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Abraham Lincoln, presidente: es la guerra (1860)

Abraham Lincoln, presidente: es la guerra (1860)

La victoria de Abraham Lincoln y del Partido Republicano desencadenó la anunciada secesión de Carolina del Sur, preludio de una guerra civil que comenzó meses después

22/09/2020 a las 06:00

FICHA:
Elección presidencial: Decimonovena
Fecha: 6 de noviembre de 1860
Votantes: 4.685.561
Estados: 33
Colegio electoral: 303 votos (152 necesarios)
Abraham Lincoln: votos populares, 1.865.908. Votos electorales, 180
John C. Breckinridge: votos populares, 848.019. Votos electorales, 72
John C. Bell: votos populares, 590.901. Votos electorales, 39
Stephen A. Douglas: votos populares, 1.380.201. Votos electorales, 12                                                                                                        

 

Abraham Lincoln es una figura descollante en la historia de Estados Unidos. Su egregia escultura, sedente y adusta, con ese gesto pesaroso y quizá triste que al parecer le acompañó toda la vida, preside el monumento dedicado a su memoria en Washington. A su lado se puede leer la siguiente frase: "En este templo, como en los corazones de la gente por quien salvó la Unión, la memoria de Abraham Lincoln se consagra para siempre".

La sentencia hace justicia a la realidad, ya que nadie hizo tanto como Lincoln por salvar la unidad de su país. Pero los renglones torcidos de este mundo le llevaron hasta su objetivo por el camino aparentemente más complicado. Hizo falta que la "Casa", como llamó a Estados Unidos en uno de sus célebres discursos, ardiera hasta los cimientos para que, sobre sus cenizas, se edificara un nuevo edificio, quizá no más unido, pero desde luego más lejos de la división de lo que lo había estado antes.

Lincoln, de hecho, fue un acelerante para la ruptura. Sobre su candidatura a las elecciones de 1860 pesaba la amenaza directa de Carolina del Sur de abandonar la Unión en caso de que él, como candidato del Partido Republicano, resultara elegido. Y esto convirtió a aquellos comicios en un hito fundamental de la historia de Estados Unidos. Ningún otro provocó la entrada de ese país en una guerra y, menos aún, en una contienda civil, fratricida, como la que sacudió y desangró a Norteamérica entre 1861 y 1865: la Guerra de Secesión.

La importancia de esta cita electoral merece una atención detallada. Por eso, en esta serie le estamos dedicando dos reportajes. En el anterior repasamos todo el contexto previo y en este nos centraremos en la nominación de candidatos, la campaña y los resultados electorales.

A modo de somerísimo resumen del contexto, quizá nos sirva glosar uno de los párrafos publicados en el artículo precedente. "El asunto sobre el que pivotaba el debate en aquel momento era la esclavitud, como lo venía siendo desde hacía varios lustros. La diferencia, a esas alturas, era que las posturas se habían enrocado hasta tal punto que solo los más optimistas podían soñar con una solución pacífica".

En la época, ciertamente, existía una extendida preocupación que se plasmaba en un gran interés por los asuntos políticos, como muestra el dato de que la participación en los comicios de 1860 superó el 80% (la segunda más alta de las 58 celebradas hasta ahora). Sin embargo, pocos eran conscientes de que el resultado tendría a la postre consecuencias tan funestas. Y si pocos lo sospechaban no es porque las cartas no estuvieran boca arriba: a nadie se le escapaba que sobre la votación pendía la amenaza de Carolina del Sur de abandonar la Unión. No obstante, no era la primera vez que ese estado amagaba con tomar una medida de ese calibre y, por eso, muchos suponían que se trataba de una bravata encaminada a influir en el resultado de las elecciones, a evitar el previsible triunfo del Partido Republicano, y nada más.

El Partido Republicano celebró su Convención Nacional en Chicago. Debía elegir entre ocho nombres, de los que William H. Seward partía como favorito. Sin embargo, en la tercera votación se impuso Abraham Lincoln gracias a su perfil moderado y a la fama que se había ganado como orador. También porque no había sido vetado por ningún grupo o facción del partido en particular -salvo, quizá, los abolicionistas más extremos-, lo cual no podían decir, por diferentes razones, el resto de candidatos.

Lincoln apostó por una realizar una campaña comedida, pero firme: prometió no interferir en la condición de libres o esclavistas de los estados y, al mismo tiempo, avisó de que se opondría a que la esclavitud se extendiera por los nuevos territorios.

La Convención Nacional Demócrata, por su parte, escenificó la división del partido. Hubo de celebrarse en dos ocasiones, con cambio de sede incluido, y finalmente resultó elegido el mismo Stephen Douglas que años antes impulsara la Ley de Nebraska-Kansas. Sin embargo, la facción más radical no quedó satisfecha, llevó a cabo una reunión paralela y, animada por James Buchanan, nominó al vicepresidente John C. Breckinridge.

Pero aún hubo un cuarto candidato. El Partido Americano, que había logrado unos honrosos resultados en las elecciones de 1856, consiguió aglutinar a antiguos Whigs y formar un nuevo partido: el de la Unión Constitucional. Su principal objetivo era evitar la secesión a toda costa, incluso si para ello era necesario olvidar el asunto de la esclavitud. Como candidato presentaron a John C. Bell.

En las elecciones, con una participación récord, todo el Norte votó a Lincoln (además de la espiritualmente norteña California). Y aquello fue suficiente. Ni siquiera si los otros tres candidatos hubieran presentado una opción unitaria el resultado hubiera sido diferente. Simplemente, las matemáticas no daban. Lincoln, con el 40% del voto popular, logró 180 votos electorales, y solo necesitaba 152 para ser presidente.

Douglas acumuló el 29% del voto popular, pero quedó segundo en muchos estados y solo ganó en Missouri. Así, se tuvo que conformar con unos raquíticos 12 votos electorales. Sumando medio millón de sufragios populares menos que Douglas, Breckinridge arrasó en el Sur y alcanzó los 72 votos del Colegio Electoral. Bell logró comparativamente pocos votos, si bien fueron los necesarios para imponerse en tres estados del centro. El país estaba roto en dos -con una difusa franja en el medio-, y los comicios solo habían servido para ponerlo de manifiesto de una manera descarnada.

Carolina del Sur, que décadas atrás había protagonizado una larga lucha en solitario contra el poder central a cuenta de la Anulación de los Aranceles de 1828 y 1832, tenía una conciencia especialmente particularista. Su gobernador, William Henry Gist, cumplió con su promesa y proclamó la secesión del estado poco después de realizarse el recuento de los votos.

En los meses siguientes, pero antes de que Lincoln fuera investido, otros seis estados siguieron los pasos de Carolina del Sur. Fueron, por orden, Mississippi, Florida, Alabama, Georgia, Luisiana y Texas. Buchanan todavía era el presidente del país, pero no hizo nada. El país vivió un compás de espera hasta que Lincoln fue investido. Y cuando lo hizo, se desató la guerra.

La próxima entrega de esta serie consistirá en un vídeo en el que se expondrá la dinámica de los combates del conflicto, ya que estos tuvieron una influencia decisiva en las elecciones de 1864. Además, también servirá para que desfilen ante nuestros ojos un buen número de figuras que, una vez terminada la guerra, monopolizarán el protagonismo político en Estados Unidos durante los siguientes lustros.

La Lupa: los debates con Douglas que pusieron a Lincoln en el mapa

La carrera política de Abraham Lincoln es un canto a la meritocracia. Procedía de Kentucky, se había criado en Indiana y había ejercido la abogacía en Illinois, tres estados alejados de los centros de poder, así que sus vías para destacar eran reducidas. Durante dos años, entre 1847 y 1849, perteneció al Congreso, que era uno de los principales caminos para ganar notoriedad, pero su postura contraria a la Guerra contra México le impidió ser reelegido. En ese momento, decidió retomar su profesión y ahí pareció acabar su periplo público.

Pero no fue así. La fundación en 1854 del Partido Republicano, eminemente antiesclavista, le animó a regresar a la política. No era un abolicionista, pero sí estaba convencido de que la esclavitud era una institución perniciosa y que no debía extenderse más de lo que ya lo estaba. 

Entonces, ideó un curioso -y arriesgado- modo de aumentar su relevancia. Como aspirante del Partido Republicano al Senado por Illinois, desafió al candidato Demócrata a una serie de debates sobre la esclavitud en Estados Unidos y, en especial, sobre su expansión a los nuevos territorios. Ese rival era ni más ni menos que el prestigioso Stephen Douglas, impulsor de la Ley de Nebraska-Kansas y el principal ideólogo del Compromiso de 1850.

Douglas aceptó el envite. Y durante varias semanas a lo largo de 1858 se sucedieron hasta siete debates en diferentes ciudades del estado de Illinois. Los encuentros despertaron un gran interés, aireado por los periódicos de la época a nivel nacional gracias al recientemente inventado telégrafo. Además, parte de los discursos de ambos se convirtieron en panfletos y se distribuyeron ampliamente, con lo que el nombre de Abraham Lincoln se hizo familiar a lo largo de todo el país.

El vencedor de los debates fue Lincoln, por parte doble. Consiguió que afloraran importantes contradicciones en el argumentario de Douglas, lo cual suponía un torpedo a la línea de flotación del Partido Demócrata, y además adquirió la popularidad necesaria para formar parte del ramillete de posibles candidatos republicanos para la Casa Blanca. En 1860, la Convención Nacional de su partido se celebró en Chicago, es decir, en su estado de Illinois, y él resultó nominado.

Durante la campaña electoral posterior, las palabras que Lincoln pronunciara en los Grandes Debates del 58 fueron recopiladas y puestas en circulación en formato libro, el cual tuvo unas ventas notables y ayudó a su victoria en los comicios.

Glosario:

"PINKERTON": dentro del 'boom' que se ha vivido en los últimos años por recuperar personajes del siglo XIX en obras literarias o audiovisuales hemos llegado a ver a Abraham Lincoln incluso como cazador de vampiros. Desde luego, cualquier parecido con la realidad es un accidente en todo este tipo de productos, pero al menos puede haber servido para recuperar del olvido a figuras menos reconocibles. Entre estas se cuenta Allan Pinkerton y su agencia de detectives, que se ha convertido en un habitual en series de televisión, películas y cómics.

Allan Pinkerton existió, de hecho. En 1850 abrió una oficina dedicada a actividades de espionaje en Chicago. Tuvo éxito y pronto su proyecto se convirtió en una agencia con sedes en buena parte del país.

No obstante, Pinkerton cimentó su fama cuando avisó a Abraham Lincoln, recién elegido como presidente, de que había un complot preparado para asesinarle antes de su investidura. Lincoln se tomó en serio el aviso y recaló en Washington de noche y, según algunas fuentes, disfrazado.

Desde entonces, el presidente contó agentes de Pinkerton a modo de servicio de seguridad privada y también como informantes del desarrollo de la guerra. No obstante, una vez terminado el conflicto quizá prescindió de sus servicios, ya que en el momento en el que fue tiroteado y herido de muerte en el Teatro Ford, el 15 de abril de 1865, miembros del Ejército se encargaban de su seguridad.

En las décadas siguientes, la agencia Pinkerton se destacó como instrumento de las grandes corporaciones para reprimir protestas obreras. A día de hoy, todavía se mantiene en servicio.

 

Puedes escuchar un breve resumen de las elecciones entre 1824 y 1844 en Cope Navarra, con Alberto Sanz, Jordi Rodríguez-Virgili (Unav) y Javier Iborra.
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