Sombra y aurora
Publicado el 02/12/2024 a las 07:29
Despedimos noviembre, con sus flores otoñales, removiendo los recuerdos y añoranzas que dejaron en nosotros los seres amados que abandonaron la vida. Volvimos a los cementerios, sintiendo los diversos grados de orfandad que se desgranan con la pérdida de un ser querido. La vida es, con frecuencia, una mezcla de sombra y aurora en la que cuerpo y espíritu se lamentan de envejecer por separado. Cada ser vivo es un cauce por el que fluye la vida, cauce que desaparece al llegar la muerte como definición final de nuestra existencia. Enmascaramos nuestra finitud de mil maneras, y, nuestro corazón, como un rojo jilguero, anda picoteando el alpiste de los años con el temor de perderlo. La muerte - única certeza del ser humano- se aproxima hasta nuestra orilla invadiéndonos con su silenciosa marea y su sueño sin sueños. El tiempo nos va desnudando de superficialidades acercándonos a su apeadero, con el alma en suspense entre la luz y la sombra, mientras la brújula del mundo nos marca nuestro destino. A veces la vida nos deja un cadáver flotando en el alma, y vemos la existencia, como en un tango, descangallada e ingrata, con un futuro en tiempo muerto, un silencio doloroso y un lecho de solitario insomnio cuya almohada semeja ser una piedra gótica. Vida y muerte están en nuestra existencia. El hecho de que la muerte esté al final del camino es la causa propulsora por la el que el ser humano se vuelve creativo, llevándole a disfrutar y amar cada instante de su vida. Toda la fuerza poética y toda la apreciación de la belleza de nuestras vivencias tienen como único punto de partida el conocimiento de ser mortales. El misterio y el miedo a la muerte son dos factores necesarios para poder vivir la vida con sus inefables y sorprendentes emociones. La estancia en el mundo, con el normal transcurrir de los años, va diluyéndose en un proceso en el que dejamos la existencia por etapas. Nos despedimos de la niñez, de esa edad blanca de ilusiones incesantes, de rodillas malheridas en la epopeya del recreo, del eterno quedarse mirando a todo en ese primer y mágico pasado. No volveremos a ser esos niños y niñas, pero el bello legado de todo lo vivido pasa a enriquecer la adolescencia, esa edad que precisa descubrirlo todo y recibir, con urgencia, el recio espaldarazo de la vida, dejando tras de sí un tiempo de fiesta y transformación. Prosigue la carrera de la vida pasando el testigo a la etapa de la juventud, en la que todo se quiere hermoso y fuerte en el devenir de las emociones, y vivimos algo parecido a una confusa rebelión de pájaros, intentando contar nuestra historia verdadera; la espléndida y mitológica juventud da al mundo el incomparable espectáculo de la edad primigenia del amor. Llega el tiempo de la madurez, del “ser o no ser”, del mundo emboscado en sus bosques, ocultando a veces los ríos musicales del alba, y el legado de lo vivido sigue señalando el camino para no perderse en la propia libertad individual. Y llega la vejez, como una dulce epidemia, recibiendo el testigo de todo el recorrido vital, encontrando en él un equilibrio de paz, recuerdos y valores, propiciando una vasta paternidad y maternidad errantes que velan por los sueños de quienes amamos, seres que llorarán porque nos hemos ido y sonreirán con nuestro legado de vida, siendo conscientes de que la parte más espiritual de nosotros pasará a formar parte de ellos, ayudándoles a repristinar los valores esenciales de una vida ética. Creyentes, agnósticos y ateos compartimos un omnímodo interés por el amor, como la gran religión del mundo que, mostrándonos nuestra desnudez ante la nada, nos arropa y nos da cuanto precisamos de la existencia. Decía el gran argelino, Albert Camus, que “no ser amado es una simple desventura; la verdadera tragedia es no amar”. La vida es un sueño en el que el amor es el sueño por el que merece la pena nacer y morir.