

Calvin Coolidge, Ken Follet y la rueda de la fortuna (1924)
El Partido Republicano tocó fondo y resurgió a lo largo de cuatro años que parecen el fruto de la pluma de un escritor de “best-sellers”
Actualizado el 09/10/2020 a las 06:00
Elección presidencial: trigésimo quinta
Fecha: 4 de noviembre de 1924
Votantes: 29.121.432
Estados: 48
Colegio electoral: 531 votos (266 necesarios)
Calvin Coolidge: votos populares, 15.723.789; votos electorales, 382
John W. Davis: votos populares, 8.386.242; votos electorales, 136
Robert La Follete: votos populares, 4.831.706; votos electorales, 13
Para empezar, repasemos cómo estructura Ken Follet el argumento de 'Los pilares de la tierra'. Utiliza un esquema en forma de "v": a lo largo de la primera parte de la obra, la situación de los “héroes” es cada vez más comprometida; después se llega a un punto de inflexión y, a partir de entonces, el panorama se aclara paulatinamente, hasta la feliz resolución final. Mientras se transita por todo este recorrido, la trama se ve salpicada por múltiples episodios, como si esa "v" trazara una línea de dientes de una sierra. Así, las buenas y las malas noticias se intercalan, generando tensión narrativa, pero siempre dentro del marco general establecido por la "v".
Lo vamos a entender con mayor claridad viajando a los años 20 del pasado siglo. En este caso, debemos poner el foco en el Partido Republicano, al que en el reportaje precedente vimos vencer en las elecciones de 1920 de la mano de su candidato Warren G. Harding. Estados Unidos atravesaba entonces un momento delicado, con huelgas masivas, atentados anarquistas y episodios de violencia racial. En este contexto, el Ku Klux Klan (ver “La lupa”) resurgió con mucha mayor fuerza y virulencia de las que había tenido en su origen, a mediados del siglo XIX. Y la economía tampoco daba buenas noticias, ya que seguía acusando las turbulencias post-Primera Guerra Mundial.
Harding no supo enderezar el rumbo del país. Peor aún: se rodeó de políticos de dudosa moralidad y abrió la puerta a que los corruptos pescaran en el río revuelto que era aquel Estados Unidos. Por suerte o por desgracia para él, murió antes de que salieran a la luz los casos más sangrantes de su desgobierno. Era 1923 y solo tenía 57 años cuando sufrió un ataque al corazón que los médicos no le supieron diagnosticar. No lo superó y su muerte causó gran pesar entre la población, que mayoritariamente tenía en buena estima a su presidente. Muy pronto aquella imagen había de cambiar.
Por otra parte, las elecciones al Congreso de 1922, celebradas mientras Harding todavía vivía -y mucho antes de que el descrédito cayera sobre él-, demostraron que los votantes ya demandaban un cambio de timón. El Partido Republicano estaba en plena diagonal descendente de la "v". Por cada fuego que apagaba, surgían dos o tres nuevos: más huelgas, más ataques contra la población negra, represalias... y, de fondo, la “Ley seca” -en vigor desde 1920-, con el contrabando y la proliferación de las mafias que trajo bajo el brazo. Todas estas plagas bíblicas formaban un círculo pernicioso que no parecía tener fin. Sin embargo, el fallecimiento de Harding marcó el punto de inflexión.
El vicepresidente Calvin Coolidge asumió la vacante. Casi de inmediato, la economía mejoró y el país entró de repente “en los felices años 20”. Coolidge no había tenido nada que ver en esto; es más, ya durante los últimos meses del mandato de Harding el consumo se había disparado, pero se asoció al nuevo presidente con ese novedoso sentimiento de euforia. De hecho, el crecimiento se debía a la concesión de créditos fáciles por parte de la Reserva Federal (el banco nacional creado por Woodrow Wilson unos años antes) y también a la moda de comprar a plazos. Aquello era una burbuja de manual que desembocaría en un batacazo para la historia: el 'Crack' del 29. Pero como el dinero corría, los coches se vendían como churros y las clases medias accedían a todos esos productos que se anunciaban por la radio, la felicidad invadió los hogares del país. Así, el Partido Republicano pudo volver a soñar con mantener a su candidato en la Casa Blanca. Claramente, lo vemos de repente surfeando por la ola ascendente de la "v".
Pero un escritor de best-sellers no puede ser tan previsible. La línea argumental, como ha quedado dicho antes, ha de tener dientes de sierra: sobresaltos, contratiempos, sorpresas... Para el Partido Republicano estas turbulencias cristalizaron en forma de casos de corrupción. El escándalo 'Teapot Dome' (ver Glosario) fue el más grave de todos, tanto que se le considera el segundo más importante de toda la historia política de Estados Unidos, solo por detrás del 'Watergate'. Uno de los miembros del Gabinete de Harding, el secretario de Interior Albert B. Fall, terminó en la cárcel por haber aceptado pagos para conceder bajo manga concesiones petrolíferas. Tuvo el dudoso honor de ser el primer “ministro” de un gobierno de esa nación que corría tal suerte. ¿Cómo podría esto no afectar a las perspectivas electorales del Partido Republicano y de Coolidge?
De hecho, sí que lo hizo, pero del modo más inesperado. El Partido Demócrata había encontrado al hombre que creía idóneo para la carrera por la Casa Blanca. Se trataba de William Gibbs McAdoo, un yerno de Woodrow Wilson. Los seguidores del antiguo presidente, que formaban una influyente facción (los “Wilsonians”), le apoyaban. Y no solo ellos. También se había ganado la simpatía de las clases trabajadoras gracias al papel que había desempeñado como director general de los ferrocarriles, un sector especialmente afectado por las huelgas y las reivindicaciones de mejoras laborales. Sin embargo, el 'caso Teapot Dome' se volvió en contra de los Demócratas cuando se descubrió que McAdoo estaba conectado con uno de los acusados. De este modo tan caprichoso, la rueda de la fortuna giró de nuevo a favor de un Calvin Coolidge al que, además, nadie pensó en culpar de los errores de su precedesor -la figura del vicepresidente es hasta cierto punto decorativa en Estados Unidos, lo cual jugó a favor de Coolidge-.
McAdoo, de repente, perdió buena parte de su popularidad. Cuando se celebró la Convención Nacional del Partido Demócrata, en Nueva York, los delegados estaban divididos entre los que seguían confiando en McAdoo y los partidarios del gobernador de Nueva York, Al Smith. El panorama se complicó todavía más cuando el Ku Klux Klan respaldó la candidatura de McAdoo -detestaba a Smith porque era católico-, lo cual provocó un realineamiento de fuerzas. No obstante, llegado el momento de votar, ambos contaban con apoyos cuantitativamente similares y estaban muy lejos de obtener los dos tercios necesarios para ganar. Los delegados pasaron por las urnas más de un centenar de veces hasta que en la número 103 se alcanzó un compromiso: ni McAdoo ni Smith, el nominado sería el embajador John W. Davis.
El problema fue que, para cuando el aspirante fue elegido, ya se había producido la escisión dentro del partido. Una facción consideraba que tanto McAdoo como Smith tenían ideas demasiado conservadoras, así que se echó al monte y apoyó una candidatura independente: la del senador Robert La Follete.
A Coolidge se le ponía todo de cara. El país marchaba viento en popa, los casos de corrupción de su antiguo compañero de candidatura no le salpicaban a él pero sí a sus rivales, y el Partido Demócrata había caído una vez más en la división, como en los tiempos de Roosevelt y Taft. Las elecciones certificaron su buena estrella. Logró casi 16 millones de votos, más que la suma de lo que obtuvieron sus dos rivales, y alcanzó también una holgada mayoría en el Colegio Electoral. Davis, candidato del Partido Demócrata, no llegó al 30% de los sufragios, lo cual establecía un nuevo suelo histórico para esa formación. Y La Follete, por su parte, sumó un estimable 16% del voto popular, casi un récord para un tercer candidato, pero que no le sirvió más que para facilitar, aún más, el triunfo de Coolidge.
El Partido Republicano, de esta manera, había resbalado por la cuesta de la "v" durante el mandato de Harding para experimentar después, de la mano de Coolidge, el meteórico ascenso que le llevó a lograr en 1924 una de sus victorias más brillantes. Quizá, quién sabe, hasta comieron perdices al final.
Sin embargo, en 1915 se estrenó la película 'El nacimiento de una nación', que ofrecía una imagen mitificada del Ku Klux Klan. En aquel momento dirigía los destinos del país un Demócrata, Woodrow Wilson, que albergaba simpatías por aquellos que se habían opuesto a la Reconstrucción dura y a los “carpetbaggers”, e incluso desde la Casa Blanca reflotó algunas medidas que abundaban en la segregación racial. Wilson también era historiador y la película recogía algunas citas suyas. Cuando la vio, quedó satisfecho, elevando el prestigio de aquella obra. Y, ciertamente, la película se convirtió en un gran éxito de público y la simpatía por el Ku Klux Klan creció sobremanera.
Solo hizo falta una chispa para que el movimiento fuera reflotado. Y la excusa la dio un juicio famoso en la época, en el que se condenó a muerte a un judío acusado de violar y asesinar a una joven. Cuando la pena capital le fue conmutada por una condena perpetua, una turba lo sacó de la prisión y lo linchó.
Poco después, algunos de los participantes en aquella tropelía se reunieron con antiguos miembros del Ku Klux Klan original y lo refundaron. Sus odios, en esta ocasión, se habían ampliado y no solo afectaban a la población negra: también se extendían a los judíos, los católicos y los inmigrantes. Con este ideario, el movimiento logró adeptos sobre todo en el Sur y en el Medio Oeste, y creció con celeridad hasta superar los cuatro millones de miembros.
Algunas facciones del Klan se especializaron en acciones violentas, como la Legión Negra, pero otras intentaron controlar los resortes de gobierno para implantar su sociedad soñada. En algunas ciudades o condados estuvieron cerca de conseguirlo, aunque no llegaron a triunfar del todo en ningún lado.
El primer Ku Klux Klan, eminentemente sureño, se había nutrido de fieles del Partido Demócrata. En su segunda versión, fue más heterogéneo, pero igualmente cobró más fuerza en esa formación que entre los Republicanos. Así, cuando se celebró la Convención Nacional Demócrata del año 1924, el Klan formaba un lobby tan influyente que sus críticos apodaron al evento como "Convención Klanbake".
De entre los dos principales aspirantes, el Klan apoyó a William Gibbs McAdoo porque Al Smith era católico. De hecho, cuando John W. Davis resultó nominado, también lo celebraron ruidosamente, ya que para ellos lo importante era que un católico no se convirtiera en el candidato Demócrata.
No obstante, el descalabro electoral de los Demócratas frente a Calvin Coolidge en las elecciones de 1924 restó vigor a las aspiraciones políticas del movimiento. Poco a poco, comenzó a perder influencia: el número de miembros fue descendiendo año tras año, y a lo largo de la década de los 30 prácticamente desapareció del mapa.
Aquel asunto incluía acusaciones de soborno que apuntaban directamente al Gabinete del presidente Harding. Su secretario de Interior, Albert B. Fall, había aceptado pagos de parte de influyentes hombres de negocios para conceder prospecciones petrolíferas en Wyoming y California a compañías privadas. El senador Thomas J. Walsh investigó el asunto y destapó la trama, que concluyó con el ingreso en prisión de Fall.
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