La gata de Azpilicueta
Publicado el 08/01/2024 a las 07:22
La gata tenía dibujado en el lomo el mapa del Baztán a tres colores: negro, blanco y naranja. Tenía ojos amarillos como los lagartos y cuando te mirabas en ella percibías que ella sabía. La gata nos traía a su gatito. Negro como la huella del fuego en la madera, redondito todavía. De cerca un diminuto felino, de lejos un pompón que se lleva el viento dando saltitos.
Llegaban al alféizar de la ventana a las horas de las comidas. Las noches heladas la gata y la luna se contemplan con miradas brillantes. Yo miraba a la luna y la veía como una estrella redonda , miraba a la gata y ella me devolvía destellos amarillos. El gatito siempre cerca, la gata siempre al acecho. El gatito lloraba aunque no tuviera ganas porque sus ojos, reflejos de helechos, lagrimeaban como ellos. Felinos valientes. Las gallinas en el gallinero. Las gallinas marrones, con tantos matices como sus bosques. El gallo siempre orgulloso, igual aquí un poco más. Los senderos llenos de vida, porque la vida se arraiga al Baztán.
Senderos que aparecen y desaparecen en un verdor de otros tiempos. Senderos en los que perderse es una buena oportunidad y esconden un silencio casi místico que te reconforta que te reconcilia con la vida. Helechos siempre buscando al río aunque no lo necesiten porque la tierra lo lleva en su matriz. Hayas que se estiran de maneras imposibles poseídas de musgo. Piedras y más piedras redondas o de cualquier otra forma geométrica que se yacen donde quieren, ovejas imbricadas en laderas, perfilando montes, siempre con sus perros siempre con sus amos, siempre con su oveja negra como en todas las buenas familias. Los caballos y sus crines largas y tupidas se llevan la libertad ,a veces, hasta la cima. Casas fuertes y grandes bien estructuradas como sus habitantes. El fuego de la chimenea me hipnotiza esta noche, las vigas de madera ,de los bosques, que compartieron las amachis me guían como traviesas de vías en este adormecimiento que me ha llevado una cena con buenos productos de la tierra y una excelente familia.
El amanecer en Azpilicueta es sentirte parte del paisaje, bello, generoso. Las montañas siempre presentes ofrecen sobre todo sus valles, su cielo del norte siempre húmedo; su tierra que no para de concebir su verdor con distintas formas, que no cesa en expandirse y a mí me ha dado alcance y ya me han empezado a brotar raíces.
Pero al atardecer nos fuimos y vinieron a despedirse la gata con su gatito. Solo les dije al oído “Espero volver pronto”.
Betisa Lancho Muñoz