La "Coalición del New Deal" rompe las viejas fidelidades y redibuja el mapa electoral (1936)
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La "Coalición del New Deal" rompe las viejas fidelidades y redibuja el mapa electoral (1936)

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La "Coalición del New Deal" rompe las viejas fidelidades y redibuja el mapa electoral (1936)

La amplia unión de voluntades tejida alrededor de la figura del presidente Roosevelt, conocida como "Coalición del New Deal", acabó con la tradicional división de los votantes en dos bloques geográficos (Norte-Sur) y hundió al Partido Republicano

Javier Iborra

Actualizado el 12/10/2020 a las 06:00

FICHA:

Elección presidencial: trigésimo octava

Fecha: 3 de noviembre de 1936

Votantes: 45.647.699

Estados: 48

Colegio electoral: 531 votos (266 necesarios)

Franklin D. Roosevelt: votos populares, 27.747.636; votos electorales, 523

Alf Landon: votos populares, 16.681.862; votos electorales, 8                                                                                                                                                                                                

¿Cuáles han sido las elecciones más importantes de la historia de Estados Unidos? No es una pregunta de fácil respuesta. Desde luego, en el podio deben estar las de 1860, en las que fue elegido Abraham Lincoln y que condujeron a la secesión de Carolina del Sur -y a la guerra civil-. Pero también las que analizamos en el reportaje precedente, las de 1932, ya que supusieron un punto de inflexión para Estados Unidos. Antes de analizar los comicios de 1936 conviene repasar cómo se había redistribuido el tablero político y qué cambios había provocado la cita anterior.

En primer lugar debemos recordar que, durante más de un siglo, el mapa electoral se había mantenido testarudamente estático, dividido entre el Norte y el Sur. Lo hemos podido comprobar, incluso visualmente, a lo largo de esta serie de reportajes. Sin embargo, el país que salió de la Gran Depresión era otro diferente, las motivaciones de los votantes habían cambiado y se habían roto fidelidades que hundían sus raíces en los viejos -viejísimos ya- tiempos de John Adams y Thomas Jefferson.

El paso inicial hacia los nuevos tiempos se dio en los comicios de 1932 con el derribo de la hegemonía del Partido Republicano, que había gobernado durante los doce años anteriores y casi había “acampado” en la Casa Blanca desde el triunfo de la Unión en la guerra civil. Ya en 1936 comenzaremos a ver los efectos del fin de la sempiterna división ideológica entre el Norte y el Sur, en este caso con duras consecuencias para el Partido Republicano.

No obstante, el cambio más elocuente, el que anunciaba la llegada de una nueva era, lo protagonizó la ruptura de la antigua fidelidad de la población negra al Partido Republicano. Desde los tiempos de la Guerra de Secesión, esta había votado por los sucesores de Abraham Lincoln. La Republicana era la formación que había dirigido a la Unión durante la contienda civil y la que había mantenido un compromiso innegable en la lucha por el fin de la esclavitud. Al menos, hasta el fin de la Era de la Reconstrucción.

Pero en los años 30 del siglo XX aquellos sucesos se veían ya lejanos en el tiempo. Además, en plena crisis económica, imperaba la preocupación por el presente. El presidente Herbert Hoover, un Republicano, se había mostrado insensible ante el sufrimiento de los más desfavorecidos, mientras que su sucesor, el Demócrata Franklin D. Roosevelt, repartió ayudas y empeñó el dinero público en obras encaminadas a dar trabajo a los parados. La mayoría de los votantes negros deslizó sus filias hacia Roosevelt y pasó a integrarse en la llamada "New Deal Coalition" (ver Glosario), el gran bloque social, sindical y político que propició los repetidos triunfos de los Demócratas en las décadas siguientes.

El segundo gran cambio afectó a la propia figura del presidente. El candidato ganador en 1932, primo lejano del antiguo presidente Theodore Roosevelt, emprendió una serie de políticas para reflotar la economía de la nación que terminaron por instaurar las bases del sistema presidencialista que hoy conocemos. El “New Deal” acompañó -más que rescató- a Estados Unidos durante los años duros de la Gran Depresión, pero por el camino los particularismos estatales cedieron importancia en beneficio de los poderes personales del inquilino de la Casa Blanca y hasta el propio Congreso, azote de presidentes en el pasado, perdió la iniciativa en el ámbito legislativo. Franklin D. Roosevelt amasó unos poderes que superaban con mucho a los de sus predecesores, incluso a los que habían ejercido en tiempos de guerra y emergencia James Madison, Abraham Lincoln o Woodrow Wilson.

Sea como fuere, las elecciones de 1936 se presentaban halagüeñas para Roosevelt. La economía había mejorado y la implantación de su “New Deal” había reunido un amplio apoyo. El presidente no dudó en optar a la reelección, y no solo hizo eso: además solicitó que se terminara con la obligación de obtener dos tercios de los delegados en la Convención Nacional Demócrata. Esta norma permitía en la práctica vetar a todo aquel que molestara a alguna facción del partido, pero había convertido el procedimiento de nominación en un laberinto tortuoso que en muchas ocasiones terminó por desanimar a los candidatos más fuertes. Roosevelt podía haber tenido un oponente de nivel en la figura del gobernador de Luisiana, Huey Long, pero el asesinato de este en 1935 le allanó el camino. Tanto que el presidente logró ser de nuevo candidato prácticamente por unanimidad.

En la Convención Nacional Republicana tampoco se vivió un duelo enconado. El aparato del partido respaldaba al gobernador de Kansas, el millonario Alfred Landon, y sus posibles rivales se retiraron paulatinamente al comprobar que tenían escasas posibilidades frente a él.

A priori, Roosevelt partía como favorito. Sin embargo, los resultados en el Estado de Maine, que anticipaba varias semanas la celebración de las elecciones y acostumbraba a ser un indicador sorprendentemente fiable del resultado general, y algunas encuestas prestigiosas apuntaban hacia un triunfo de Landon (ver “La lupa”).

Este, con todo, necesitaba romper la “New Deal Coalition” para imponerse. El voto de los negros era, por tradición, el que podía estar más dispuesto a regresar al redil republicano. Y el candidato contaba con una baza importante: Jesse Owens, ganador de cuatro medallas de oro en los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936, se había convertido en un símbolo para la comunidad negra y estaba molesto con el trato recibido por parte de Roosevelt. Owens hizo campaña activa a favor de Landon e incluso llegó a contraponer la actitud del Führer Adolf Hitler con la del presidente Roosevelt en unas declaraciones realizadas en Baltimore: “Algunos dicen que Hitler me despreció. Pero yo les digo que no lo hizo. El presidente no me envió ningún mensaje de felicitación porque, según dicen, estaba muy ocupado”.

Las palabras del atleta pueden resultarnos llamativas a día de hoy, pero en 1936 no tuvieron el impacto que Landon hubiera deseado. Su campaña, en general, fue un fracaso. Roosevelt pudo mantener con mano firme la amplia unión de voluntades que era la “New Deal Coalition”, y los comicios derivaron en una masacre electoral para el Partido Republicano. El presidente logró la reelección con un margen jamás visto desde 1850: alcanzó el 60% del sufragio popular, dejando a Landon por debajo del 37%, y amasó el 98,49% de los votos electorales; es decir, 523 de los 531 posibles. Roosevelt ganó en 46 de los 48 estados, todos menos Maine (que resultó ser la excepción y no la norma, esta vez) y Vermont.

Los tiempos, definitivamente, habían cambiado.

La lupa: las primeras encuestas científicas
Franklin D. Roosevelt logró más de 27 millones y medio de votos populares en las elecciones de 1936. En el Colegio Electoral batió todos los récords, con 523 sufragios electorales. Alf Landon no llegó a los 17 millones y se quedó con 8 votos electorales. Repito estos datos, que se pueden consultar también en la ficha, ya que conviene tenerlos en mente antes de leer esta sección.

En los meses previos a la celebración de los comicios hubo dos indicadores que vaticinaron una derrota de Roosevelt. Y ambos fueron tomados muy en cuenta.

El primero tenía una larga tradición. En el estado de Maine, situado en el extremo noreste del país, se celebraban las elecciones con semanas de antelación y resultaba tan común que el ganador en Maine fuera el vencedor final que se acuñó la frase "As Maine goes, so goes the nation" ("como va Maine, así va la nación"). En esta ocasión, se impusieron los Republicanos con absoluta claridad, lo cual dio alas a los partidarios de Alf Landon.

El segundo también contaba con una notable lista de aciertos, que se remontaba hasta las elecciones de 1916. Se trataba de la encuesta que la revista 'The Literary Digest' realizaba entre sus lectores mediante el método de enviar cuestionarios y recopilar las respuestas. El sondeo también resultó favorable para Landon y el Partido Republicano, por amplio margen además, de manera que Roosevelt y los Demócratas podían temer de verdad una derrota en las urnas.

La situación económica del país, no obstante, había mejorado durante el mandado de Roosevelt, y no parecía haber razones objetivas suficientes para un cambio de tercio en la Casa Blanca. ¿Podían estar mal las encuestas? ¿No seguiría la nación a Maine en este caso?

Un publicista llamado George Gallup comprendió que el método empleado por 'The Literary Digest' adolecía de graves defectos. Si la mayoría de sus lectores pertenecían a un determinado estatus social, sus simpatías políticas podrían converger en un partido; en este caso, en el Republicano. Así, él llevo a cabo una muestra mucho menos voluminosa pero en base a un procedimiento de selección "científico", y esta arrojó como resultado que el ganador sería Roosevelt, por una pequeña diferencia de votos. Gallup acertó a medias, pero desde luego más que la encuesta del Literary Digest, y se ganó una fama de fiabilidad. Desde entonces, la Encuesta Gallup se ha convertido en una referencia antes de cada cita electoral.

En la misma senda que Gallup, otro sondeo realizado por el investigador y sociólogo Elmo Roper sí dio en el clavo: vaticinó el gran triunfo de Roosevelt y sus cifras se acercaron con precisión al resultado final. A muchos les pudo parecer cosa de magia; a otros, un signo de los tiempos. La política había cambiado tanto en apenas un lustro que ya ni Maine era fiable; el futuro pasaba por las encuestas científicas, que desde entonces han formado parte de la mitología -y la salsa- de la carrera por la Casa Blanca.

Glosario:
“NEW DEAL COALITION”: las elecciones de 1932 alumbraron un nuevo comienzo político para Estados Unidos, dejando atrás décadas de hegemonía del Partido Republicano para abrir una época dorada para el Partido Demócrata. Una de las razones de este vuelco fue el establecimiento por parte de Franklin Roosevelt de una gran coalición de asociaciones, sindicatos, grupos de pensamiento (o de presión), aparatos electorales locales y regionales y, también, de minorías etnicas, raciales y religiosas.

Este amplio bloque no solo apoyó a los candidatos en las elecciones, sino que fue clave para que la implantación de medidas tan importantes como el “New Deal” se llevara a cabo con un fuerte respaldo popular. De hecho, el plan para reflotar la economía de Roosevelt es el que da nombre a la coalición.

El bloque permaneció unido hasta finales de la década de los 60, y se ha convertido en un modelo de activismo político exitoso.

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