¿Arzálluz o Arzallus?
Publicado el 13/08/2024 a las 08:19
Hace unas semanas y con el título de ‘La antipochola’, Alfonso Ussía dedicó su columna diaria en El Debate a poner a caldo a nuestra presidenta María Chivite por su vergonzosa política de total y descarado entreguismo a cuanto le viene impuesto por el nacionalismo vasco. El autor comienza refiriéndose a su aspecto físico (la califica de espigada, delgada y juncal) y la compara -para mal evidentemente- con las míticas Pocholas, las nueve hermanas Guerendiáin que, durante más de sesenta años, regentaron el celebérrimo Hostal del Rey Noble, en el Paseo de Sarasate de Pamplona.
Tras ello, añade: “la tal Chivite (...), la amiga de Bildu, la comprensiva con los ‘muchachos algo violentos de la ETA’, según descripción del exreverendo padre jesuíta Javier Arzallus -por favor, Arzallus y no Arzalluz, que esa ‘z’ final es un invento de anteayer-”.
Y aquí es donde el señor Ussía patina y se equivoca de medio a medio. Yo estudié los dos primeros cursos de la carrera en Zaragoza. Allí, y entre 1959 y 1961, estuve residiendo en el Colegio Mayor Pignatelli (hoy desaparecido), cuyo joven subdirector era entonces un tal padre Javier Arzálluz, jesuíta, que, aunque aún no era sacerdote, vestía sotana. Todo el mundo, tanto la dirección como los estudiantes, nos referíamos a él como ‘el padre Arzálluz’ o como ‘el Arzálluz’.
Transcurridos los años, el padre Arzálluz dejó de ser padre y se hizo famoso. Y, con la fama, empezó a ocupar páginas y portadas en toda la prensa nacional. ¿Cuándo comenzaron los reporteros a llamarle unos Arzálluz y otros Arzallus? Es difícil saberlo, pero el ‘binomio’ duró décadas y a la vista está que continúa.
Yo siempre he estado convencido de que lo auténtico y lo correcto era Arzálluz, pero durante todos estos años no he podido estar completamente seguro de no ser víctima de un error colectivo nunca desmentido. ¡Hasta ahora! Porque llevo un tiempo vaciando cajas y carpetas y deshaciéndome de viejos papeles. Y, entre tanto escombro y material de desecho, ha aparecido una joya gráfica, sólo algo menos importante que la piedra de Rosetta, que dilucida la cuestión. Se trata de una tarjeta postal manuscrita, en la que el remitente me informaba de las notas que había sacado en mi primer curso de carrera. La tarjeta -de cuya existencia, si alguna vez supe algo (que evidentemente sí), no conservaba el menor recuerdo-, está firmada por el propio Javier Arzálluz. Y no sólo con zeta final, sino incluso con tilde de acento sobre la a. Se entiende que yo la hubiera olvidado porque, cuando la recibí y la guardé, Arzálluz no era nadie. Ahora no sé si meterla en la caja fuerte de un banco u ofrecérsela -a buen precio, claro- a los burukides de Sabin Etxea. Porque autógrafos de Arzálluz habrá miles, pero de 1960, cuando sólo tenía 27 años, me temo que no tantos.
Al señor Ussía -para quien, si veinte años no es nada, sesenta y cinco es anteayer- me permitiría decirle que todos nos equivocamos de vez en cuando, pero que lo que no parece normal es que alguien, con su trayectoria, ponga tanto énfasis en tratar de corregir al que no yerra y en resaltar, de paso, su propio error.
Ignacio Janín