Vivir en lo superfluo

Santiago Pangua Cerrillo

Publicado el 30/07/2025 a las 07:53

En una sociedad donde las necesidades básicas están mayoritariamente cubiertas -alimentación, techo, educación, salud-, se podría pensar que hemos alcanzado una etapa avanzada del bienestar. Sin embargo, cuando esa cobertura se da sin conciencia, sin gratitud ni memoria de su fragilidad, se corre el riesgo de caer en una trampa mucho más peligrosa: la vida en lo superfluo.

Vivir en lo superfluo no es simplemente tener más de lo necesario. Es desear, promover y justificar lo innecesario como si fuera vital. Es transformar los lujos en derechos, los caprichos en necesidades, y el bienestar egoísta en norma. Es comprar por impulso, viajar por evasión, consumir por inercia, desechar por costumbre y vivir desconectados de la raíz de las cosas.

Este espejismo transforma al ser humano. Le vacía por dentro mientras se rodea de objetos, experiencias fugaces y placeres sin vínculo. Lo aleja de su humanidad, de la compasión, del cuidado del otro y del planeta que le sustenta. Lo convierte, poco a poco, en un depredador de su entorno, en un ser atrapado en una selva de consumo disfrazada de libertad.

Cuando se normaliza el exceso, se olvida la necesidad. Cuando todo está al alcance de un clic, desaparece el valor de lo simple. El agua ya no se valora hasta que escasea. La comida se desperdicia porque siempre hay más. La energía se derrocha sin pensar en su origen ni en sus consecuencias.

Este olvido es grave. Porque niega la realidad de millones que aún viven sin lo esencial. Porque trivializa el esfuerzo humano y natural que sostiene cada bien que usamos. Porque oculta las heridas sociales y ecológicas que deja detrás nuestra abundancia.

Vivir en lo superfluo no es sostenible ni en lo personal ni en lo colectivo. Genera ansiedad, insatisfacción crónica, aislamiento y una adicción a estímulos cada vez más vacíos. Al mismo tiempo, exige una explotación continua de recursos, personas y territorios para mantener su ritmo.

Este modelo de vida, lejos de ser un progreso, es un retroceso disfrazado. Nos aleja de la cooperación, del cuidado mutuo, de la escucha, de la serenidad. Nos acerca a una lógica animal, de competencia salvaje, donde el otro es amenaza o estorbo, y donde todo se mide en función del beneficio personal inmediato.

Frente a este horizonte, urge una reapropiación consciente de lo esencial. Volver a valorar lo que realmente importa: las relaciones humanas auténticas, el trabajo con sentido, el tiempo compartido, el contacto con la naturaleza, la solidaridad, la humildad de vivir sabiendo que todo lo que damos por hecho puede cambiar. Reivindicar la vida sobria no como renuncia, sino como plenitud. Entender que menos puede ser más, y que el bienestar verdadero está más cerca de la gratitud que del lujo.

Santiago Pangua Cerrillo

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