Un nuevo Roosevelt para traer de vuelta "los días felices" (1932)
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Un nuevo Roosevelt para traer de vuelta "los días felices" (1932)

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Un nuevo Roosevelt para traer de vuelta "los días felices" (1932)

Sumidos en la Gran Depresión, los votantes abrazaron las promesas de recuperación económica de Franklin D. Roosevelt y castigaron al presidente Herbert Hoover

Javier Iborra

Actualizado el 11/10/2020 a las 06:00

FICHA:

Elección presidencial: trigésimo séptima

Fecha: 8 de noviembre de 1932

Votantes: 39.751.898

Estados: 48

Colegio electoral: 531 votos (266 necesarios)

Franklin D. Roosevelt: votos populares, 22.821.277; votos electorales, 472

Herbert Hoover: votos populares, 15.761.254; votos electorales, 59                                                                                                                                       

Herbert Hoover asumió en 1929 la presidencia de un país que estaba transitando todavía por una "década maravillosa". La economía había despegado, y lo había hecho de un modo más equitativo que en los tiempos del crecimiento desaforado de finales del siglo XIX. Si durante los gobiernos de William McKinley los principales y casi únicos beneficiarios se circunscribieron a las grandes corporaciones y fortunas de Estados Unidos, en los años 20 el jolgorio consumista tuvo la virtud de repartir la riqueza a lo largo y ancho de unas clases medias que se asomaban a unos niveles de poder adquisitivo nunca conocidos. Como vimos en el reportaje precedente, Hoover, durante su campaña previa a las elecciones de 1928, había tenido la osadía de poner en su boca el pensamiento que rondaba por la cabeza de muchos de sus conciudadanos. Dijo: “En Estados Unidos estamos hoy más cerca de un triunfo final frente a la pobreza de lo que lo hemos estado nunca en la historia de esta tierra”. Pronto tendría ocasión de arrepentirse de sus palabras.

En octubre de 1929 la economía estadounidense, primero, y la mundial, después, se fue literalmente a pique tras el desplome de la Bolsa de Nueva York. Esta encadenó una serie de caídas históricas y toda la confianza y el optimismo de “los locos años 20” se convirtieron de repente en una especie de pecado de soberbia. La condena era la quiebra de negocios, el desplome de los precios, el desempleo y la pobreza. Es decir, la Gran Depresión (ver “La lupa”).

Hoover obró frente al desastre como lo habían hecho sus predecesores: interviniendo lo menos posible y dejando que el paso del tiempo enderezara la situación. No le faltaban razones para creer que se trataba de la política acertada, ya que en todos los casos anteriores había funcionado. Sin embargo, la crisis fue en esta ocasión más profunda o, al menos, el batacazo se sintió con más fuerza. Quizá también eran otros tiempos. La filosofía de que "el pueblo" había cedido solo una pequeña parte de su soberanía al Estado se había quedado demasiado añeja -la Constitución (y su famoso “We the People”) soplaban ya 142 velas-, de modo que los ciudadanos de los tiempos de la Gran Depresión esperaban de sus gobernantes que les gobernaran realmente. Hoover no supo verlo, y ese error le alejó de la reelección.

Un ejemplo de la ceguera del presidente fue el modo en que manejó una concentración de veteranos de la Primera Guerra Mundial que protestaban tras quedarse sin empleo. Hoover ordenó que los manifestantes fueran disueltos por la fuerza si era necesario. Se produjeron altercados y hubo varios muertos, pero lo peor para Hoover fue que la opinión pública quedó horrorizada.

Como siempre que caían chuzos de punta en lo económico, pocos en el partido gobernante querían quemarse en una carrera electoral casi perdida de antemano. Hoover, no obstante, se postuló para un segundo mandato y se encontró sin rivales de entidad ni obstáculo alguno para lograr la nominación, a pesar de que se había ganado la desconfianza de buena parte de su partido. Es más, tal era la impopularidad que había adquirido que incluso algunos de sus compañeros de formación anunciaron que apoyarían al candidato de los Demócratas, quienquiera que fuese. 

En el Partido Demócrata, la situación era la contraria. Después de una larga travesía del desierto, por fin veía la luz. La nominación para las elecciones, en este caso, era un premio doblemente jugoso porque la Casa Blanca sí estaba al alcance, no como en las citas de 1924 y 1928. Y como casi siempre que un Demócrata ocupaba el cargo de gobernador de Nueva York, partía destacado entre los aspirantes a la candidatura. En 1932 ese hombre era Franklin D. Roosevelt, un primo lejano del expresidente Theodore Roosevelt. 

Franklin D. Roosevelt tuvo que enfrentarse a una dura competencia en la Convención Nacional Demócrata frente al presidente de la Cámara de Representantes, John Nance Garner, y Al Smith, el candidato del partido en 1928. En las primeras votaciones, Roosevelt iba por delante, pero sin alcanzar la mayoría, hasta que sus asesores llegaron a un acuerdo con Garner: este retiraría sus aspiraciones a cambio de optar a la vicepresidencia de la mano de Roosevelt. Así, en la cuarta votación resultó ganadora esta combinación y, al solucionarse el asunto de un modo relativamente rápido e involucrando a dos de los grandes nombres del partido se evitó que se produjeran fracturas internas. Es más, haciendo gala de un dominio de la autopropaganda que hubiera enorgullecido a su primo Teddy, Franklin se embarcó en un avión en cuanto tuvo conocimiento de que había resultado elegido y aceptó el encargo en persona en medio de la Convención, lo cual no era habitual y, a la postre, le permitió pronunciar un discurso que sirvió para aunar voluntades dentro del espectro Demócrata. En esa intervención habló por primera vez del "New Deal" y comparó la campaña electoral con "una llamada a las armas".

Roosevelt no traicionó sus palabras. Desarrolló una estrategia agresiva, muy crítica con la Administración Hoover, y enarboló la bandera del cambio. Sus promesas se centraron en la recuperación económica -reducción de aranceles y un ambicioso plan de obras públicas financiadas por el gobierno para aliviar el desempleo- y en el establecimiento de ese "New Deal" que pretendía insuflar nuevos aires no solo a la economía, sino también a la política. Durante su periplo a lo largo del país generó una enorme expectación, comparable a la de los discursos del gran retórico William Jennings Bryan, y los votantes Demócratas se movilizaron de un modo que no se había visto en toda la década anterior. De hecho, Roosevelt consiguió espantar los recelos del ala más conservadora de su partido, encabezada por el católico Al Smith, que finalmente se sumó a su causa. Recibió incluso los apoyos del Partido Progresista y de su líder, Robert La Follette, y de los Republicanos descontentos con Hoover.

La guinda a su campaña la puso, como casi siempre, el elemento más populachero: en ocasiones había desempeñado esta función un eslogan certero, pero ahora le tocó el turno a una canción. Se titulaba 'Happy Days Are Here Again' ('Los días felices están aquí otra vez') y se convirtió en el himno de la campaña, primero, y en el himno no oficial del Partido Demócrata, después.

Con todo, el presidente Hoover no podía darse por derrotado. El Partido Republicano había arrasado en las tres elecciones anteriores y podía pensar que tenía margen para conseguir un nuevo triunfo. Además, habían sido los Republicanos quienes habían rescatado al país de los duros tiempos de la posguerra y le habían encaminado hacia casi dos lustros de espectacular crecimiento. Al menos, eso defendía Hoover. Sin embargo, al mismo tiempo que Roosevelt era aclamado en sus intervenciones públicas, el presidente encontraba animadversión y hostilidad. Hasta tal punto llegaba esta última que durante la campaña sufrió varios intentos de sabotaje e incluso de atentado, todos ellos abortados a tiempo por los servicios de seguridad.

Cuando los ciudadanos pudieron pronunciarse en las urnas, la mayoría suspendió la gestión de Hoover y abrazó las promesas de recuperación de Roosevelt. Este logró el 57% del voto popular y arrasó en el Colegio Electoral (472-59). Hoover, por su parte, se despidió de la Casa Blanca con menos del 40% de los votos, tras perder en solo cuatro años un 26% del apoyo popular. La victoria Demócrata puso fin a doce años ininterrumpidos de gobiernos Republicanos y supuso un rotundo punto de inflexión. La hegemonía cambió de bando y se prolongó aún más de lo que lo había hecho la anterior, abarcando los siguientes 20 años y, curiosamente, solo dos presidentes. Sí, solo dos, ya que como se verá en las próximas entregas, con Roosevelt diremos adiós a una de las tradiciones que nos ha venido acompañando en esta serie de reportajes desde que en 1896 George Washington decidiera retirarse: la de que nadie podía cumplir más de dos mandatos en el cargo.

 

La lupa: la Gran Depresión
24 de octubre de 1929. Jueves Negro. Tras una década de crecimiento desmesurado de la economía estadounidense, la bolsa de Nueva York confirma la tendencia bajista de los días previos y se desploma un 9%. Miembros influyentes de Wall Street se reúnen de urgencia para detener el marasmo vendedor: se comprometen a comprar acciones. Esta medida da un pequeño respiro, pero el lunes vuelven las caídas, incluso con más fuerza. Y la tendencia se acentúa el martes. El famoso Martes Negro.

La convulsión sacudió a buena parte del mundo, pero impactó de lleno en Estados Unidos. El desempleo se disparó, en un país acostumbrado a ser “la tierra de las oportunidades”. La industria se paralizó, también la construcción, y en el campo la caída de los precios arruinó a los granjeros. El presidente Herbert Hoover no fue capaz de detener la espiral negativa y lo pagó con su derrota en las elecciones de 1932.

Franklin D. Roosevelt aterrizó en la Casa Blanca aupado por sus promesas de recuperación. Lo cierto, en este caso, es que tenía un plan: el “New Deal”. Y lo llevó a cabo. Incluía, entre otras medidas, el establecimiento de ayudas para agricultores y parados, trabajo voluntario para menores de 25 años o inversiones en obras públicas para paliar el desempleo; en general, las líneas maestras del programa eran bastante rompedoras, ya que exigían una intervención gubernamental como nunca antes se había visto en Estados Unidos, la nación que más había hecho gala hasta entonces de anteponer la libertad del individuo a la fuerza de un Estado. Roosevelt inició también una ofensiva contra la desconfianza. Para ello dio discursos radiados con el objetivo de infundir seguridad y reflotar el sistema bancario.

El alcance y acierto de estas medidas se han discutido ampliamente, si bien hay consenso en que la situación económica mejoró durante buena parte del primer mandato de Roosevelt. Los datos de crecimiento eran positivos y los precios subían, lo que suponía un alivio, sobre todo para los campesinos. Entonces, Roosevelt quiso evitar que la especulación volviera a desbordarse, como en “los felices años 20”, y canceló el esfuerzo presupuestario del gobierno. Como consecuencia se produjo una grave recaída, la cual fue exclusiva de Estados Unidos y, por tanto, se anota en el debe del presidente.

No obstante, Roosevelt fue reelegido sin problemas para un segundo mandato y pudo profundizar en su "New Deal". De hecho, apretó el acelerador en toda regla y puso en marcha una batería de medidas aún más ambiciosas. Estados Unidos dejó así atrás la crisis paulatinamente, mientras el mundo se encaminaba hacia la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). No obstante, cuando la tormenta económica escampó, la nación había cambiado: sobre todo, su estructura de poder. El presidente había concentrado la autoridad en su persona a costa de debilitar al Congreso, a los Estados y, en última instancia, a la genuina libertad de los ciudadanos. El país superó la Gran Depresión, pero no sin dejar atrás parte de su tradicional idiosincrasia.

Glosario:
"BRAIN TRUST": El "New Deal" de Franklin Roosevelt ha sido alabado y criticado casi a partes iguales. Quizá en su época fueran mayoría las alabanzas, pero a lo largo de las décadas siguientes, gracias a las investigaciones que desmenuzaron todas y cada una de las consecuencias de aquel programa político y económico, la balanza se equilibró. Con todo, sí parece existir una opinión unánime a la hora de valorar el positivo impacto psicológico que ejerció sobre la población estadounidense. Generó confianza. Y eso, en una crisis, puede ser la clave de la recuperación.

En esa senda de generar confianza se publicitó que Roosevelt contaba con un grupo de asesores de altísima capacidad: una suerte de "Dream Team" de consejeros. El 'New York Times' bautizó a esos elegidos como "Brain Trust", y la expresión no tardó en hacerse popular.

Curiosamente, estos consejeros nunca se reunieron todos juntos, sino que despachaban con Roosevelt en privado. Tampoco estuvieron exentos de críticas: aparecían recurrentemente caricaturizados en los periódicos como idealistas con ideas estrambóticas.

Tras lograr la reelección en 1936, Roosevelt cambió el personal de este "Brain Trust" con el objetivo de implantar la siguiente fase de su programa, el "Second New Deal".

 

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