Veinte segundos

Laura Arribas Berendson

Publicado el 25/01/2026 a las 08:13

Veinte segundos de tiempo dictaron la sentencia de muerte para 45 personas de las más o menos 484 que viajaban entre los dos trenes. Veinte segundos pasaron entre el descarrilamiento del tren Iryo y el choque frontal del tren Alvia contra sus vagones de cola. Veinte segundos que hicieron inevitable una sentencia de muerte imposible de imaginar, imposible de detener, pero quizá no imposible de prevenir. España entera se desmiembra y cruje en su estructura ferroviaria. Llueven las denuncias por el mal estado de las vías, por la falta de mantenimiento, por los recortes silenciosos. El medio de transporte más amable y más seguro, el que nos transmitía más confianza, el favorito de las mayorías, el tren, cruje en su estructura y se nos muestra amenazante, inhóspito, incierto. Nos aboca a la inmovilidad y al paroxismo del miedo. Chirría España y nos despierta. 

El choque de dos trenes, en esas circunstancias, nos hace descubrir, de golpe, la fragilidad humana, nuestra propia fragilidad, y la cercanía de la muerte, siempre acechante. El hombre a la intemperie del quehacer humano. Y resuenan las quejas, las llamadas a la huelga, la repulsa hacia los responsables, ocupados en colocar amantes mientras las vías envejecían. Peleas internas, decisiones aplazadas, un lento proceso de deterioro del país. La crisis del trabajo y de las cosas bien hechas. Como sugería Quevedo, la vida corre hacia la muerte sin que nos demos cuenta, y esos veinte segundos condensan de pronto todo lo que no quisimos ver durante años.

Parece que los trenes salieron a la hora prevista, en punto. Corriendo hacia su destino fatal. Un pequeño retraso, como los que han ido acumulándose en los últimos meses en los trenes españoles, habría sido suficiente para evitar la desgracia. Pero ese mínimo margen no existió: ni el sistema ni la gestión lo concedieron. Presumimos de la alta velocidad, presumimos de rapidez y modernidad. ¿Para qué queremos tanta prisa si no somos capaces de garantizar lo esencial, si no sabemos sostener el cuidado y la seguridad que la velocidad exige? Somos un trayecto inconcluso, un trayecto frágil. Todos íbamos en ese tren que, en segundos, se convierte en un amasijo de hierros. A todos se nos ha roto el alma. La muerte inesperada es el espejo brutal de un mundo vulnerable y de un sistema que se degrada mientras seguimos mirando el reloj, orgullosos de llegar antes, sin preguntarnos a qué precio y hasta cuándo. 

Laura Arribas Berendson

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