Frente a la degradación de la política, el pueblo
Publicado el 02/02/2026 a las 07:29
Mientras España se va deteriorando en sus infraestructuras estrella -la agricultura, la ganadería y un sistema sanitario que durante décadas fue motivo de orgullo-, ahora parece tambalearse también el último gran pilar de nuestra economía: el turismo. En un contexto así, la pregunta ya no es retórica sino incómodamente real: ¿quién va a querer, con la que está cayendo, subirse a un AVE, a un Alvia o a un Iryo para hacer turismo por España?
No puede decirse que esta situación haya pillado a nadie por sorpresa. Llevamos años asistiendo, casi como espectadores resignados, a la degradación de una clase política que, salvo honrosas excepciones, ha demostrado ser mediocre, corrupta, adicta al privilegio y profundamente carente de vocación de servicio. Esa decadencia no es solo nacional; se ha vuelto casi pandémica, extendida por Europa y buena parte del mundo, como un virus institucional que ha erosionado la confianza ciudadana hasta niveles alarmantes.
Resulta especialmente doloroso comprobar cómo muchos de estos personajes, a los que se les supone responsabilidad y ejemplaridad, se aferran al cargo con artimañas jurídicas y maniobras de despacho, más pendientes de blindar su pensión que de asumir sus errores. Mientras tanto, los ciudadanos soportan una presión fiscal cada vez más asfixiante para financiar un sistema que, sin embargo, no logra garantizarles algo tan básico como sentirse seguros en un tren de cercanías. Manda narices que el miedo haya ocupado el lugar de la confianza en el transporte público.
Y, sin embargo, frente a esa casta desconectada de la realidad, emerge siempre la imagen de la buena gente, esa mayoría silenciosa que, lejos de los focos, se vuelca con los demás cuando la tragedia golpea. Ante el dolor y el desconcierto, son ciudadanos anónimos quienes sostienen, acogen, arropan. El pueblo andaluz, en estos días, ha dado una auténtica lección de solidaridad, fervor y respeto hacia las víctimas y sus familias, recordándonos que la dignidad no se legisla: se demuestra.
Ese contraste se hace aún más hiriente cuando, mientras algunos ayuntamientos continuaban con sus festejos -incluida su tamborrada- sin siquiera colgar un crespón negro en los balcones, otros vecinos salían a la calle para exigir explicaciones y responsabilidades a las autoridades. Entre la indiferencia institucional y la exigencia ciudadana, uno sabe claramente de qué lado quiere estar. Me quedo, sobre todo, con las palabras luminosas de una joven víctima del accidente de Adamuz, que encierran una ética sencilla y profunda: “Si no puedes curar, alivia; si no puedes aliviar, consuela; si no puedes consolar, acompaña”. En esa frase caben la humanidad que falta en muchas tribunas y la esperanza de que, pese a todo, todavía hay un país que no se resigna.