El final de una temporada

Cristina Cano

Publicado el 26/12/2024 a las 07:27

Hay momentos en la vida que se sienten como el final de algo más grande que un simple año. Este diciembre no parece ser solo el cierre del 2024, sino el final de una temporada. Esa temporada comenzó en 2020. Todos entramos a ese año con ilusiones, parecía un número especial y se convirtió en una era de incertidumbre, dolor, y cambios drásticos. La pandemia no sólo transformó el mundo exterior, sino también nuestro mundo interior.

Como en cualquier temporada intensa, hubo de todo: nuevos escenarios, conflictos inesperados, discusiones difíciles, fracasos, pequeños triunfos, personas que llegaron y otras que se fueron. Cada año, desde 2020 hasta 2024, tuvo su propia lección. 2021 apenas lo recuerdo. Todo se sentía en pausa, como si el tiempo no avanzara. En 2022 comenzamos a recuperar el equilibrio, a sentir tierra firme bajo nuestros pies. 2023 lo confirmó y 2024 lo está cerrando con muchas enseñanzas.

Aprendimos que el estrés puede agotarte y la ansiedad puede ahogarte, pero no hay resiliencia sin aceptación. Que el estrés puede agotarte, la ansiedad puede ahogarte, que no existe resiliencia sin aceptación y nadie en esta vida puede levantarse solo. Que no puedes esperar que te salven porque lo único que puede salvarte eres tú mismo, que se puede caer muy bajo y aún así salir a flote, que una persona rota no puede salvar a otra, ni tampoco una persona sana puede reparar a una rota, que damos lo que tenemos pero que si nos quedamos sin nada, no tendremos ni para nosotros. Que las cosas a su tiempo se pueden lograr y no hay que forzar lo que se puede romper. Que no hay nada malo en volver a empezar y que, a veces, eso que te está dañando es lo mismo que no quieres soltar. Que está bien sentir miedo, que está bien estar mal. Lo único que está mal es quedarse quieto, estático. Que la quietud y la desolación van de la mano, que el abrazo de consolación más fuerte, a veces son mis propios brazos. Y me destruí, me construí, me desmoroné, y me volví a reinventar. Me desgarré y con aguja e hilo me volví a unir, que la cara me pesó un poco más para sonreír, pero en hacer reír a otros encontré la terapia y la rehabilitación. Que el corazón por más dañado que esté se recupera y quiere volver a sentir, que si no nos permitimos sentir, enfermamos. Que lo que callamos nunca muere, solo se queda acumulado. Que cuando nos amamos, podemos amar. Agradecer los finales es darle la bienvenida a los nuevos comienzos. Que el freno de mano se puede romper y lo planificado puede desaparecer. Que no hay que tenerle miedo a crecer.

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