La sociedad camina a una vertiginosa velocidad
Publicado el 29/04/2024 a las 07:22
La soledad es una plaga epigenética de esta sociedad en la que vivimos del progreso, “sin progreso”; en muchos campos sociales donde uno no se atreve a zambullirse porque es un océano de soledad con muchas oleadas de pobreza y tormentas crudas de “sinhogarismo” del que estamos ya cansados de leer en los periódicos, y que poco o nada hacemos.
La soledad de viudas/viudos, más viudas que viudos; de solteras más que solteros, de divorciados más que divorciadas o separados tanto como separadas; mujeres en el mundo moderno que pueden “morir por amor” mal entendido, de una soledad cruda de personas dependientes, de jubilados muriendo lentamente sin un soplo de aire fresco de alguien que se acuerde de ellos… Y de los pobres, abandonados, sin hogar, que aumentan cada día el número mirando para otro lado, con el reojo de la vergüenza.
La soledad indeseada, que la Psicología moderna-cognitiva la denomina el síndrome de la sociedad inquieta (SSI), no hace sino extenderse entre nosotros -que es la enfermedad social por excelencia-, es como una epidemia epigenética que rompe los vínculos de la comunidad, de la familia, del parentesco, de la patria, del lugar de nacimiento, de los apellidos y de la idiosincrasia en un mundo tan global que carece de credenciales y sin “pasaporte”, que nos vinculen emocionalmente a un tronco y a unas raíces que viven y se alimentan de una sabia igual, pero con unos perfiles o fenotipos imposibles de borrar… Pero cuando esta sociedad pierde la conciencia de una patria, de una identidad, de una fe, de unas raíces /apellidos, de una epigenética con sabor a campo, a tierra, a lugar concreto, a parentesco y lazos; se hace muy difícil sentir, vivir, convivir con el prójimo-próximo. Somos números si número, sin identidad propia y si eso huele a soledad, enfermedad, dependencia, pobreza, viudedad, a heridas sociales y alcanfor… ¡Se ha perdido el alma, el ser! Por muchos lugares que inventemos, que creemos en la sociedad del progreso, de la banca, de la Bolsa, y una inmobiliaria paupérrima, donde esconder la miseria humana que hemos creado en una globalización sin piedad.
Manifestaciones que observamos muy frecuentes y que se han acrecentado después del experimento social de la pandemia-la Covid-19, donde los síntomas más frecuentes suelen ser: sensación de desasosiego, de sentirse recluido, depresión leve, irritabilidad, soledad no aceptada, impaciencia, aburrimiento en determinados momentos, frustración y falta de estímulos sensoriales… (Dr. Rosenblatt, Minnesota, 1980. Síndrome de la Cabaña). Este proceso mental no deja de crecer y se produce con mayor frecuencia en personas que permanecen preferiblemente solas, en espacios reducidos, aislados o monótonos… Especialmente a la noche, en el silencio de su “cabaña”, sola, triste, pues han perdido los vínculos que le agarraban a una identidad perdida, por lo menos sentida como tal.
¡Todo esto es duro, es real, existe, pero puedes cambiarlo! Recupera una rutina lo más cercana a aquella donde no había soledad y estabas apegada al vínculo, lleva un orden en las horas de comida y de sueño, busca a los amigos, acepta la soledad, no te enfades con ella, es tu amiga, y verás cómo se diluye, fluye si no luchas contra ella, vive el día a día. Aprende a salir y entrar en un mundo virtual, haz un trabajo de voluntariado, haz planes de futuro, sin angustia, sin apresuramiento, que cuando vuelva la normalidad te encuentre dispuesto a todo y lo más importante es proporciona - sin paranoias, la oportunidad de tener contacto con amigos y familiares; facilitando el realizar reuniones sociales incluso virtuales… Apúntate a los Civivox, a los centros que imparten cursos de senior... Pero vive, que mientras haya vida, vale la pena vivirla. Que no sea la excusa lo mal que rueda este mundo nuestro.
Emilio Garrido Landívar