más. En el primero, Kerry se impuso a Bush con claridad y se vio reforzado en las encuestas, que hasta entonces le habían señalado como claro perdedor. Después, Cheney y Edwards tomaron el protagonismo, pero su duelo resultó poco decisivo. El tercer debate, segundo entre los candidatos a la presidencia, se llevó a cabo con un formato más informal y Bush enmendó algunos de los errores anteriores, sobre todo los relativos a sus gestos de desagrado y desaprobación hacia Kerry. El último encuentro, el 13 de octubre, congregó a más de 50 millones de estadounidenses frente al televisor: Kerry volvió a mostrarse más incisivo que un Bush a la defensiva y la diferencia entre ambos se estrechó hasta el punto de que resultaba imposible vaticinar cuál sería el desenlace de los comicios.

Pero entonces, cuatro días antes de que los ciudadanos acudieran a las urnas, el canal Al Jazeera difundió un mensaje del enemigo público de Estados Unidos, Osama bin Laden (ver “La lupa”). El líder de Al Qaeda irrumpió en la campaña aceptando la autoría de los atentados del 11 de septiembre. Además, amenazó a Estados Unidos con sufrir nuevos ataques si se atacaban países islámicos y acusó a su presidente de engañar a la población y esconder la verdad sobre los atentados. Esta acción, perfectamente medida para impactar en el resultado electoral, favoreció la imagen de Bush y, casi con toda probabilidad, le dio el espaldarazo definitivo.

El candidato Republicano logró el 50,7% de los votos populares y 35 sufragios electorales más que su rival. Curiosamente, el antiguo “Sólido Sur”, durante tantas décadas un fiel vivero de votos para los Demócratas, fue en esta ocasión la base de la victoria de Bush. También resultaron decisivos sus triunfos en estados muy competidos como Ohio, Iowa y Nuevo México. Kerry ganó en todo el noreste, pero no fue suficiente; de hecho, la de 2004 fue la primera vez en la que el ganador en las elecciones no obtenía el triunfo en ninguno de los estados del histórico noreste. Tampoco faltó cierta polémica en esta ocasión, si bien estuvo lejos de repetirse un jaleo como el vivido cuatro años antes en Florida. El Partido Demócrata planteó sus dudas sobre las votaciones en Ohio, pero no apretó lo suficiente la cuestión como para que se pusiera en duda el triunfo de Bush y este logró lo que no había conseguido su padre: la reelección.

La lupa: el vídeo de Osama bin Laden
El 29 de octubre de 2004, el canal Al Jazeera emitió algunos fragmentos de un vídeo de Osama bin Laden, el hombre más buscado tras los atentados del 11-S. En las imágenes, el líder de Al Qaeda reconocía su responsabilidad en ese ataque y lo justificaba como una venganza por las acciones estadounidenses en la Guerra Civil del Líbano, en 1982. Además, criticaba la respuesta armada de la Administración Bush y avisaba de que se producirían nuevos ataques si seguía amenazándose la seguridad de los países musulmanes.

El presidente Bush respondió al vídeo diciendo: “Los americanos no seremos intimidados o influenciados por un enemigo de nuestro país. Estoy seguro de que el senador Kerry está de acuerdo con esto. También quiero decir al pueblo de América que estamos en guerra con estos terroristas y estoy convencido de que venceremos”.

Kerry, por su parte, dijo: “Como americanos, estamos absolutamente unidos en nuestra determinación de cazar y destruir a Osama bin Laden y los terroristas. Son bárbaros y no pararé hasta cazar, capturar o matar a los terroristas allí donde estén y cueste lo que cueste”.

A pesar de que Osama bin Laden cargaba en el vídeo en contra de Bush -o precisamente por eso-, la popularidad del presidente se disparó a solo cuatro días de la celebración de las elecciones. Hasta ese momento, Kerry había conseguido reducir paulatinamente su desventaja en las encuestas, pero esta “sorpresa de octubre”  mediatizó los comicios, en los que finalmente se impuso George W. Bush por un estrecho margen.

Glosario
"DEAN SCREAM": el célebre y desastroso discurso que pronunció Howard Dean el 19 de enero de 2004 en el Val-Air Ballrom de West Des Moine (Iowa) ha pasado a la historia como el “grito de Dean” (“Dean scream”). El candidato a resultar nominado para las elecciones de ese año por parte del Partido Demócrata acababa de perder el primer asalto frente a John Kerry y John Edwards: los caucus de Iowa. Necesitaba dar un golpe de efecto para mantener vivas las ilusiones de sus seguidores y para ello improvisó una arenga triunfalista, coronada por la enumeración de todos los estados en los que habría de ganar para conseguir la nominación. Dean fue aumentando el tono de su voz paulatinamente, hasta convertir sus palabras en gritos destemplados. La guinda la puso con una exclamación estridente, un “yeaaah!” que se hizo viral de inmediato: las redes sociales no “ardieron”, porque no existían todavía, pero en los siguientes cuatro días fue emitido en 633 ocasiones en todos los noticieros de televisión.

El grito de Dean ha quedado en los anales de la política como paradigma de error capaz por sí mismo de acabar con una campaña electoral. El propio Dean, que meses antes había aparecido en las encuestas como favorito para pelear por la Casa Blanca en representación del Partido Demócrata, se dio cuenta pronto de que no podría revertir la situación y abandonó la carrera tras la celebración de las primarias de Wisconsin, dejando el camino libre a John Kerry.

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