Inaugurar y mantener
Publicado el 03/02/2026 a las 07:31
Durante décadas, una máxima no escrita ha guiado buena parte de la acción política: gobernar es inaugurar. Cortar cintas, posar con casco y chaleco reflectante, fotografiarse junto a grandes infraestructuras que prometen progreso inmediato y titulares optimistas. La obra nueva luce, se ve, se celebra. El mantenimiento, en cambio, es silencioso, caro, poco fotogénico y políticamente ingrato. No genera aplausos rápidos ni inaugura legislaturas.
Se han levantado polideportivos en pueblos que se vacían, mientras muchos municipios carecen de planes sólidos para afrontar inundaciones, incendios forestales o sequías cada vez más frecuentes. Se han impulsado líneas de alta velocidad en territorios con baja densidad de viajeros, al tiempo que se cerraban rutas convencionales que vertebraban comarcas enteras y ofrecían un transporte accesible y de bajas emisiones. Se ha concentrado población en zonas de riesgo y se ha abandonado el medio rural, pero la lógica del acto inaugural, la cinta roja, el discurso solemne, la placa conmemorativa, ha seguido marcando el ritmo.
El problema es que la realidad, tarde o temprano, reclama su espacio. Los accidentes, los colapsos estructurales, las infraestructuras envejecidas y los sistemas críticos descuidados no son fruto de la casualidad, sino de años de posponer revisiones, reparaciones y actualizaciones. Cuando se empieza a “tirar de la manta”, aparecen patrones inquietantes: presupuestos de conservación recortados, inspecciones espaciadas, alertas técnicas archivadas, decisiones aplazadas porque no resultan rentables en términos electorales.
Mantener es menos glorioso que inaugurar, pero infinitamente más responsable. Supone invertir de forma constante en lo que ya existe, aunque no dé titulares espectaculares. Exige planificación a largo plazo, coordinación entre administraciones y, sobre todo, una cultura política que premie la prevención en lugar de reaccionar solo después de la catástrofe. Las grandes civilizaciones del pasado entendieron que la durabilidad era una forma de poder: construir para siglos implicaba cuidar cada detalle, revisar, reforzar, adaptar. Hoy, demasiadas obras parecen pensadas para durar lo justo hasta la próxima campaña.
Tal vez esta sucesión de advertencias sea una llamada de conciencia colectiva. Una lección incómoda que recuerda a los ciudadanos que la seguridad, la resiliencia y la sostenibilidad no se improvisan. Que no basta con levantar infraestructuras; hay que garantizar que funcionen dentro de diez, veinte o cincuenta años. Que el verdadero progreso no es la foto del día de la inauguración, sino la normalidad silenciosa de un sistema que no falla.
Quizá empiece a verse un cambio: responsables políticos acercándose a los trabajos de conservación, a las brigadas que revisan puentes, vías, presas o redes eléctricas. Ojalá no sea solo un nuevo ritual estético. El chaleco y el casco también deberían aparecer en las tareas de mantenimiento… y no estaría de más añadir las botas de seguridad: para pisar el terreno real, el de las infraestructuras que envejecen y de las decisiones que no pueden seguir postergándose. Porque gobernar no debería consistir en inaugurar más de lo que se puede cuidar. Gobernar, en última instancia, es proteger lo que ya tenemos antes de que sea demasiado tarde.