El hogar de Belén

Blanca Ortega, colegio Miravalles-El Redín

Publicado el 24/12/2024 a las 07:26

“La Navidad está en la calle”, defiende el Ayuntamiento de Pamplona. Hablan con mucha naturalidad sobre la Navidad. Doy por hecho que saben lo que es, pues de lo contrario no manejarían este término con tanta ligereza. Puesto que es una época tan fervientemente estimada por todos me gustaría preguntar, ¿qué es la Navidad? ¿Qué se celebra y por qué se la espera con tanto entusiasmo? Aseguro que las respuestas que se den a estas cuestiones no conseguirán abarcar los motivos que revisten esta fiesta.

Yo tengo una respuesta, etimológica si se quiere, pero que como todas las etimologías apunta al corazón de las cuestiones. La palabra Navidad tiene su origen en el latín “nativitas”, que proviene del verbo “nascor” que significa nacer, de raíz indoeuropea. Entonces, si es este el significado de la palabra, ¿por qué muchos relacionan la Navidad con abetos, muérdagos, renos y comida? La Navidad no es nada de eso. Es la historia de un nacimiento. Una historia de amor verdadero. Una historia que no necesita ser narrada con palabras, pues el protagonista es la Palabra encarnada. En estas entrañables fechas me parecía conveniente exponer la siguiente breve reflexión. Porque la Navidad no está en la calle. Menos aún en las tiendas o en los bares. Ustedes no ven al Niño Jesús nacer en las esquinas iluminadas y atestadas de transeúntes de Carlos III. El nacimiento de Dios solo puede darse en un humilde hogar, que es lo que Él eligió dos mil años atrás. Pero el hogar de Belén está reflejado en cada uno de nuestros hogares. Yo veo en mi padre un rostro similar al de aquel padre cuyo hijo nació en Belén. Y mi madre casualmente se asemeja a aquella bella dama que, sobre el lomo de un manso y buen burro, recorrió muchas millas hasta poder dar a luz a un bebé que había concebido por obra del Espíritu Santo. Veo en mi casa un establo. Maderas carcomidas por el tiempo y la humedad son nuestro único y sencillo refugio. Iba a proponer a los estimados lectores que cuidaran de Jesús, que es Dios, esta Navidad. Pueden pensar que es absurdo proponerse cuidar a Dios, pues de ninguna manera los cuidados que le proporcione lo harán mejor, ya mencionó esto un ateniense muy reflexivo e inteligente. Por eso, me corregiré. Esta Navidad cuiden del Niño. Porque es verdadero Dios, pero también es verdadero Niño. Él sí está necesitado de su amor, y lo recibe por medio del amor que dan a los demás. A veces prestar esos cuidados requiere esfuerzo. Y, mientras que las masas grises y borrosas afirman que son los placeres momentáneos los que otorgan la felicidad, yo mantengo que es este esfuerzo lo que lo hará. Lo que le dará aquella felicidad anhelada por su alma, que es la realidad trascendente del ser humano.

Este saberse necesitado por Dios, aunque no entienda por qué Dios tiene necesidad de uno, es lo mejor que les va a ocurrir en la vida, así que aprovechen la oportunidad. No pasa nada si se emocionan un poco o se le escapa alguna lagrimilla.

En definitiva, la Navidad no está en la calle. Está en su hogar, o en el pesebre de Belén tan distintos en el tiempo y en el espacio, pero, si uno lo quiere, tan cercanos. Ambos son refugio, consuelo. En ambos se sentirá amado. En su hogar debe poderse vislumbrar aquel hogar que se formó en Belén. Entre pajas frías, secas, hojarascas que solo sirven para irritar la piel, o para calentar el frágil cuerpo de un bebé. Un bebé que se encuentra entre los brazos de su madre. Un bebé tan pequeño quenadie pensaría jamás que pudiera destronar a grandes e ilustres reyes de la historia. Quizá esto que digo parezca un absurdo cuento de hadas. Pero, si esta tarde cuando camine de regreso a casa, mientras la oscuridad que rodea la luna destiñe el verde en la hierba, ve una estrella brillar con una luz especial, no dude en seguirla. Las estrellas de este tipo sólo pueden conducirle a dos hermosos lugares: el país de Nunca Jamás o el portal de Belén. En el primero recordará lo que era ser niño, es en el segundo donde podrá encontrar, amar y, sí, por extraño que parezca, cuidar al mismo Dios. Un Dios al que todo le debe.

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