Lecciones sobre el vivir, el amar y el morir

Sergio Asensio Martínez de San Vicente

Publicado el 12/12/2024 a las 07:31

Estudié en el colegio Claret Larraona de Pamplona. Allí es donde hice mis primeros amigos, muchos de los cuales conservo. Entré con 3 años y salí con casi 18; es decir, me he pegado prácticamente media vida allí. A lo largo de aquellos quince años, por supuesto, hubo de todo: momentos muy buenos, y otros no tanto. Lo cierto es que tras década y media en el mismo cole, mi último día de clase lo recuerdo liberador... Dejar el colegio para siempre es el sueño de todo adolescente, ¿verdad? Pero la vida tiene sus trucos y carambolas, y en un curioso movimiento del destino, y cuál inesperado giro de guión, me ha llevado de vuelta a mi cole. Ahora voy por voluntad propia, quién me lo iba a decir. ¿ “Causalidades” del destino? Sea como fuere, si la escuela es el lugar donde uno va a aprender, yo sigo yendo allí a eso, a aprender. Ahí es donde recibo, de nuevo, lecciones. Esta vez, mi profe es muy particular. Las lecciones también son diferentes. Ahora aprendo... ¿cómo decirlo? Ahora voy a aprender sobre la vida. Recibo lecciones sobre el vivir, el amar y el morir. Y lo hago de la mano de un gran maestro: Enrique Martínez Lozano.

Enrique, tal vez lo conozcan, es un hombre muy especial. Fue sacerdote en su juventud y ahora se dedica a bueno, digamos que ahora se dedica a compartir su experiencia de vida. Esa experiencia que le llevó a buscar, a hacerse preguntas. Y es que Enrique es un explorador; un explorador en su propia búsqueda personal. Es alguien que se atrevió a mirar dentro de sí y, como consecuencia, encontró el coraje para hacer los cambios que necesitaba. Porque la vida es cambio constante. Eso Enrique lo sabe bien. Por eso ha seguido y sigue adaptándose a los cambios y a los golpes que la vida trae. Lamentablemente, perdió a su mujer hace año y medio, siendo atropellada mientras iba en bici. Desde aquí, un sentido recuerdo para su querida Ana. En honor a la verdad, he de decir que si Enrique ya era admirable antes de este triste suceso, ahora lo es mucho más. Donde cualquier otro se habría derrumbado por completo y quizá habría dejado de lado sus actividades más sociales, su caso es bien distinto. Ahí sigue, lleno de energía, comprometido con su labor divulgadora y terapéutica. Admirables son la templanza, la serenidad y la paz con las que es capaz de compartir acerca de lo que ha sido su propio proceso de duelo. Me quito el sombrero, y verdaderamente puedo afirmar que es todo un maestro que predica con su propio ejemplo mientras sigue ofreciendo grandes lecciones. Realmente es todo un privilegio tenerle aquí en nuestra Comunidad.

Cada quince días abarrotamos el salón de actos de mi cole para escucharle y compartir desde un lugar de escucha, respeto y empatía. A lo largo de este curso tratamos el interesante tema: “La dicha de Ser”. Además de estos encuentros quincenales, también ofrece diversos talleres en el ámbito del crecimiento personal. Actualmente, cada dos meses nos juntamos para, guiados por su saber, atrevernos a acoger a nuestro niño interior. Se trata de reuniones terapéuticas en las que poder mirar ahí dentro, donde a veces hay dolor. Y lo hacemos, como siempre, en un espacio de respeto y apoyo grupal, donde poder hacernos las preguntas necesarias para poner luz. Desde luego que está siendo una experiencia muy potente para mí. Es alucinante poder sanar mis memorias infantiles en el mismo lugar en el que las viví. Sin duda me siento bendecido por ello, y lo vivo como un gran regalo, como si todo estuviera conectado de manera inexplicable y fascinante a la vez.

En ese sentido, me siento agradecido y quiero dar las gracias. Doy las gracias al colegio Larraona, gracias a mis compis y a mis profes, por todo lo vivido allí durante tantos años. También, por supuesto, doy las gracias a mis padres por decidir llevarme allí, junto a mis hermanos. Obviamente, quiero darle las gracias a Enrique. Gracias por su saber, su generosidad y su humildad. Gracias por, sea como fuere, elegir Pamplona para compartir todo lo que sabe. Gracias por traerme de vuelta a mi colegio, y ayudarme a sanar mi niño interior. Quiero dar las gracias también de manera muy especial a Paulino y Charo, pues su ayuda y presencia es fundamental para que todo funcione de maravilla. ¡Gracias! Siento que estoy volviendo a casa y eso es impagable. Tanto mi niño interior como mi yo adulto se sienten agradecidos, pues sienten “la dicha de Ser”. 

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