Una UCI pediátrica con personas de primera
Publicado el 15/02/2026 a las 08:16
Cuando alguien está enfadado, es fácil hablar desde el odio y escribir lo primero que le viene a la cabeza. Sin embargo, escribir desde la más absoluta gratitud, admiración y agradecimiento resulta bastante más complicado.En un mundo inestable -en todos los sentidos-, para nosotros todo se detuvo. La tierra dejó de girar el pasado 17 de enero, cuando nuestra hija ingresó en la UCI pediátrica de la Clínica Universidad de Navarra. Es cierto aquello que se dice: cuando alguien ingresa en un hospital, el mundo sigue girando, pero el tuyo se para.Comenzaron entonces los miedos, la incertidumbre y una dura batalla contra el virus respiratorio sincitial, que nos dio mucha guerra. Hoy escribo estas líneas en nombre de los tres, porque, aunque el mundo se paró para nosotros, todos y cada uno de los profesionales que entraban en nuestra habitación nos hicieron sentir, de una manera u otra, que el suyo también se detenía por un instante. La humanidad, la calidez, la profesionalidad y el buen hacer, pero, sobre todo, la preocupación sincera que cada uno de ellos -desde el personal de limpieza hasta los médicos- nos demostraba en cada visita, fue algo sencillamente sobrehumano.
La Clínica destaca por su innovación, sus ensayos, su excelencia y su reputación. Pero, sin duda, la razón por la que volvería a confiar una y otra vez la vida de lo que más quiero, es la calidad humana y profesional de quienes forman esa UCI.
A los tres doctores que nos sostuvieron en los momentos más complicados -la Dra. Riaza, la Dra. Catalán y el Dr. Galindo-, nuestro más profundo agradecimiento. Todos se preocuparon por nuestra pequeña como si fuera parte de su propia familia. Eso no se enseña en la universidad; eso va intrínseco en un buen hacer, en una humanidad y una profesionalidad que traspasan las paredes de cualquier hospital.
Gracias también a todas las enfermeras. Ellas son, sin duda, un pilar imprescindible. Todas estuvieron muchísimas horas haciendo las nuestras más llevaderas, mirando con ternura y preocupación, y celebrando cada pequeño progreso como si fuese suyo. Ellas, porque son la base fundamental que sostiene un hospital, el engranaje perfecto para que ese motor funcione. Nadie me creería si dijera que, de esos diez días que pasamos en esa habitación -entre miedo, incertidumbre, dudas y desesperación-, lo que nunca nos faltó fue confianza, tranquilidad y una sonrisa a la que aferrarnos.Profesionales, pero, ante todo, personas. Personas que no solo cuidaron de nuestra pequeña, sino también de nosotros, como si fuésemos parte de su familia: acompañándonos, ayudándonos, apoyándonos y sosteniéndonos -algo nada sencillo en momentos de tanta tensión- hasta poder despedirnos con una sonrisa y la esperanza de volver a vernos en circunstancias muy distintas, con una niña sonriéndole a la vida mientras nos tomamos unos pintxos en la Estafeta.
Gracias a todo el personal de la UCI pediátrica de la Clínica Universidad de Navarra. No son de este mundo. Cuidaron y curaron a nuestra pequeña y nos dieron una lección inmensa: que, en un mundo tan convulso, siguen existiendo personas de primera.
Elena Morlán y David Arbizu