Javieradas

Enrique Iriso Lerga

Publicado el 03/03/2026 a las 07:19

En marzo, mes de las Javieradas, me asocio estrechamente  a nuestro copatrono. Esta vez le acompaño  por la Lisboa del siglo XVI. En el estuario del río Tajo se ubican dos edificios emblemáticos: uno,  el monasterio de los Jerónimos (Mosteiro dos Jerónimos) que conmemora el regreso de la India del navegante Vasco de Gama,  en  cuyo claustro reposan   las tumbas del ínclito caudillo,  y del   poeta Luis de Vaz  de Camoes, autor de la célebre epopeya “Os Lusiadas”; y el otro,   la fortaleza Torre de Belém que  protege la entrada al puerto lisboeta. Cada año zarpaban de este enclave marítimo cuatro o cinco naos, naus grossas, las prestas naves lusitanas a las Indias Orientales  y  a Brasil. Las  rutas marítimas  eran  a la vez mercantilistas, civilizadoras y misioneras. San Francisco Javier permanece en Lisboa (1540-41) nueve meses sin osar de estar parado con los brazos caídos . Esta  breve estancia temporal le reporta conocer al rey Juan  III, el de las barbas negras, que le  trasluce bondad,  y a   la  reina Catalina, mujer enérgica, guapa y alta de estatura, hermana del emperador Carlos V. El  día de su treintaicinco  cumpleaños, siete  de abril de 1541, en el muelle de  las Lágrimas  Francisco  de  Javier, ligero de equipaje, se despide de Lisboa, del rey Juan III,  de su compañero Simón Rodrigues y embarca en la Naus da India. Tiene el corazón a punto para encarar  lo desconocido con gran paz interior. Se aventura sin miedo a mares nuevos, “por mares nunca d´antes navegados” (Camoens), a tierras exóticas, a estrellas nunca contempladas. El peligro es inmenso: “El que no sepa rezar, que vaya por esos mares. Verá que pronto lo aprende sin enseñárselo nadie”, canta esta  copla de la época, que puede leerse al entrar en la capilla de la Escuela Naval Militar de Marín (Pontevedra).

Enrique Iriso Lerga

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