El mundo de las (des)ilusiones

Alba López-Doriga

Publicado el 21/11/2024 a las 07:51

Antes solía hacer fotos de todo con la excusa de mantener recuerdos en mi teléfono.

Una realidad más precisa es que me encantaba subir a las redes sociales las cosas bonitas que me pasaban o que veía en mi día a día. Si quito todavía una capa más, me doy cuenta que ya no es solo que me gustase, sino que necesitaba publicar cosas en redes sociales. De repente, las redes pasan a ser un escaparate social en el que ocupar un puesto en la jerarquía. El objetivo se convierte en vender una imagen de nuestra persona para sentirnos satisfechos con ella en comparación a las que vemos en los perfiles de los demás .

Me doy cuenta de que eso que empieza siendo algo aparentemente bueno acaba convirtiéndose en algo que me consume y que me hace sentirme insatisfecha con mis circunstancias. Pero me estimula tanto y engancha que ni puedo ni quiero dejarlo, a pesar de que una parte de mi se siente vacía. Empieza a afectar a mi mente. Dejo de tener momentos de reflexión porque me paso los ratos muertos haciendo scrolling por TikTok. Vivo alienada porque no sé ni dónde estoy, miro el móvil y la vida real pasa a mi alrededor sin que me dé cuenta. No veo las hojas de los árboles con sus nuevos colores de otoño, no me fijo en cómo el chico joven cede su asiento a la anciana en el autobús ni pongo la oreja en conversaciones ajenas (seguramente muy interesantes). Todo eso no existe porque estoy mirando a mi teléfono. Es mejor mirar por séptima vez mi propia historia de instagram, en la que he subido una foto de ese momento en el que no estaba plenamente presente por estar más pendiente de tomar la foto perfecta.

Aunque sea de la generación Z aún puedo acordarme de cómo de pequeña me despertaba con la luz de mi ventana y no la del teléfono, cómo mi mente no paraba de maquinar en la hora en la que mi madre me obligaba a dormir la siesta y otras tantas cosas bonitas que hoy nos perdemos por no saber estar en calma. Como muchos de mi generación, no sé aburrirme. No he sabido quedarme sola con mis propios pensamientos ya que siempre hay una distracción más estimulante. Pero esta es tan vacía y nos aleja tanto de la vida real que somos infelices.

No quiero vivir mi vida a través de una pantalla. Reivindiquemos la calma, el aburrimiento, la vida simple y todas las cosas bonitas que nos perdemos por esa necesidad de estar siempre conectados. Aprendamos a tener nuestros momentos de soledad sin sentirnos solos. A conectar con la realidad desconectando del teléfono y a no caer en el mundo de las desilusiones de las redes sociales.

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