Abrir la boca por abrir...
Publicado el 04/04/2025 a las 07:24
Leo lo que ha escrito el señor Ramón Alzórriz (PSN) en la consabida red social, respecto a los señores Javier Lambán y Miguel Sanz, tras sus intervenciones en el acto organizado por Sociedad Civil Navarra. Dos personas, de diferentes ideologías, con un más que amplio bagaje en la política autonómica y, en el caso del primero, con una fuerte componente crítica política, con argumentos y sin pensar en “su ombligo”, hacia la senda que viene transitándose en su partido a nivel nacional. Lo escrito por el señor Alzórriz ha sido “¿Quiénes son estos dos? ¿Dos réplicas malas de jarrones chinos?”.
Esa salida de tono (una más) no es más que la muestra de un desprecio innecesario y que, además, no puede sustentar bajo ningún paraguas ético respecto a ellos. ¿O es que quizá sí que pueda? Porque si es así, lo que tiene que hacer es argumentar un discurso, bien hilado y contrastable, que rebata lo que esas personas han expresado sin faltar a nadie (al menos, en lo que he podido leer, no he podido verificar nada en contrario) y, posiblemente, con una, más que elevada, conformidad pública. Si nos pusiésemos a verificar el peso social (no solo político, que también) de esas personas, individualmente, con el del señor Alzórriz, la balanza caería a plomo del lado de aquellos, porque su devenir es incomparable con el suyo. Al margen de que podamos estar de acuerdo, o no, con sus tesis políticas/ideológicas, de por sí merecen un respeto (como todos) que el señor Alzórriz se pasa por el “arco del triunfo”. Y, al margen de que aunque se pueda, hay que tener suficiente bagaje ético, cultural y humano para poder creer que uno es superior en algo, existe un factor crítico en el comportamiento humano que es la nobleza (en el sentido estricto de honestidad, no se me vaya a confundir), y al señor Alzórriz se le van viendo las costuras desde hace mucho tiempo, con sus “salidas intempestivas”.
Tengo la plena convicción de que nuestra política (desde el marco municipal al nacional) lleva ya mucho tiempo soportando cierta clase de personas que aupadas al poder pierden el sentido de la realidad y de la educación (por no entrar en otras cuestiones que, creo, se pueden sobreentender al leer esta crítica). Convendría, si es que saben, que se mirasen en el espejo de sus propias trayectorias vitales, para ver si tienen alguna mimbre con la que pueda tejerse el cesto de sus aspiraciones a insultar, vejar o despreciar a otros.
Creo que hay un dicho que define bien lo que quiero indicar, pero lo voy a expresar de modo particular para evitar confrontaciones (y para no faltar directamente al respeto): es mejor callar a tiempo, que abrir la boca y dejar al público boquiabierto… por incredulidad.