La revancha de Grover Cleveland (1892)
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La revancha de Grover Cleveland (1892)

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La revancha de Grover Cleveland (1892)

En 1892 se repitió la combinación de candidatos de las elecciones precedentes, pero en esta ocasión con el resultado inverso

Javier Iborra

Actualizado el 01/10/2020 a las 06:00

FICHA:

Elección presidencial: vigésimo séptima

Fecha: 8 de noviembre de 1892

Votantes: 12.068.037

Estados: 38

Colegio electoral: 444 votos (223 necesarios)

Grover Cleveland: votos populares, 5.556.918; votos electorales, 277

Benjamin Harrison: votos populares, 5.176.108; votos electorales, 145

James B. Weaver: votos populares, 1.041.028; votos electorales, 22                                                                                                                                      

La trayectoria de Grover Cleveland es prácticamente única en la historia política estadounidense. Ganó las elecciones de 1884, pero fracasó en su intento de ser reelegido en las de 1888; aun así, recibió de su partido el beneplácito para que pudiera tomarse la revancha frente a Benjamin Harrison en las siguientes. Y venció. Estos ingredientes convirtieron a la cita de 1892 en una colección de récords: nadie había sido nominado por un partido para tres comicios presidenciales consecutivos, nadie había sido elegido presidente en dos elecciones no consecutivas (ni lo ha sido después) y nunca antes se habían producido dos derrotas seguidas de los inquilinos de la Casa Blanca.

Los cuatro años de gobierno de Harrison habían allanado el camino a Cleveland. Por primera vez, los votantes debían elegir entre dos hombres que no solo proyectaban promesas, sino cuyos sus méritos (o la falta de ellos) como presidentes habían sido probados recientemente. La comparación beneficiaba a Cleveland, porque su Administración había sido frugal y tacaña, para muchos un punto aguafiestas y, en general, había pecado de excesivo realismo, lo que casa mal con la venta de ilusiones a la que tantas veces se reduce la política. Sin embargo, cuando tuvo que hacer las maletas y dejar la Casa Blanca, las arcas rebosaban y el país se había robustecido. Con Harrison la impresión era la contraria.

Como presidente, Harrison había apoyado una política proteccionista que cristalizó en la McKlinley Tariff de 1890. El asunto de los aranceles coleaba desde los tiempos previos a la guerra civil y se había convertido en el principal punto de debate en la campaña de 1888. Los Demócratas apostaban por mantenerlos (Cleveland iba más allá, y era partidario incluso de rebajarlos); los Republicanos deseaban aumentarlos. A partir de la McKlinley Tariff, esta tasa tocó su techo histórico.

El arancel debía servir para incrementar la recaudación y aliviar la tesorería, pero de la mano de Harrison y de sus promesas electorales (pensiones para los veteranos de la guerra civil y ayudas para los granjeros empobrecidos) los gastos crecieron de tal manera que, en solo cuatro años, el remanente acumulado por Cleveland se había esfumado. La situación económica general tampoco ayudaba: la pertinaz sequía continuaba afectando al centro del país, fundamentalmente agrícola, y en el este ya empezaban a manifestarse las turbulencias previas al Pánico de 1893. Una nueva crisis llamaba a las puertas.

Harrison se vio obligado a decidir sobre otro asunto económico espinoso. Se trataba de elegir entre una “moneda fuerte”, fijando el valor del dinero a su valor equivalente en oro, o una “moneda débil”, en la que la plata serviría igual que el oro. Esto último lo defendían los partidarios del “bimetalismo”, y sus principales beneficios eran dos: que generaba una alta inflación y hacía que los préstamos fueran más fáciles de pagar. La “moneda fuerte”, por su parte, mantenía a raya la inflación y beneficiaba al funcionamiento global de la economía. Harrison tomó la calle de en medio. Impulsó una ley (Sherman Silver Purchase Act) que pretendía conciliar ambas corrientes: establecía limitaciones a la acuñación de monedas de plata, un metal que se había depreciado por su propia sobreabundancia, pero a cambio la Administración se comprometía a comprar grandes cantidades de plata con el objetivo de apoyar a los mineros. Esta medida no contentó a nadie, el debate arreció con más fuerza si cabe, provocó que la inflación creciera peligrosamente y, a la postre, el país comenzó a quedarse sin reservas de oro.

Durante el mandato de Harrison también hubo buenas noticias. Nunca tantos estados fueron admitidos en la Unión como durante su gobierno. Dakota del Norte, Dakota del Sur, Montana y Washington adquirieron el estatus de estado en noviembre de 1889; Idaho y Wyoming hicieron lo propio en julio de 1890. El Partido Republicano estaba de enhorabuena, ya que contaba con población favorable en casi todas aquellas tierras y podía esperar que, a corto plazo, su posición en el Senado se beneficiara (cada estado cuenta con dos senadores, independientemente de su poder demográfico).

Cuando se acercaban las elecciones de 1892, Harrison dudaba en presentarse. Es muy posible que adivinara que los años siguientes serían difíciles en lo económico. No obstante, lo que sí tenía claro es que James G. Blaine deseaba salir nominado y él no estaba dispuesto a permitir que eso ocurriera. Se consideraba el único capaz de ganarle, así que acudió a la Convención Nacional del Partido Republicano, se postuló de nuevo y fue elegido candidato a la presidencia.

El Partido Demócrata volvió a confiar en Grover Cleveland. Era la tercera vez seguida que este lo conseguía, estableciendo otro récord más que sumar a su remarcable trayectoria.

La revancha de los comicios de 1888 estaba servida, pero se sumó un nuevo ingrediente. Representantes de granjeros, obreros y reformistas se reunieron en Cincinnati, en 1891. Ya habían realizado movimientos para asociarse en los años anteriores y estaban preparados para formar un partido político. Eso hicieron. Les costó un año articularse, pero finalmente lo consiguieron, alumbrando al Partido del Pueblo, más conocido como el partido populista.

El debate electoral previo a los comicios se centró en los asuntos económicos, lo cual beneficiaba sin duda a Cleveland. Él propuso una moneda fuerte, basada en el patrón oro, y rebajar los aranceles. Harrison y el candidato populista, James B. Weaver, defendían el bimetalismo, de manera que se hacían competencia en el mismo caladero de votos. De todas maneras, la campaña se vio truncada antes de tiempo debido a un hecho luctuoso: Caroline Harrison, esposa del presidente y primera dama del país, había enfermado durante un viaje oficial a California. Se le diagnosticó tuberculosis y, en octubre de 1892, tras una larga convalecencia, falleció en la Casa Blanca. Quedaban dos semanas para las elecciones, pero todos los actos políticos fueron suspendidos y la campaña se dio por concluida.

Una vez se pronunciaron los votantes en las urnas quedó claro que Cleveland era el ganador. Había sumado 400.000 votos más que Harrison, lo que suponía la mayor diferencia desde 1872. Los populistas de Beaver, por su parte, superaron el millón de sufragios; un logro remarcable para un tercer partido. En cuanto a los votos electorales, sus 277 le dieron a Cleveland la mayoría simple, la presidencia y otro récord más a su cuenta al convertirse en el primer hombre que gozaba de dos mandatos no consecutivos. Su partido, el Demócrata, puso la guinda al triunfo logrando la mayoría en las dos cámaras del Congreso (la Cámara de Representantes y el Senado), algo que nunca antes, ni en sus tiempos de gloria antes de la guerra civil, había conseguido.


 

La lupa: Wounded Knee
La masacre de Wounded Knee está considerada como el principio del fin de las guerras indias en Norteamérica. Un triste broche, sin duda, pero que solo vino a confirmar la intención de los estadounidenses de no dejar un palmo de tierra para los antiguos nativos del lugar y, al mismo tiempo, la incapacidad de estos para pelear por su modo de vida, por su superviencia, y ganar.

Como vimos en el reportaje anterior, el correspondiente a las elecciones de 1888, la idea del Partido Republicano de dividir el Territorio de Dakota en dos estados conllevaba la expulsión de los indios que habían sido confinados allí en reservas. En la zona conocida como las Badlands por su carácter inhóspito estaba la Gran Reserva Sioux, un páramo baldío en el que ya no se podía ni cazar bisontes, porque la matanza indiscriminada llevada a cabo por los blancos había logrado que escasearan. El terreno había sido concecido a los indios Lakota (sioux) como casa y cárcel al mismo tiempo.

Pero si Dakota del Sur iba a ser un estado, los indios no tendrían cabida allí. El general George Crook, el Nantan Lupan (Jefe Lobo) para los Apaches, el hombre que había combatido con los indios a lo largo de toda la frontera (y también, en ocasiones, negociado con ellos) fue enviado al lugar. No era un buen presagio para los Lakotas. Crook les conminó a marcharse y les ofreció algo de dinero por sus tierras. La mayoría de los jefes estaban de acuerdo en partir, rendidos a la evidencia, pero un hechicero llamado Wovoka había profetizado que los blancos serían expulsados de las llanuras. Él había introducido la “Danza fantasma”, que algunos colonos, al verla, sintieron que era un presagio de muerte. O eso dijeron. Lo cierto es que uno de los líderes tribales, Toro Sentado, parecía no compartir el diagnóstico del resto de jefes y estaba dispuesto a luchar. En noviembre de 1890, fue arrestado. Poco después, una partida de soldados rodeó la casa en la que estaba encerrado y la asaltó, matándole y vengando la humillación sufrida una década antes por el 7º de Caballería del General Custer en la famosa batalla de Little Bigh Horn (1876).

Los Lakotas y los Cheyennes abandonaron sus reservas para marchar a ninguna parte. Pero los soldados no esperaron a que realizaran ni el más mínimo preparativo. Aquí y allá hubo ataques y tropelías contra los indios. De entre ellas la más célebre fue la masacre de Wounded Knee, difícilmente calificable como batalla. Ocurrió en la reserva india de Pine Ridge. El remozado 7º de Caballería se había topado con una partida de Lakotas vagabundeando. Algunos eran guerreros. Los condujo hasta un arroyo llamado Wounded Knee y les ordenó acampar. Era el 28 de diciembre de 1890. A la mañana siguiente, los soldados estadounidenses se apostaron alrededor del campamento fuertemente armados. Contaban incluso con cuatro modernísimos cañones Hotchkiss, precursores de las modernas metralletas. Después, entraron a desarmar a los indios. Durante la operación, alguien disparó y el regimiento respondió con toda su potencia de fuego. Unos pocos Lakotas que lograron escapar al tiroteo fueron perseguidos por la caballería estadounidense y masacrados.

Al poco, en las cercanías del arroyo quedaban entre dos y tres centenares de indios muertos. Muchos de ellos eran mujeres y niños. El 7º de Caballería sumó más de 60 bajas entre sus filas, contando heridos y fallecidos. A partir de entonces, los indios de las llanuras no osaron rebelarse contra el hombre blanco y Dakota del Sur se consolidó pronto como uno más de los estados de la Unión.

Glosario:
“POLITICAL FOOTBALL”: Esta expresión forma parte del Diccionario Político elaborado por William Safire, donde se le define como “el uso como tema de discusión partidista de un asunto social, de seguridad nacional o de cualquier otro tipo que no tenga cabida en el debate político”. También se utiliza para referirse a polémicas políticas que por mucho que se traten nunca terminan de resolverse. Así entendidas, suelen reaparecer recurrentemente durante las campañas electorales.

En las elecciones de 1892 se consideró que los aranceles o la política monetaria ya se habían convertido en meras armas arrojadizas, tras protagonizar las discusiones durante cerca de una década, y se acusaba a los partidos de practicar “political football” con ellas.

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