Por un modelo contraincendios basado en la anticipación
Publicado el 07/08/2025 a las 08:11
Cada verano se repite el mismo ritual. Una imagen sobrecoge a la ciudadanía: el monte en llamas, pueblos desalojados, columnas de humo visibles desde kilómetros, helicópteros y aviones descargando agua sobre un infierno que avanza sin control. Después, aplausos para los bomberos, promesas de inversión, declaraciones de emergencia y silencio... hasta el próximo incendio.
Durante años, hemos construido un modelo basado en la reacción, no en la anticipación. Hemos confiado en que, con suficientes medios de extinción, podríamos contener un problema que en realidad es estructural. Hoy, ese modelo está roto. Y cada gran incendio nos lo grita con más fuerza.
Las estadísticas ya no son solo cifras. Son advertencias. Más calor. Más sequías. Más rayos. Más superficie ardiendo. Menos ganadería extensiva. Menos cultivos en mosaico. Menos presencia humana en los montes. Menos ciudadanos implicados en la prevención.
Todo indica que los incendios son ahora más rápidos, más destructivos, más frecuentes e imposibles de apagar cuando superan ciertos umbrales. Pero en lugar de cambiar de estrategia, seguimos aumentando el número de helicópteros, de batallones de la UME, de maquinaria y tecnología. Y aunque estos medios son imprescindibles, lo que realmente estamos haciendo es centrarnos en combatir la enfermedad, sin querer prevenirla.
Los incendios no son solo un problema ecológico. Son un reflejo del abandono del mundo rural y del deterioro de nuestra relación con el paisaje. Durante siglos, la ganadería extensiva, los cultivos intercalados y la actividad campesina mantenían el monte vivo y fragmentado. Hoy, esa gestión se ha perdido. La continuidad vegetal sin uso, sin pastoreo, sin cultivo convierte cada hectárea en un polvorín. Lo que antes era un mosaico ahora es un tapiz inflamable. Y ante eso, no hay avión ni satélite que lo pare.
Necesitamos menos bomberos en verano y más pastores en invierno. Menos gastos de emergencia y más inversiones estructurales. Menos titulares heroicos y más políticas rurales. Porque el monte se cuida, no solo se apaga.
En esta deriva, también hemos alimentado una peligrosa idea: que la gestión del riesgo debe quedar exclusivamente en manos de los profesionales. Que lo correcto es “no intervenir”, no actuar, no implicarse. Esa cultura del espectador es incompatible con un modelo de prevención eficaz. No se trata de que cada vecino apague fuegos, sino de que se sienta parte de la solución: vigilando, participando, cuidando, conociendo su territorio, organizándose.
El fuego del futuro ya está aquí. Solo falta decidir si vamos a seguir reaccionando cada verano… o si por fin vamos a actuar de verdad. Porque los incendios no se apagan con agua. Se apagan con paisaje, con cultura, con comunidad y con políticas valientes.
Santiago Pangua Cerrillo