Por San Nicolás

Enrique Iriso Lerga

Publicado el 03/12/2024 a las 08:23

En Pamplona, San Nicolás ha sido venerado y admirado desde la Edad Media. Me encanta verlo en el templo del Paseo de Sarasate, sentado en su cátedra, talla renacentista, con sus manos amorosas; y en el escudo del burgo de la población, montado en una frágil embarcación, navegante solitario en el mar, con báculo y mitra, como episcopus puerorum, como obispo de los niños. Este obispo griego (s.IV), al que se le atribuye una larga lista de milagros y carismas trinitarios, es la remota base histórica del actual Papá Noel, Santa Claus, el santo que lleva regalos a los niños. Desde la antigüedad se realizaban fiestas a mediados de diciembre en honor al dios Saturno, Cronos para los griegos, donde los niños recibían obsequios de las personas mayores. Y, si bien no está claro cuándo fue adoptada la tradición de San Nicolás repartiendo regalos a los niños cristianos, se sabe que su historia fue objeto de escenificaciones cortesanas en el siglo XVI. Los cronistas destacan que en la corte del rey Felipe II de España era habitual celebrar el 6 de diciembre, día de San Nicolás de Bari, la llamada Fiesta del zapato, una representación teatral cortesana, llena de lujo, a la que asistían los aristócratas de la villa y corte. En este acto se recordaba el gesto generoso de San Nicolás de arrojar por la ventana al interior de la vivienda tres zapatos llenos de oro para que el padre no prostituyera a sus tres hijas por falta de dinero. Tras la segunda guerra mundial, el arquitecto finés Alvar Aalto planeó una nueva ciudad, Rovaniemi, con la forma del asta de un reno, a modo de declaración al mundo de que aquella era la tierra del mítico Noel. San Nicolás ha perdurado frente a la erosión del tiempo.

Enrique Iriso Lerga

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