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La economía se recupera a tiempo para el triunfo de Clinton (1996)

El presidente logró la reelección tras recobrarse de una debacle en los comicios al Congreso de mitad de mandato y se convirtió en el primer Demócrata en conseguirlo desde 1944

28/10/2020
FICHA
Elección presidencial: quincuagésima tercera
Fecha: 5 de noviembre de 1996
Votantes: 96.277.634
Estados: 51 (50 estados y el Distrito de Columbia)
Colegio electoral: 538 votos (270 necesarios)
Bill Clinton: votos populares, 47.402.357; votos electorales, 379
Bob Dole: votos populares, 39.198.755; votos electorales, 159
Ross Perot: votos populares, 8.085.402; votos electorales, 0                                                                                                                                              
Las elecciones de 1996 arrojaron unos curiosos resultados. Comparadas con las inmediatamente anteriores, las celebradas en 1992, se puede comprobar que hubo un descenso en la participación de alrededor de ocho millones de votantes. El dato es significativo, ya que indica que un número respetable de estadounidenses no encontró entre los candidatos motivos suficientes para molestarse en votar. Desde luego, ante un caso de esta naturaleza lo primero que se busca es quién perdió esos votos. No fue Bill Clinton, el candidato ganador en el 92 y que repetiría triunfo en el 96, ya que obtuvo unos guarismos relativamente similares en ambos comicios e incluso llegó a mejorar en los segundos: 45 y 47 millones de votos, respectivamente. Por su parte, los aspirantes Republicanos, Bush padre -en 1992- y Bob Dole -en 1996- clavaron los 39.100.000 sufragios en las dos citas, que no les sirvieron más que para ser derrotados y tampoco nos dan una explicación a los "votos perdidos". Pero queda un candidato: Ross Perot. Y si vimos en el reportaje precedente que había logrado unos muy reseñables -para tratarse de un independiente- 19 millones de votos, en esta ocasión será a él a quien le tengamos que imputar la caída en la participación, ya que a duras penas alcanzó los 8 millones. No cabe duda de que su propuesta alternativa sucistó interés en un primer momento, si bien la implacable realidad del sistema electoral estadounidense, que concede todo al vencedor y no deja ni las migajas para el resto, terminó por imponer su ley. Votar a un tercer candidato es hacerlo en balde, salvo que pueda provocar una "elección contigente", lo cual solo ha ocurrido tres veces en toda la historia de la democracia de ese país. La última, en 1837.
Bill Clinton, ese presidente de Estados Unidos que conoció los Sanfermines durante su juventud, tuvo un primer mandato plácido en lo internacional y agridulce en cuanto a los asuntos internos. La Guerra Fría había acabado, la Guerra del Golfo también había quedado atrás y, aunque seguía habiendo contiendas bélicas -por ejemplo, en Europa, entre los restos de la desmembrada Yugoslavia-, ya no era necesario intervenir hasta en las junglas más recónditas del planeta para frenar el comunismo. Así, las preocupaciones podían abarcar desde las cuitas de un fiel aliado como Israel con sus vecinos hasta algo tan novedoso como el Medio Ambiente -que se plasmó en un apoyo de Clinton al Protoloco de Kioto-. Por importantes que fueran estos asuntos, no se encontraban entre las prioridades del ciudadano estadounidense de a pie, así que por esa vía no había mucho prestigio ni popularidad que ganar. No obstante, cuando el mandato de Clinton declinaba ya, se le presentó una ocasión de obtener crédito a ojos de sus paisanos. Cuba había derribado dos aviones civiles y el asunto había provocado una honda indignación. Dos senadores Republicanos del ala más conservadora prepararon una respuesta en forma de sanciones, la Ley Helms-Burton (ver "La lupa"), y Clinton la firmó, lo cual permitió que entre su catálogo de virtudes se añadiera la de estadista capaz de actuar con firmeza.
En la política interior, el presidente tuvo más problemas. Inició un ambicioso plan de reformas, lógico tras doce años de mandatos Republicanos, pero en las elecciones de mitad de mandato, que renovaban las dos cámaras del Congreso, los Demócratas sufrieron un varapalo impredecible: perdieron el control de ambas de un plumazo tras más de 40 años de monopolio en la Cámara de Representantes y 8 en el Senado. Clinton se quedó entonces atado de pies y manos para aprobar cualquier iniciativa que precisara de la aprobación del Congreso y, a su vez, los Republicanos -que habían presentado a esos comicios un rimbombante programa denominado "Contrato con América"- tampoco podían exprimir el poder legislativo, ya que se topaban una y otra vez con la prerrogativa del presidente de vetar sus propuestas.
La situación podía haber sido explosiva para Clinton. Sin embargo, la caprichosa economía mejoró en el último tramo de su mandato: disminuyó el desempleo y el aumento de la recaudación permitió reducir la deuda y el déficit, en un típico círculo virtuoso de los años boyantes. Esto dio un respiro colosal al presidente. De hecho, contribuyó decisivamente a que apenas tuviera rivales dentro de su partido para resultar nominado para las elecciones de 1996.
En el bando Republicano, mientras, la moral estaba alta tras la machada de las comicios al Congreso. Incluso la revista Time había llegado a nombrar "Hombre del Año" al líder del partido en esos comicios, Newt Gingrich. Este había alcanzado el puesto de Presidente de la Cámara de Representantes y no pensaba pelear contra Clinton en el 96. El favorito para hacerlo era Bob Dole, portavoz de la formación en el Senado, y también una figura importante en el reciente triunfo de los Republicanos. Tenía ya 73 años, pero su prestigio le permitió imponerse al editor Steve Forbes (el de la famosa revista que publica la lista de los hombres más ricos del planeta) y al conservador Pat Buchanan. No obstante, resulta interesante repasar la lista de nombres que declinaron la oportunidad de pelear a Dole la nominación, ya que entre ellos hay varios que ocuparán puestos de extraordinaria relevancia en años posteriores: el general Colin Powell y los ya por entonces exsecretarios de Defensa Dick Cheney y Donald Rumsfeld. En este caso, Dole prefirió contar como candidato a la vicepresidencia con Jack Kemp, toda una leyenda del fútbol americano y quarterback de los Buffalo Bills, campeones en 1964 y 1965 -disculpen la intromisión de este apunte, que quizá no sea de demasiado interés para los lectores; sí que lo es para el autor de estos reportajes, por su afición al fútbol americano-.
La campaña estuvo marcada por el resurgir de la economía estadounidense, que prácticamente aseguraba la reelección a Clinton. También por diversos deslices verbales de Dole, que unidos a sus 73 años de edad y a la comparación con un Clinton más joven y de aspecto saludable se convirtieron en un importante lastre para sus aspiraciones. También, como se ha mencionado en el párrafo inicial, hizo campaña Ross Perot, el magnate que había logrado 19 millones de votos en 1992, pero los medios de comunicación apenas le prestaron atención y su repercusión decayó notablemente. A Perot no le sirvió de nada haber lanzado incluso su propio partido, el de la Reforma (ver Glosario), a modo de plataforma electoral. Los resultados fueron otra vez propicios para Bill Clinton, que pudo así convertirse en el primer Demócrata en lograr la reelección desde los tiempos de Franklin Delano Roosevelt. Su siguiente mandato, no obstante, resultó más convulso y le llevó a ser el segundo presidente sometido a un proceso de destitución ("impeachment") por parte de la Cámara de Representantes. Había inaugurado la lista Andrew Johnson en 1868, durante su pulso con el Congreso a cuenta de la Reconstrucción del Sur, lo cual no dejaba de resultar un punto honroso, mientras que Clinton se sumó a ella a cuenta del escándalo sexual con su becaria Monica Lewinsky, que desde luego no tenía ni pizca de honorable.
La lupa: la Ley de la Libertad Cubana y Solidaridad Democrática
Tras la caída de la Unión Soviética, en 1991, Cuba entró en una crisis económica recrudecida por el endurecimiento del embargo por parte de Estados Unidos. A partir de entonces, aumentó el número de isleños que intentaban llegar a a Estados Unidos. El pico de este flujo migratorio se produjo en 1994, antecediendo a las protestas contra el régimen de Fidel Castro que se han dado en llama la "Revuelta del Malecón".  Durante estos años, miles de cubanos se lanzaron al mar, en embarcaciones improvisadas, para intentar huir de la isla y recalar en la cercana Florida, pero la travesía era traicionera y no todos alcanzaron su destino. Para ayudar a los "balseros" se creó la organización "Hermanos al Rescate", dedicada a localizar estas embarciones en alta mar y conducirlas a un puerto seguro. No obstante, el gobierno de Fidel Castro consideraba que las verdaderas intenciones de los "rescatadores" no eran tan solidarias y les acusaba de difundir ideas contrarias al régimen e incluso de llevar a cabo acciones de espionaje.
El 24 de febrero de 1996, dos avionetas de los "Hermanos al Rescate" fueron derribadas mientras sobrevolaban el espacio aéreo cubano. La opinión pública en Estados Unidos se revolvió indignada y el Congreso, dominado por los Republicanos, se preparó para tomar medidas. En apenas dos semanas, dos congresistas del ala más conservadora de ese partido, el senador Jesse Helms y el “diputado” Dan Burton, impulsaron la Ley de la Libertad Cubana y Solidaridad Demócrata. El presidente Bill Clinton había vetado varias iniciativas legislativas desde que en 1994 los Demócratas se habían quedado en minoría en ambas cámaras, pero en esta ocasión se subió a la ola del malestar en contra de Fidel Castro: el 12 de marzo firmó la ley y así hizo que entrara en vigor, logrando un repunte de popularidad que le sirvió para encarar con garantías la inminente campaña electoral.
La ley, que coloquialmente tomó el nombre de sus impulsores, Helms-Burton, impedía a los ciudadanos estadounidenses hacer negocios tanto con el gobierno de Cuba como en el interior de la isla y profundizaba en el embargo impuesto al régimen. A lo largo de los años, buena parte de las restricciones se fueron suavizando o retirando, hasta que Donald Trump, recientemente, amenazó con volver a implantar el Título III, uno de los más polémicos, lo cual puso de nuevo el foco mediático sobre esta ley.
Glosario
“PARTIDO DE LA REFORMA”: Ross Perot había irrumpido en los comicios de 1992 como una de las terceras fuerzas más importantes de la historia de Estados Unidos. Curiosamente, lo había hecho como independiente, sin estar adscrito a ninguna formación política. Podía hacerlo gracias a que contaba con una fortuna personal que le permitía autofinanciarse la campaña.
No obstante, para las siguientes elecciones, las de 1996, Perot fundó un partido, el de la Reforma, quizá con la idea de que en un futuro pudiera competir de tú a tú con los Republicanos y los Demócratas. Sus decepcionantes resultados en esa cita pusieron techo a ese sueño y el Partido de la Reforma pronto se convirtió en una anecdótica comparsa, incapaz de alcanzar el 1% del voto popular en cada una de las elecciones presidenciales en las que ha concurrido.
Donald Trump, el actual presidente de Estados Unidos, formó parte de esta agrupación política durante la campaña para las elecciones de 2000, en las que el candidato del partido fue Pat Buchanan -antiguo líder de la facción conservadora de los Republicanos-. Trump llegó a criticar al propio Buchanan por sus ideas, asegurando que él mismo se consideraba "un conservador", pero que a su lado "Buchanan era Atila el Huno".
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