Hoover, el elegido para lograr "el triunfo definitivo frente a la pobreza" (1928)
AmpliarAmpliar
Hoover, el elegido para lograr "el triunfo definitivo frente a la pobreza" (1928)

CerrarCerrar

Hoover, el elegido para lograr "el triunfo definitivo frente a la pobreza" (1928)

El Partido Republicano no podía perder en medio de la abundancia económica de los años 20, pero sí hubo un cambio de cromos en la Casa Blanca: la renuncia del presidente Calvin Coolidge le abrió las puertas a Herbert Hoover

Javier Iborra

Actualizado el 10/10/2020 a las 06:00

FICHA:

Elección presidencial: trigésimo sexta

Fecha: 6 de noviembre de 1928

Votantes: 36.807.012

Estados: 48

Colegio electoral: 531 votos (266 necesarios)

Herbert Hoover: votos populares, 21.427.123; votos electorales, 444

Al Smith: votos populares, 15.015.464; votos electorales, 87                                                                                                                                        

Los “felices años 20” fijaron en el poder al Partido Republicano. Pocos, en medio de aquella ilusoria prosperidad, deseaban un cambio de ningún tipo, y ese anhelo de continuidad incluía al gobierno de la nación. El presidente, Calvin Coolidge, tenía las elecciones de 1928 ganadas de antemano. Tanto es así que al Partido Demócrata le costaba encontrar un candidato dispuesto, con toda seguridad, a ser derrotado. Sin embargo, Coolidge decidió que con mandato y medio había tenido suficiente, y sorprendió a propios y extraños cuando anunció que no iba a presentarse. No es que aquello abriera las puertas a la sorpresa, pero al menos añadió algo de pimienta a las convenciones nacionales, la campaña y los comicios.

La sorpresa saltó en agosto de 1927. Coolidge era un presidente popular, libre de las sombras de corrupción del gabinete anterior de Harding y piloto de unos Estados Unidos que, según se creía en la época, navegaban hacia "el fin definitivo de la pobreza". Tanto es así que a la bonanza económica del momento se le denominadaba popularmente “Prosperidad Coolidge”. Él se encontraba descansando en lo más profundo del continente, en las Black Hills, en Dakota del Sur, cuando convocó a la prensa. Al presentarse ante los medios, no dijo nada. Solo le entregó a cada periodista un pequeño papel en el que se leía: "I do not choose to run for president in 1928", que se puede traducir como “no elegiré presentarme a la presidencia en 1928”.

El anuncio sacudió a la nación. La mayoría contaba con que Coolidge iba a presentarse y pensaba votarle. Se desataron las especulaciones, alimentadas por la parquedad de Coolidge a la hora de explicar su decisión, y la frase de su nota se convirtió en un dicho, en una frase popular, que ha perdurado de alguna manera hasta nuestros días. Algunas teorías apuntaban al deseo de Coolidge de tener una exposición pública menor y basaban esta sospecha en un hecho luctuoso: la muerte de su hijo en 1924 le había provocado una honda tristeza y síntomas similares a los de una depresión. Otros creían que el presidente no quería romper la tradición de un máximo de dos mandatos seguidos. Aunque el primero de los suyos había sido de menor duración -asumió la presidencia en 1923 tras el fallecimiento de Warren G. Harding-, también contaba. Había un precedente relativamente cercano: Theodore Roosevelt, en una situación similar, también dio un paso al costado de cara a las elecciones de 1908. De todas maneras, no había ninguna ley que limitara a los candidatos en este sentido y la decisión de Coolidge pilló desprevenido incluso al propio Partido Republicano.

Tres nombres aparecieron como posibles sucesores de Coolidge. El secretario de Comercio, Herbert Hoover, se había destacado por el modo en el que había impulsado medidas para paliar las gravísimas inundaciones del río Mississippi (ver "La lupa") en 1927 y, a priori, parecía el más popular. No obstante, también se postularon para la nominación el portavoz del Partido Republicano en el Senado, Charles Curtis, y el gobernador de Illinois, Frank Orren Lowden. En las primarias, Hoover no consiguió los resultados esperados, lo cual dejaba la Convención Nacional muy abierta. Muchos vaticinaban que si las votaciones se enquistaban sin llegar a proclamar un candidato, tanto el presidente Coolidge como el vicepresidente, Charles G. Dawes, aparecerían al rescate y aceptarían la nominación. Quizá incluso Coolidge y Dawes deseaban secretamente que aquello ocurriera. Sea como fuere, estos cálculos resultaron inciertos a la postre: Lowden se retiró de la lucha y dejó el camino libre a Hoover, que fue elegido en la primera votación.

El Partido Demócrata, por su parte, se encaminó hacia los comicios de 1928 con las expectativas por los suelos. Ninguno de sus líderes principales quiso ser la víctima propiciatoria para el sacrificio, salvo un católico, el gobernador de Nueva York Al Smith. Él contaba con el apoyo del importantísimo lobby electoral conocido como Tammany Hall, que quizá hubiera merecido más atención de la que se le ha dedicado a lo largo de esta serie de reportajes. Por saldar mínimamente esta deuda, baste decir que desde la Era de la Reconstrucción se había convertido en un poderoso engranaje que sumaba muchísimos votos para el partido. Sin embargo, era visto con recelo por el resto del Partido Demócrata debido a sus conexiones con la corrupción y a sus tejemanenes para aupar o derribar candidatos y, también, por impulsar unas políticas con "sabor norteño" dentro de una formación política que hundía sus raíces en el "Sólido Sur".

La Convención Nacional Demócrata se celebró muy lejos del Este, en Houston, la ciudad más poblada del sureño estado de Texas, lo cual podía haber sido una señal ominosa para Al Smith. Allí los tentáculos del Tammany Hall tendrían menos influencia y un aspirante norteño, católico y partidario de acabar con la puritana "Ley Seca", casi un diablo para los sectores más conservadores y tradicionalmente protestantes, podía encontrar dificultades para resultar nominado. Por suerte para Smith, apenas tuvo competencia y solo necesitó una votación para ganar; así se convirtió en el primer católico en optar a la presidencia como representante de uno de los grandes partidos... si bien no se le puede considerar el primero con opciones de ganar, porque realmente no las tenía.

Hoover y Smith eran dos candidatos señeros, y en otro momento quizá hubieran protagonizado una campaña apasionante. En esta ocasión, había poco de lo que discutir. Smith, además, tampoco podía plantear una estrategia agresiva, ya que ni siquiera contaba con el respaldo sincero de buena parte de su partido. Hoover, asimismo, también debía vigilar su espalda, ya que sus principales enemigos se contaban entre sus compañeros de grupo.

El paso por las urnas sancionó el tercer triunfo consecutivo para el Partido Republicano, que pudo darse el gustazo además de imponerse en varios estados del Sur en los que no había conocido la victoria desde el fin de la Era de la Reconstrucción (1877). El recuento de votos electorales fue elocuente: 444 para los vencedores por solo 87 de los Demócratas. Smith cumplió su cometido de absorber la derrota, mientras que Hoover abrió de alguna manera nuevos horizontes para la nación, al convertirse en el primer presidente nacido al oeste del río Mississippi. 

No obstante, Hoover cometió un gravísimo error de cálculo poco antes de desembarcar en la Casa Blanca. En un famoso discurso vaticinó que "América -en referencia a Estados Unidos- está hoy más cerca del triunfo final sobre la pobreza de lo que lo ha estado nunca en la historia de esta tierra... Con la ayuda de Dios, pronto veremos a la pobreza desterrada de esta tierra". Estas predicciones, quizá comprensibles en medio de la euforia alcista de los años 20, pronto se volvieron en su contra. En octubre de 1929, la bolsa de Nueva York encadenó varias caídas de magnitud nunca antes vista y el mundo entero, no solo Estados Unidos, se vio sacudido por su onda expansiva. La Gran Depresión esperaba a Hoover en el horizonte, y no el Edén que había imaginado. El Partido Republicano también quedaría expulsado del Paraíso, ya que después de Hoover no volvería a ganar unas elecciones hasta 1952.

 

La lupa: la Gran Inundación del Mississippi
En las noticias que llegaban desde Estados Unidos sobre las terribles consecuencias del huracán Katrina, en 2005, se comparaba aquel fenómeno con otro acaecido muchas décadas antes, pero que todavía permanecía en el recuerdo. Ese desastre en cuestión era la Gran Inundación de 1927, que afectó al curso medio y final del río Mississippi y anegó una superficie siete veces más grande que Navarra. Más de dos centenares de personas perdieron la vida, pero cientos de miles se quedaron sin hogar. Muchas decidieron abandonar la zona para siempre y emigraron al norte.

La causa de la catástrofe fue un verano especialmente lluvioso en el centro del país, muy lejos de la desembocadura y de la zona en la que finalmente se produjo la riada. No obstante, el Mississippi desagua una extensísima red fluvial que hunde sus raíces tanto en las Montañas Rocosas, en el oeste, como en los Apalaches, al este. De algún modo es como un embudo gigante, así que en buena parte de su recorrido había diques para controlar aquel curso de agua tan poderoso y cambiante.

Los afluentes del Mississippi alcanzaron niveles récord a finales de 1926. Y cuando se unieron al cauce principal, los diques de contención no aguantaron la embestida del agua. En algunas zonas, el terreno de los alrededores era completamente llano y se inundó sin remisión. Por ejemplo, la zona pantanosa de Arkansas se convirtió en un gran mar y la décima parte de ese estado quedó cubierta por agua.

Otros seis estados bañados por el Mississippi o sus afluentes se vieron afectados con mayor o menor gravedad. Algunos cálculos elevan el recuento de superficie inundada hasta los 70.000 kilómetros cuadrados. Las pérdidas económicas fueron millonarias.

El Congreso de Estados Unidos aprobó rápidamente la Ley de Control de Inundaciones de 1928, que condujo a la construcción una red de canales suplementarios y un faraónico sistema de diques. No obstante, para casi un millón de personas, en su mayoría afroamericanos, ya era tarde. Lo habían perdido todo. Muchos emigraron, siendo Chicago uno de los destinos predilectos.

El secretario de Comercio del momento, Herbert Hoover, se encargó de dirigir las operaciones de socorro, lo cual le granjeó una enorme popularidad y le ayudó a imponerse en las elecciones de 1928. Sin embargo, la Gran Depresión desencadenada por el Crack del 29 hizo que no pudiera cumplir con la mayoría de sus promesas de ayuda y provocó que la población afroamericana le retirara su apoyo electoral en los comicios de 1932.

Glosario:
INDIAN CITIZENSHIP ACT”: Los indios americanos habían sido los grandes perdedores de la extraordinaria expansión de Estados Unidos. Durante décadas encarnaron la figura del enemigo salvaje, inculto y despiadado, y muy pocos se preocupaban realmente por su cultura y creencias. Por sí mismos, tampoco podían tener derechos; para alcanzarlos necesitaban “convertirse” al modo de vida estadounidense por la vía del matrimonio, del servicio militar o sedentarizándose y aceptando las normas impuestas por los colonos. De entre los que sobrevivieron a las deportaciones, las guerras y la desaparición de sus medios de subsistencia, muchos renegaron de sus señas de identidad tribales y se adaptaron a las circunstancias.

En 1924, se aprobó la “Indian Citizenship Act”, que concedió la ciudadanía estadounidense a todos los indios americanos y, al mismo tiempo, le permitía conservar su cultura y sus tierras (que para entonces no era más que una miríada de reservas desperdigadas). Esta ley permitió que los líderes tribales que habían mantenido algún tipo de poder pudieran ejercerlo, asegurando una mínima cohexión social entre los indios. También se creó al mismo tiempo el Comité de los Cien, que pretendía investigar el trato que las instituciones del país daban a los indios. Como resultado se publicó en 1928 el “Meriam Report”, que analizaba las condiciones de vida en las reservas y sirvió como base para la “Indian Reorganization Act” de 1934.

Etiquetas:

    Continuar

    Gracias por elegir Diario de Navarra

    Parece que en el navegador.

    Con el fin de fomentar un periodismo de calidad e independiente, para poder seguir disfrutando del mejor contenido y asegurar que la página funciona correctamente.

    Si quieres ver reducido el impacto de la publicidad puedes suscribirte a la edición digital con acceso a todas las ventajas exclusivas de los suscriptores.

    Suscríbete ahora