Cuentos de Granada

Javier Bolado González

Publicado el 02/12/2024 a las 07:31

El ambiente era caluroso, las calles parecían deformarse sin sentido alguno entre pasadizos y callejuelas, jardines y balcones que nos rodeaban. En las paredes, algunas inscripciones de carácter principalmente religioso llamaban nuestra atención. Pedíamos una bebida, y con ella venía una tapa de gran tamaño. Acostumbrados a no recibir ese servicio, lo creíamos un error, hasta que nos confirmaban que, efectivamente, la bebida incluía una tapa. Les dábamos las gracias al menos tres veces; seguramente pensaban que estábamos locos. Otro día visitamos el área colindante a la Alhambra. Paseamos durante horas, imaginando lo que una vez pudo encontrar Washington Irving allá por el siglo XIX. Nos detuvimos junto a un estanque en busca de ranas. Aunque me quedé sentado aparte, reconozco que era divertido ver a mis dos acompañantes jugar con una pequeña rana que se escondía entre el musgo del fondo. El tema del agua en estas ciudades siempre me ha parecido interesante. En la cultura árabe, el agua simboliza el paraíso, lo que explica que en la Alhambra abunden las fuentes y estanques. Por las noches, las calles quedaban desiertas. Había rincones de la ciudad entregados al silencio, que no les restaba valor; al contrario, parecía conservarlo con minucioso cuidado. En Granada nos perdimos muchas veces, pero no nos importaba. “¿Qué más da?”, decíamos. “No hay un solo lugar en esta ciudad que no tenga algo de esencia”. Es imposible materializar esa esencia, pero créanme: se siente. Sin embargo, no puedo terminar este escrito sin mencionar aquellas noches de verano en las que tres amigos contemplábamos la ciudad desde un mirador improvisado en el Albaicín, con la Alhambra en el horizonte. Litrona en mano, discutíamos sobre todo tipo de cuestiones: el montañismo en general, el turismo invasor del que creíamos no formar parte, la conciencia de unidad en este país, e incluso sobre el Castillo de Irulegui y cómo podría explotarse económicamente en beneficio de nuestro valle. Curiosa fue la despedida. Lo último que comí en Granada fue un plato de gambas al ajillo. Pero esa es otra historia.

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