G.W. Bush gana unas elecciones de infarto con polémica en Florida (2000)
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G.W. Bush gana unas elecciones de infarto con polémica en Florida (2000)

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G.W. Bush gana unas elecciones de infarto con polémica en Florida (2000)

El candidato del Partido Republicano necesitó de una resolución de la Corte Suprema para ver confirmado su triunfo frente a Al Gore, quien logró más sufragios populares y se quedó a solo cuatro votos electorales de la Casa Blanca

Javier Iborra

Actualizado el 29/10/2020 a las 06:00

FICHA

Elección presidencial: quincuagésima cuarta

Fecha: 7 de noviembre de 2000

Votantes: 105.405.100

Estados: 51 (50 estados y el Distrito de Columbia)

Colegio electoral: 538 votos (270 necesarios)

George W. Bush: votos populares, 50.456.002; votos electorales, 271

Al Gore: votos populares, 50.999.897; votos electorales, 266 (*)

(*) Una electora tránsfuga del Distrito de Columbia, Barbara Lett-Simmons,

debía votar a Gore pero se abstuvo de hacerlo a modo de protesta por la

falta de representación de votación del distrito en el Congreso.

Ralph Nader: votos populares, 2.882.955; votos electorales, 0                                                                                     

En el año 2000 se vivieron unos de los comicios más igualados, tensos, polémicos y apasionantes de la historia de Estados Unidos. El vencedor logró menos votos populares que su principal oponente -circunstancia que solo se ha repetido en otras cuatro de las 58 elecciones presidenciales- y el resultado no se decantó definitivamente hasta pasado un mes de las votaciones, cuando la Corte Suprema decidió que no era constitucional realizar más recuentos en el estado de Florida (ver "La lupa") y confirmó a George W. Bush como presidente con un solo voto electoral por encima de la mayoría necesaria. El perdedor, Al Gore, se quedó a cuatro votos electorales de esa mayoría. A un suspiro de la Casa Blanca.

Cómo se llegó a esta lucha tan igualada es algo que ha cobrado incluso mayor interés con el paso del tiempo. Desde nuestro presente podemos recalibrar los acontecimientos que sucedieron en aquel momento y otorgarles un nuevo significado. Así, en la epoca, se creía que el punto principal de la campaña había de ser el “affaire” protagonizado durante su segundo mandato por el presidente Bill Clinton con su becaria Monica Lewinsky. Las relaciones íntimas entre ambos en la Casa Blanca y la negación de los hechos por parte de Clinton -incluso en una declaración jurada- terminó por conducir al presidente a un proceso de “impeachment” por parte del Congreso. Finalmente, Clinton reconoció los hechos y pudo terminar la legislatura, pero políticamente su figura había quedado completamente estigmatizada por el escándalo.

Clinton, no obstante, ya había quedado amortizado por el Partido Demócrata, al consumir el máximo de dos mandatos permitidos por la Vigésimo quinta Enmienda. Es cierto que su sucesor tendría que perder energías en desligar su figura de la de Clinton, pero se trataba de un escándalo de índole tan personal que podía intentarse. Además, la economía del país iba viento en popa y los ocho años de gobierno de los Demócratas habían resultado positivos tanto en el interior del país como en cuanto a la política exterior.

Entonces ocurrió algo con lo que ni los medios de comunicación, ni los gobiernos, ni los analistas habían contado. A finales de 1999, en la pacífica y tranquila ciudad de Seattle, etiquetada como la más “europea” de las grandes urbes de Estados Unidos por su tradicional civismo, debía celebrarse una reunión de la Organización Mundial de Comercio (OMC). Estaban citados allí políticos de alto nivel procedentes de buena parte del globo, lo cual hizo que a su vez los medios de comunicación centraran su atención en el evento. Y la extrema izquierda, que había hibernado durante una década tras el shock de la caída de la Unión Soviética y del bloque comunista, vio allí la oportunidad de refundarse, de redefinirse, y para ello desempolvó sus viejas tácticas, las de la época de Lyndon B. Johnson: si en 1968 los disturbios y las protestas habían puestos los ojos del mundo sobre ellos -el lema entonces fue “el mundo está viendo”-, ahora se repitió el plan, pero con inusitada violencia. De hecho, el mismo fin de la URSS lo permitía, ya que había desaparecido el miedo a ser declarado traidor a la patria o agente al servicio del enemigo. Los bautizados entonces como movimientos antiglobalización emplearon la fuerza de un modo desmedido, dejando boquiabierto al mundo: la Batalla de Seattle marcó un nuevo comienzo para la política en Occidente, con mayor trascendencia que el famoso pero efímero “Mayo del 68”, y tuvo unas consecuencias perfectamente identificables en nuestro presente, tanto en Estados Unidos como en España.

Este contexto, quizá más incluso que el “impeachment” a Bill Clinton, terminó por dirigir el voto de los estadounidenses hacia la derecha. No en vano, el Republicano Richard Nixon había impuesto mano dura entre 1968 y 1976, acallando aquellos movimientos que habían desbordado a su antecesor, y podía tomarse como un ejemplo a seguir. Así, el Partido Demócrata tenía que andarse con cuidado a la hora de elegir a su candidato. Si optaba por alguien demasiado a la izquierda, podía darse por derrotado. Por suerte, contaba con un centrista irredento, el vicepresidente Al Gore, y pronto este apareció como el favorito. En su contra jugaba su cercanía a Bill Clinton, pero se pensó que escondiendo a Clinton durante la campaña se podría mitigar ese problema.

Gore pudo haberse encontrado además con un rival formidable: un exjugador de la NBA y senador, Bill Bradley, que contaba incluso con el apoyo del archifamoso Michael Jordan. Sin embargo, tras la Batalla de Seattle, sus ideas quedaron de repente demasiado a la izquierda y Gore barrió en las primarias -de hecho, ganó en todos los estados, un logro que nadie que no fuera un presidente optando a la reelección ha conseguido igualar-. Para alejar a Gore de los pecados de Clinton, el Partido Demócrata nominó a Joe Lieberman como candidato a la vicepresidencia. Este no solo era el primer judío en optar a tal posición por uno de los grandes partidos, sino que se había significado como uno de los políticos del partido más implicados en exigir al presidente Clinton que diera explicaciones sobre su relación con Monica Lewinsky. El mensaje para los votantes no podía ser más claro, si bien quizá se pasó de frenada y terminó por enajenar a muchos simpatizantes de Clinton.

La Convención Nacional Demócrata, llamada a ser un trámite en cuanto a la nominación de Gore, resultó al final de lo más animada. Se celebró en Los Ángeles y, como en la de 1968, hubo manifestantes que intentaron generar el caos a su alrededor. La policía, avisada tras los sucesos de Seattle, sofocó los disturbios a base de detenciones. Así, durante el primer día de los cuatro que duró la convención, lo más destacado fue el discurso de Bill Clinton: el expresidente dio un último apoyo a quien había sido su mano derecha durante los ocho años anteriores al decir que una de sus “mejores decisiones” había sido pedirle que fuera su “compañero”. Los días restantes no hubo incidencias ni intervenciones memorables, si bien resultó pintoresco que el actor Tommy Lee Jones, antiguo compañero de habitación de Al Gore en la universidad, fuera el encargado de anunciar la proclamación del candidato.

En el otro bando principal, el de los Republicanos, George Shultz y otros miembros importantes del partido se movieron con tiempo, y entre bambalinas, para intentar buscar al hombre adecuado. Creyeron encontrarlo en George W. Bush, hijo mayor del expresidente George H. W. Bush. Él sería el candidato del “establishment”, pero ni mucho menos el único aspirante: Steve Forbes -que repetía-, Alan Keyes, Gary Bayer, Orrin Hatch y John McCain también se postularon. El “supermartes” (ver Glosario), celebrado el 7 de marzo, fue decisivo. Bush ganó en la mayoría de estados, relegando a McCain al segundo lugar, y a partir de entonces sumó triunfo tras triunfo hasta asegurarse la nominación.

Pero además de Demócratas y Republicanos, había otros aspirantes. Por allí seguía el Partido de la Reforma, fundado en 1995 por Ross Perot y que contaba en sus filas en 2000 con un tal Donald Trump. La nominación dentro de este partido resultó curiosa, ya que fue elegido Pat Buchanan, un exrepublicano del ala más conservadora, incluso en contra de la opinión del propio Ross Perot -y de Trump-. Los resultados de Buchanan en los comicios terminaron por demostrar que la designación no había sido acertada. También aspiraba a ser un tercera opción el Partido Verde, con Ralph Nader como cabeza de cartel. En este caso, los más de dos millones de votos que lograron les permitieron adelantar al Partido de la Reforma, pero estaban tan lejos de los 19 millones obtenidos por Perot en 1992 que fueron condenados a la irrelevancia.

La campaña se mantuvo dentro de los cánones ideológicos esperables. Gore hizo gala de su ideario centrista, mientras que Bush defendía un conservadurismo blando, en la línea establecida por su padre. Lo más relevante, o morboso, giraba alrededor de Bill Clinton y el “caso Lewinsky”. Los Republicanos pusieron el dedo en la llaga, con frases grandilocuentes por parte de Bush como que él iba a “restaurar el honor y la dignidad de la Casa Blanca”. Gore, mientras tanto, apartó al expresidente de sus actos promocionales y trató de mostrarse como un gestor experto tras ocho años en la vicepresidencia.

Los resultados, como se ha dicho en el párrafo inicial, están entre los más equilibrados de la historia del país: medio millar de votos en Florida decantaron la balanza a favor de Bush, a pesar de que Gore había conseguido más sufragios en el conjunto del país. Para ganar, el candidato Republicano necesitó que once estados que habían votado por los Demócratas en el 96 cambiaran de partido en 2000. Gore, en cambio, no logró convencer a sus paisanos de Tennessee, a quienes había representado como senador, y su padre antes que él; un triunfo en su estado natal le hubiera conducido a la Casa Blanca, sin necesidad de recurrir a los recuentos en Florida.

De todas maneras, pocos de los asuntos principales sobre los que giró la campaña quedaron en pie meses después de la investidura de Bush. El 11 de septiembre de 2001, el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York inició lo que los contemporáneos entendimos que era una nueva etapa en el mundo; sin embargo, quizá solo se trataba de un paréntesis que ocultó al verdadero cambio, el punto de inflexión verdaderamente trascendente, que no se produjo en la Coste Este en 2001, sino que había sucedido ya dos años antes al otro lado del país, en Seattle.

La lupa: el polémico recuento electoral en Florida
En los meses previos a las elecciones de 2000 se contaba con un triunfo de los Republicanos en Florida. Su gobernador era Jeb Bush, hermano del candidato presidencial, y la Administración Clinton había indignado a la numerosísima colonia de inmigrantes cubanos con su gestión del caso de Elian González, un refugiado de seis años que fue obligado a retornar a Cuba. Con todo, la designación por parte de los Demócratas de Lieberman como aspirante a la vicepresidencia ganó para la causa a la también voluminosa población judía en ese estado y el desarrollo de la campaña benefició a Gore, de manera que a finales de octubre algunos sondeos le daban a este como ganador en Florida.

El 7 de noviembre de 2000, antes incluso del fin de la jornada electoral, diversos medios de comunicación recibieron avances del Servicio de Noticias Electorales que apuntaban, según las encuestas a pie de urna, a un triunfo del candidato Demócrata en el estado de Florida. Con el paso de los minutos, mientras se iban conociendo los escrutinios, la información gravitó hacia un empate virtual, después apuntó a un triunfo de George W. Bush y finalmente volvió a reflejar una situación “demasiado igualada como para determinar a un ganador”.

Las elecciones habían resultado tremendamente equilibradas en el conjunto de los Estados Unidos. Por eso, la victoria en Florida se presumía decisiva, ya que sus 25 votos electorales decantarían la balanza. El recuento favoreció a Bush solo por 1.784 votos, en un primer momento. Al Gore reconoció la derrota y felicitó a su rival. No obstante, por diversas circunstancias la diferencia final se redujo hasta los 537, de manera que el margen se tornó tan estrecho que las leyes estatales de Florida obligaban a realizar un nuevo recuento. Para entonces, conocidos ya los resultados en el resto del país, existía la certeza de que el ganador en Florida sería a la postre presidente de Estados Unidos.

El siguiente recuento, terminado dos días después, volvió a situar a Bush en cabeza, pero su ventaja se había reducido a solo 327 sufragios. Este margen obligaba no solo a un nuevo recuento, sino a que se realizara de forma manual, lo que amenazaba con demorar la resolución del problema. Mientras tanto, el país estaba en vilo, sin saber con seguridad quién sería su presidente durante los siguiente cuatro años.

Al Gore solicitó el recuento manual en cuatro condados clave. Sin embargo, este no terminaba de producirse y las semanas pasaban. Finalmente, en diciembre, la secretario de Estado de Florida, Katherine Harris, zanjó la cuestión declarando como vencedor a George W. Bush. El candidato del Partido Demócrata elevó al caso a la Corte Suprema de Florida y esta ordenó un nuevo recuento. Sin embargo, la Corte Suprema Federal -por 5 votos a 4- cortó esta vía el 12 de diciembre al ordenar la suspensión definitiva del recuento, lo cual certificó el definitivo triunfo, aunque polémico, de Bush.

Glosario
“SUPERMARTES”: un martes de febrero o marzo en año de elecciones presidenciales se celebran la mayoría de las primarias y los caucus de los que salen los delegados para las convenciones nacionales del Partido Demócrata y del Republicano. Ese día recibe el nombre de “supermartes” desde el año 1976.

En el “supermartes” se puede ganar aproximadamente un tercio del número total de delegados, si bien la cantidad de estados que realizan sus primarias ese día puede ser diferente en cada cita electoral. Por ejemplo, los estados que concurrieron en el “supermartes” en 2020 fueron los siguientes catorce para los Demócratas: Alabama, Arkansas, California, Carolina del Norte, Colorado, Maine, Massachusetts, Minnesota, Oklahoma, Tennessee, Texas, Utah, Vermont y Virginia. Joe Biden dio la sorpresa al imponerse en diez estados y arrebató la condición de favorito a Bernie Sanders. En el "supermartes" de los Republicanos participaron trece de los estados mencionados anteriormente -todos excepto Virginia- y Trump logró el pleno frente a su contrincante Bill Weld.

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