

El día que Nixon se acercó demasiado al sol (1972)
Como Ícaro en el mito, Richard Nixon voló muy alto en las elecciones de 1972 -casi más de lo que lo hubiera hecho ningún otro candidato antes que él-, solo para caer después en un océano de descrédito e ignominia
Actualizado el 22/10/2020 a las 06:00
Elección presidencial: cuadragésimo séptima
Fecha: 7 de noviembre de 1972
Votantes: 77.744.027
Estados: 51 (50 estados y el Distrito de Columbia)
Colegio electoral: 537 votos (269 necesarios)
Richard Nixon: votos populares, 47.168.710; votos electorales, 520
George McGovern: votos populares, 29.173.222; votos electorales, 17
¿Qué había hecho Nixon para merecerse tal aluvión de apoyos? Desde luego, había tomado decisiones. Los estadounidenses siempre han dado la bienvenida a los liderazgos fuertes y consideran que la determinación es un valor clave en un presidente. Nixon había llegado a la Casa Blanca en un tiempo convulso, rayano en el caos en el interior y con graves preocupaciones en el exterior. Ayudado por Henry Kissinger, un secretario de Estado extraordinariamente hábil, tuvo éxito manejando los asuntos diplomáticos y pudo apuntarse logros tales como la apertura de relaciones con la República Popular de China (ver "La lupa") y una rebaja significativa de la tensión con la Unión Soviética. Para alcanzar este último objetivo le ayudó el fin de la Carrera Espacial, saldada con victoria para Estados Unidos tras la llegada del primer hombre a la Luna en 1969. Las implicaciones profundas de este hecho, hasta qué punto afectó a la moral y a la mentalidad de las dos grandes potencias implicadas, no han sido valoradas en su justa medida quizá hasta la celebración, hace solo un año, del 50 aniversario de la epopeya lunar.
Las históricas fotos de Nixon en Pekín y en Moscú eran su mayor aval. Pero en medio de su primer mandato, la economía, tras décadas de crecimiento, comenzó a dar muestras de debilidad. La inflación estaba disparada a niveles que no se habían visto desde los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, y los gastos militares de Estados Unidos, sobre todo en la ya declinante Guerra de Vietnam, provocaron que en 1971 la balanza comercial entrara en déficit por primera vez en todo el siglo XX. A un año vista de las elecciones, el presidente anunció una serie de medidas económicas ambiciosas, el “Nixon Shock”, que supusieron un brusco giro de timón. Las reglas del juego que habían quedado establecidas en 1944 mediante los Acuerdos de Bretton Woods y que habían proporcionado 25 años de prosperidad a Estados Unidos y a buena parte del mundo fueron barridas de un plumazo: Nixon canceló unilateralmente la convertibilidad del dólar en oro e introdujo de golpe una nueva etapa en la historia económica. Desde la firma de los mencionados Acuerdos, el dólar debía ser la moneda de referencia, fijando el oro a un precio de 35 dólares por onza y permitiendo a los demás países que fijaran el precio de sus monedas en relación a la divisa estadounidense. Pero Nixon abandonó el patrón oro, devaluó el dólar para facilitar las exportaciones y además impuso un arancel temporal del 10%. El resto de países se vieron arrastrados a dejar atrás la referencia del oro y, desde entonces, las divisas se han regido por un sistema de tipos de cambio fluctuantes.
El presidente estaba en la cumbre de su popularidad cuando se acercó la celebración de las primarias en el Partido Republicano. No la más mínima duda de que él era el preferido. Aun así, las ramas liberal y conservadora quisieron presentar sus aspirantes: la primera eligió a Pete McCloskey, de California, y la segunda a John Ashbrook, de Ohio. Mientras McCloskey exigía el fin definitivo de la Guerra en Vietnam, Ashbrook criticaba la política de distensión de Nixon con China y la Unión Soviética. Las primarias confirmaron la condición de favorito de un Nixon que en la Convención Nacional Republicana reunió los votos de 1.323 de los 1.324 delegados; McCloskey se llevó el restante de un delegado de Nuevo México. Nixon hubiera preferido reemplazar al candidato a la vicepresidencia Spyro Agnew por John Connally, pero finalmente prefirió no arriesgar y mantuvo a un Agnew que estaba especialmente bien visto por el ala conservadora del partido.
En el Partido Demócrata, el favorito era el hermano pequeño de John Fitzgerald Kennedy, el senador Ted Kennedy, pero este anunció meses antes que no tenía intención de presentarse a las elecciones. Con Ted Kennedy fuera de la ecuación, el siguiente con más posibilidades era otro senador, Ed Muskie, quien sí tenía previsto competir en las primarias del partido. De hecho, lo hizo, aunque con su imagen ya empañada para entonces: Muskie cayó en una trampa tendida por la maquiavélica maquinaria propagandística de Nixon, quien -como se demostraría más adelante- no tenía ningún reparo en jugar sucio. Cuando un periódico publicó una información que dejaba en mal lugar a Muskie y a su mujer por haber criticado a los francocanadienses, el senador realizó una encendida defensa del honor de ambos. Tan pasional fue su reacción que algunos creyeron escucharle incluso llorar: él lo negó, pero su imagen quedó muy perjudicada al ser tachado de persona poco equilibrada. Surgió entonces con fuerza el nombre de George McGovern, senador de Dakota del Sur. Meses antes habría sido un perfecto desconocido en Washington, pero recientemente se había destacado como miembro de una comisión encargada de reformar las primarias del Partido Demócrata. Su trabajo había llamado la atención de muchos delegados, que se decidieron a apoyarle. Frente a él aparecía el gobernador de Alabama, George Wallace, un segregacionista que contaba con amplio apoyo en el Sur. No obstante, Wallace dio la sorpresa al imponerse en las primarias de Maryland y del norteño Michigan; sus opciones crecían día a día, hasta que el 15 de mayo de 1972 murió asesinado. Otros rivales para McGover fueron Shirley Chisholm, la primera mujer afroamericana en pelear por una nominación presidencial, y Patsy Mink, que fue también la primera mujer asiático-americana en participar en la carrera presidencial.
Finalmente, en la Convención Nacional, McGovern ganó, si bien lo hizo a espaldas de lo que deseaban los altos dignatarios del partido y aprovechándose, precisamente, de la reforma que el mismo había contribuido a implantar. De este modo, se condenó a hacer campaña sin contar con el apoyo de muchos de los Demócratas más prominentes, que incluso llegaron a mostrar en público sus preferencias por una victoria de Nixon.
Nixon presentó sus éxitos internacionales como aval durante la campaña. También las medidas económicas que había tomado recientemente, y que parecían estar dando buenos resultados. McGovern, en cambio, prometió un fin inmediato de la Guerra de Vietnam y el establecimiento de un ingreso mínimo garantizado. Estas propuestas contribuyeron a cimentar el sambenito de que el candidato Demócrata era un izquierdista radical, idea que había surgido cuando un senador de su partido -de forma anónima- le había acusado meses antes de ser partidario de la “amnistía, el aborto y la legalización de la marihuana”. Por si las opciones de triunfo de McGovern no fueran ya lo suficientemente remotas, su compañero de cartel, Thomas Eagleton, dimitió después de que se revelara que se había sometido a terapia electroconvulsiva para tratarse una depresión. Fue reemplazado por Sargent Shriver, cuñado de los hermanos Kennedy, en un momento en el que las encuestas ya reflejaban un desplome en la intención de voto hacia los candidatos Demócratas.
Richard Nixon apabulló a McGovern en las urnas llevándose un 60% de los sufragios -por solo un 23% de su contrincante-. La magnitud de su triunfo se comprende mejor puesta en perspectiva: solo ha habido tres comicios presidenciales con mayor diferencia en cuanto al voto popular en toda la historia del país. El Colegio Electoral tampoco fue ningún consuelo para los Demócratas, ya que la goleada ahí fue igualmente sonrojante. A Nixon solo se le escaparon el estado de Massachusetts y el distrito de Colombia, limitando a McGovern a 17 de los 537 votos en disputa.
Nixon vivió en 1972 su momento de gloria. Pero como Ícaro, sus alas eran de cera y se había acercado demasiado al sol. Ya ese año de 1972 se habían conocido algunas informaciones acerca del “Caso Watergate”, que estallaría por completo en la siguiente legislatura. Aquel escándalo terminó provocando que, acosado por sus errores, el presidente renunciara a terminar su mandato; una circunstancia nunca vista en los 180 años anteriores de democracia en Estados Unidos. Y tras su salida de la Casa Blanca por la puerta falsa le esperaba la definitiva caída, no en el olvido, sino en un océano de descrédito e ignominia.
La lupa: “La semana que cambió el mundo”
En julio de 1971, el consejero de Seguridad Nacional Henry Kissinger viajo a Pekín y negoció la futura visita de Nixon a China. A partir de entonces, se estableció un canal de comunicación semipermanente entre Washington y Pekín, en el que actuaban como intermediarios los regímenes de Rumanía y Pakistán, aliados de China. Estados Unidos, no obstante, solo reconocía a la República de China; es decir, al gobierno exiliado en Taiwán desde el año 1949. Además, ningún presidente norteamericano había visitado oficialmente China en toda la historia, aunque sí que algunos expresidentes habían viajado a ese país de un modo más o menos informal. Con todos estos ingredientes, la visita de Nixon debía tratarse por sí misma de un evento diplomático de primera magnitud.
Nixon, finalmente, viajó a China en 1972. Realizó una visita oficial de siete días de duración, acompañado por la primera dama, Pat Nixon. Fue recibido por Mao Zedong y llevó a cabo un “tour” por las ciudades de Pekín, Hangzhou y Shanghai. El presidente norteamericano calificó este viaje como “la semana que cambió el mundo” y de hecho está considerado como uno de los hitos diplomáticos más importantes del siglo XX. Sin duda, dio un impulso hacia la normalización de las relaciones entre los dos países, un proceso que culminó a finales de la década, cuando Estados Unidos dejó de reconocer al régimen de Taiwán como el gobierno legítimo de China y entabló, definitivamente, relaciones diplomáticas con Pekín.
Curiosamente, la medida se aprobó casi de urgencia debido a una sentencia de la Corte Suprema. Según el tribunal, el Congreso no podría rebajar la edad de los votantes para las elecciones estatales y locales al quedar fuera de sus competencias. Sí podría hacerlo para las presidenciales, pero aquello solo provocaría confusión debido al desequilibrio resultante entre las diferentes citas electorales. Se decidió entonces que la solución menos costosa era proponer una enmienda a la Constitución, la cual rápidamente fue ratificada por cada uno de los Estados y por las dos Cámaras del Congreso, adquiriendo así carta de naturaleza para todo tipo de comicios.

