Resonancias veraniegas
Publicado el 12/08/2024 a las 08:30
Es habitual que en verano apenas hay noticias: son vacaciones, y quizás seamos menos ocurrentes o menos afanosos en nuestros escritos. Tal vez sea éste mi caso en la presente ocasión y pido disculpas de antemano por el tema, banal para algunos, importante para otros. Aún así ¡ojalá le venga bien a alguien esta pequeña - y creo que - edificante historia veraniega!,
Primera parte. Empezaré la historia constatando el incremento de los grupos de espiritualidad que crecen como setas en todos los rincones, planteándome también si el auge de éstos no tendrá que ver con la paulatina pérdida de fieles en las iglesias, que se están vaciando cada año un poco más. Entendiendo que el Espíritu es consustancial al ser humano y que por lo tanto hay que “echarle de comer”, decidí formar parte de una red de meditadores a la que nunca podré agradecer lo suficiente por los beneficios obtenidos, tales como el arrinconamiento del ego, florecimiento de la humildad y abandono en lo que nos trasciende, entre otros, impregnado todo ello con un in crescendo tinte amoroso. Quien conozca siquiera someramente el tema meditativo, sabrá que básicamente se trata de silencio, quietud y recitación de un mantra al compás de la respiración. Nada más y nada menos. Limpiar la mente de tanta contaminación, y no precisamente lumínica, que pulula en el ambiente, silenciar los ruidos, alejar los problemas y dejarse llevar al interior, a ver a qué o a quién nos encontramos. Una, de raíces franciscanas, eligió su propio mantra; Cristo-Jesús.
Segunda parte. Hace dos meses, por problemas de salud que una viene arrastrando, me hicieron tres resonancias magnética en veinticuatro horas. La verdad es que sin ser agresivas, no es que sean precisamente agradables, de hecho hay personas que no soportan la claustrofobia que implican. El reducido espacio del tubo en el que te introducen lo identifico con estar en la caja de pino. Y no digamos el ruido ensordecedor que nunca termina, a pesar de los auriculares protectores. Con todo ello, cierro los ojos y aguanto como una jabata la primera resonancia. Gracias a Dios no se ve nada raro pero mejor, hagamos otra con contraste. Vuelta al túnel. Ya la segunda vuelta, cuesta un poco más.. ¡pero todo sea por la causa ! Después, pasamos a otra zona diferente de mi anatomía ¡ santo Dios pero cuándo va a terminar esto ! En ésta -la tercera- ya me empiezo a agobiar, el tubo parece que se estrecha y me oprime y el ruido cada vez es más esordecedor. Tengo el timbre en mi mano para parar cuando quiera la exploración, pero mi sentido común prevalece aunque el agobio es cada vez mayor. Entonces, con los ojos cerrados, me acuerdo de mi mantra; Cristo-Jesús. Y empiezo a repetirlo en cada respiración que se sucede, cada vez más profunda. El agobio va desapareciendo y en aquel tubo estrecho, oscuro y ruidoso va entrando la paz.
Tercera parte. Gracias a Dios, una vez más, las resonancias aclaran la ausencia de problemas serios, mientras yo descubro algo más importante, una especie de testamento, no sé si vital o espiritual o qué. Y es que, a partir de ahora tengo claro que cuando me llegue el momento de pasar de esta vida a la que no termina, o de una orilla a la otra, según se mire -a poco que esté medio consciente- y hasta mi última respiración, me gustaría hacerlo recitando mi mantra; Cristo-Jesús.
Carmen Olorón Goñi